Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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El enigma del Camino

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(Fotografía.- Manu Rodríguez)



Ruinas de San Antón: ¿amanecer de piedra o piedra amanecida? Asoman como una aparición. Y me invade la magia del lugar, jardín de piedra. ¿Quién, con qué romántica destreza, fue desconstruyendo el monasterio hasta dejarlo así, tan espectral, con tal exacta arquitectura de umbral de la melancolía? Al pasar bajo el arco, es como sin ingresara de nuevo –más perplejo esta vez- en el ambiguo enigma del camino.

EMILIO PEDRO GÓMEZ

Para siempre en mi alma

A poco más de dos kilómetros de Sahagún, el Camino cruza el río Valderabuey por un puente medieval de piedra. Junto a él se erige la ermita de la Virgen del Puente, de estilo románico mudéjar. Allí, bajo el tímido sol del mediodía marceño, me senté, en absoluta soledad, y escribí en mi cuaderno:

«Fin de mi "Camino Espiritual", que me ha llevado desde Burgos a Sahagún, en la provincia de León. 

Bendigo y doy gracias al Señor del cielo que se besa con la tierra, de los amaneceres cubiertos de niebla y de los ocasos que bañan de rojo los pueblos y campos. Bendigo y doy gracias al Señor de la noche jalonada de estrellas, al Señor del frío y de la lluvia y del fango bajo los pies, del sol que calienta el alma, de los caminos infinitos que se pierden en el horizonte.

Hemos llegado a nuestra particular Compostela, Peregrino del Alma. Es hora de que regreses a tu Cielo. Yo regreso a mi tierra, con los míos, con los tuyos, donde te seguiremos añorando. Un beso, papá. Y hasta siempre.

Te quedas para siempre en mi alma».

(Sahagún. Camino Francés. 6/3/2014)

El alma que cala todo

Las emociones incontenibles, el universo regalándome un bastón en el que apoyarme, un almuerzo compartido, la soledad inmensa, siempre compañera, la compañía agradable, la esencia del Camino más puro, una piedra dándome lecciones, otra piedra significándolo todo, la lluvia que cala todo menos el alma, el alma que cala todo sin excepciones, mensajes que estremecen y hacen llorar, los últimos llantos que preceden a otros que se volverán últimos, tú, yo, los míos... Por los míos... Nombres propios que me son propios, camino sin horizonte y más camino en el horizonte, meseta, viento, frío, nada. La inmensidad de una nada que es un todo. Y el cuaderno mojado, como una huella imborrable en sus esquinas...

Vida, sueño, magia, libertad, la felicidad de entender que no solo aquí soy feliz. Que volver siempre supone regresar a casa, con los míos, con todos los que están en cada paso, en cada huella, en las nubes grises y en el sol que sale con timidez, queriendo calentar el alma.

Al calor de una chimenea, qué hermosas historias se narran sobre el Camino...

(Hornillos del Camino. Camino Francés. 1/3/2014)

Burgos

La visión de las torres de la Catedral de Burgos, de esas portentosas agujas que se incrustaban en un cielo que se encapotaba más y más a cada segundo, me trasladó, irremediablemente, a Compostela. A esa primera visión de las torres de la Catedral cuando entras en el casco antiguo de Santiago. No era, ni mucho menos, la misma sensación. Pero tenía ese algo de impactante, de sobrecogedor, de mágico. Y de estimulante para elevar el ánimo y olvidar el cansancio.

Porque pocas veces me he sentido tan cansado en el Camino como cuando entré en Burgos. Seguramente también lo estaba anímicamente. En aquellas largas avenidas y aceras de Gamonal me sentí un ser extraño, con las botas llenas de barro y una mochila absurdamente cargada en la espalda. La visión de las torres me hizo experimentar ese "subidón" de la cercanía. De repente, todo el cansancio, físico y anímico, desapareció y "volé" por las calles del centro hasta llegar a la plaza. No había nadie esperándome. Pero sentí intensamente, muy intensamente, la presencia de todos los que caminan conmigo.

Habíamos llegado. Miré la Catedral, apenas cinco segundos, e inmediatamente me dirigí al banco del peregrino de bronce. Había un grupo de chicos en él haciéndose fotos y, cuando se levantaron, le pedí a la chica que se las hacía si le importaba hacerme una a mí. Me sonrió mientras cogía mi móvil. E hizo esta foto preciosa. Una de las fotos más preciosas de todos mis momentos en el Camino...

(Burgos. Camino Francés. 13/2/2016)

Elegir el camino del corazón


7 de febrero de hace cinco eternidades.

Etapa: Los Arcos-Viana. Camino Francés.

Escrito en algún rincón de mis recuerdos peregrinos...


Antes de llegar a Viana hay que descender al barranco de Mataburros. Impresiona el nombre, ¿verdad? Todo lo que sabía, por haberlo leído la tarde antes, es que era un camino escabroso, pedregoso, en el que era bastante sencillo tropezar, resbalar, caer en definitiva. Es curioso como la simple lectura de algo así puede crear fantasmas pasajeros. O no tan pasajeros. El dichoso barranco se me atravesó en la mente, tal vez condicionado por la etapa que acababa de terminar, tan fatigosa que a punto estuve de no completar. Nunca aprenderé que el Camino en invierno no es como en verano, que apenas hay sitios donde parar y que veintitantos kilómetros con una sola parada de diez minutos en un banco de un pueblo para tomarte una barrita de cereales con un poco de agua, no es descanso suficiente. Anhelas llegar a un determinado pueblo a mitad de camino, el único pueblo con perspectiva de que haya algún sitio donde tomar café tranquilamente sentado y a cubierto, y te topas con lo de siempre: todo cerrado. A pesar de que un cartel de un bar anuncie machaconamente que está abierto "todo el año" desde las 6 de la mañana. Pues ese día debieron tomárselo de asuntos propios. Cerrado a cal y canto. Es como una broma macabra. Al final, el banco, la barrita, el buche de agua... y a seguir.

Había afrontado la etapa con buen ánimo. Un rompepiernas. Subidas y bajadas, subidas y bajadas. Subida acentuada. Y, claro, después, a bajar todo lo subido. Y mi cabeza empeñada en obsesionarse. Tanto que hasta me detuve a mirar los apuntes que llevaba para ver si continuando por la carretera evitaba el puto barranco de Mataburros. De MataAlma. Y, ciertamente, era una opción.

Es curioso. En ese momento, estaba justo en una encrucijada. Literalmente. Un cruce de camino y carretera. El camino me llevaba al barranco. La carretera, a un rodeo que lo evitaba. Providencialmente, había allí una piedra lo suficientemente ancha como para poder sentarme en ella. Me quité la mochila y me senté. De espalda al camino. No porque lo eligiera así. Detrás de la piedra corría una especie de canaleta con agua, así que no había posibilidad de sentarse de otra forma que de espalda al camino, de cara a la carretera, en esa encrucijada real. Entonces, la cabeza -aunque yo creo que fue el Alma- se me llenó de aquel pensamiento del Popol Vuh: "Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca".

Me levanté, me puse la mochila, me giré sobre mí mismo y continué por el Camino. El barranco de Mataburros resultó ser un estrecho sendero pedregoso y escarpado, escabroso sí, pero que era cuestión de descenderlo como todas las cuestas empinadas: despacio, muy despacio. Lucía un sol esplendoroso, el sendero estaba completamente seco y el paisaje era espectacular, conformado por olivos y cepas de vid que apenas eran retoños recién nacidos de la tierra. Cuando me di cuenta, estaba abajo del todo.

Casi que me echo a reír pensando en lo ridículos que somos a veces cuando la cabeza toma el mando sin control para crearnos fantasmas que no existen. Igual en el pasado los burros se mataban en aquella pendiente por correr demasiado. Recuerdo que antes de llegar a Hornillos del Camino, en la primera etapa desde Burgos, hay una cuesta que le llaman de Matamulos. Ninguna de las dos son para matarse, si se toman las debidas precauciones. Tal vez con el piso embarrado sean cuestas dificultosas. Pero recuerdo algunas muchísimos peores...

"Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca".

Lección aprendida.

También para el Camino de la Vida...

A pesar de todo

A pesar de todo, 
está precioso el Camino 
en su soledad de agosto, 
invita a la esperanza 
y a la alegría, 
a pesar de todo. 
Sale el sol cada mañana 
y disipa las sombras de la vida 
y uno se siente auténtico 
tras la máscara 
que deja a la intemperie 
la sonrisa de los ojos, 
siempre tan verdadera. 
Está reverdecido 
y limpio 
porque muchos no comprenden 
que las únicas huellas visibles 
que deben dejar en el Camino 
son las de sus pisadas. 
Y ausentes, 
el Camino aún conserva 
la única huella del aire 
y el tiempo detenido 
durante meses, 
la de la soledad atravesando 
el bosque y la montaña. 
Creedme, 
está precioso el Camino 
en su soledad de agosto. 
Y te abraza y te besa 
sin guardar las distancias. 
Y te regala 
la inmensidad de la belleza, 
la plenitud de la magia, 
la caricia de Dios 
haciéndose visible 
en todo lo visible. 
A pesar de todo...

Subiendo a Portomarín

Multiplica
por cuarenta y siete
el esfuerzo,
los latidos
del corazón desbocado.
Sube, peregrino, sube,
peldaño a peldaño.
Deja el río atrás, abajo,
deja que fluya
en su corriente imparable
bajo el puente,
mañana volverás a él.
Hoy toca alcanzar la cima
del espejo de ciudad
que sucumbió bajo el agua
y contemplar el milagro
de la antigua fortaleza
levantada, piedra a piedra,
como templo.
Como tus pasos,
levantados uno a uno,
peldaño a peldaño,
sobre otro puente.
Multiplica por cuarenta y siete
los pulsos del alma.
Y sube, peregrino, sube,
como quien sube la escalera
de su propia existencia,
sabiendo que la gloria
siempre se encuentra
en lo más alto. 

Ruinas de San Antón

Ruinas de San Antón: ¿amanecer de piedra o piedra amanecida? Asoman como una aparición. Y me invade la magia del lugar, jardín de piedra. ¿Quién, con qué romántica destreza, fue desconstruyendo el monasterio hasta dejarlo así, tan espectral, con tal exacta arquitectura de umbral de la melancolía? Al pasar bajo el arco, es como sin ingresara de nuevo –más perplejo esta vez- en el ambiguo enigma del camino.

EMILIO PEDRO GÓMEZ

En lo alto del Alto de San Roque

Atrás quedó Cebreiro, mágico y céltico, ahíto de leyenda y de milagro, de noche fría y púrpura amanecer, maremoto de nubes envolviendo el abismo infinito de Os Ancares, detenido en la orilla del Camino, Piedrafita abajo, invisible, tragado por la inquietante quietud de un cielo convertido en océano. Atrás quedó, misterioso, y la calle empedrada se volvió sendero que ascendía y descendía, elevándose el sol por el oriente, engullendo las nubes, disipando neblinas, compañero otra vez del caminante.

Y atrás quedó Liñares y el pedregoso tobogán entre abedules que acabó mudando en rampa de ascenso hasta lo alto. Y allí, en lo alto del Alto de San Roque, todo era inmensidad de verde y bronce: el Courel delante de los ojos, a la sombra del inmóvil peregrino que lucha contra el viento.

Allí recordé lo que escribió el poeta que soñaba primaveras con las esquinas rotas: "Me gusta el viento. No sé por qué, pero cuando camino contra el viento parece que me borra cosas. Quiero decir: cosas que quiero borrar".

Y seguí caminando, con el viento borrándome cosas y con el alma peregrina palpitando recuerdos que ni el viento jamás logrará borrar...

(Fotografía: Philippe Glorieux.- https://www.flickr.com/photos/pglorieux/27471672325/)

La cruz arriba

Arriba, la cruz arriba.
Peregrino que sube sin aliento
la senda escarpada y pedregosa,
el camino a la cumbre de la sierra
-Atapuerca abajo,
la cruz arriba-,
el corazón rodando en cada piedra
que rueda monte abajo
cuando pisa,
el corazón clavado en cada piedra
donde la cruz se alza
cuando llega.
La cruz arriba,
desnuda como el alma,
atravesando el cielo
incendiado de púrpura y naranja
con la primera luz del nuevo día,
los brazos abiertos
como un inmenso abrazo de esperanza
a quien perdió la fe hasta en sí mismo,
un remanso de paz sin alambradas,
un templo sin cúpula ni altares
para buscar a dios en la intemperie,
un recuerdo clavándose en la tierra
de aquellos peregrinos que llegaron
al pórtico infinito de su gloria.
La cruz arriba,
dibujando en el mapa de los sueños
sus cuatro puntos cardinales:
al sur, las huellas milenarias de la tierra;
al norte, inmenso y puro, el cielo;
al este, el sol que renace con la aurora;
y al oeste, siempre el horizonte
a donde se dirige el peregrino.

Sube, peregrino, sube

(Fotografía: http://www.walktosantiago.com/)



Multiplica por cuarenta y siete el esfuerzo, los latidos del corazón desbocado, sube, peregrino, sube, peldaño a peldaño. Deja el río atrás, abajo, deja que fluya en su corriente imparable bajo el puente, mañana volverás a él. Hoy toca alcanzar la cima del espejo de ciudad que sucumbió bajo el agua y contemplar el milagro de la antigua fortaleza levantada, piedra a piedra, como templo. Como tus pasos, levantados uno a uno, peldaño a peldaño, sobre otro puente. Multiplica por cuarenta y siete los pulsos del alma. Y sube, peregrino, sube, como quien sube la escalera de su propia existencia, sabiendo que la gloria siempre se encuentra en lo más alto.

Soñando caminos de la tarde

Como el poeta, yo también voy soñando caminos de la tarde...

Atardecer en Viana (Navarra). Un siete de febrero de hace trescientas sesenta y seis eternidades.

Recordando y soñando


Pinceladas de recuerdos de hace un año. Cuatro o cinco. Escojo esta. Sin compartir, hay varias decenas. Esta sirvió para dar las buenas noches aunque fue tomada al mediodía. Navarra. En el sendero entre Villamayor de Monjardín y Los Arcos. 6 de febrero. Sábado de carnaval. Sábado de Camino.

Vienen a mi memoria palabras de "El profeta" de Gibran: "El ayer no es sino el recuerdo del hoy, y el mañana el sueño del presente".

Y en ello estamos: recordando y soñando.

Como una manera de medir el tiempo. Inconmensurable e infinito, permitiendo "que el presente abrace al pasado con recuerdo grato y al futuro con ansia infinita".

El amanecer más hermoso

Tal vez el amanecer más hermoso que haya contemplado en mi vida. A más de 1.300 metros sobre el nivel del mar, divisé otro mar distinto que se extendía hasta el horizonte. Todo un océano de nubes, justo debajo de mis pies. Y yo, arriba. Si no fuera por la evidente certeza de que mis pies pisaban tierra firme, hubiera creído que estaba levitando.

Acababan de dar las ocho. Y tenía el alma cosida a ampollas. Mucho más que los pies. Allí, asomado al aparente abismo de la nada, encontré todo. Y me limpié del todo.

Después, me tomé un café hirviendo y seguí caminando...

Por el camino libre

(Fotografía: Hartmurt Pönitz
Llevaré mis pasos
por el camino libre,
hasta llenar mis ojos
del hermoso atardecer
que está en el horizonte...

CARLOS M. VALENZUELA

Adelante, peregrino, a Compostela

Si es Dios lo que te mueve, peregrino,
o es el arte, la historia o poesía,
Villafranca del Bierzo ya sería
el principio y el final de tu camino;
mas si tu corazón seguir anhela,
¡adelante, peregrino, a Compostela!
que el cielo de Galicia ya es vecino.

HERNÁN ALONSO

Sólo es visto por las estrellas

"Tan recogido, tan estrecho, tan soterrado queda este monasterio entre cuatro elevados montes, que por todas partes no sólo está cerrado, sino tan hundido, que sólo es visto por las estrellas cuando las logra verticales" (Benito Jerónimo Feijoo)

El astil disparándose a los cielos


Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer de febrero en Rabanal. "Hoy nevará", me anunció el posadero mientras vertía la leche hirviendo en el tazón de café, con la seguridad que otorga la experiencia de haber visto muchos cielos nublados en los duros inviernos maragatos. Se interesó por mi Camino, como si la escasez de peregrinos de aquellos días hiciera más relevantes las experiencias camineras de quienes se atrevían a llegar a aquellos lares. Rememoré con él mesetas y planicies castellanas, la infinita rectitud del páramo leonés, donde a uno se le antoja una utopía alcanzar el próximo horizonte.

Demoré la partida, bebiéndome a pequeños sorbos el tazón, empeñándome en calentar el alma más que el propio cuerpo, con la mirada perdida mientras dibujaba en mi mente fugaces recuerdos que empezaron a parecerme extrañamente lejanos. Pensé en todo el camino recorrido y en la profunda soledad de casi todos los días, apenas desgarrada por tres o cuatro encuentros provisorios. Quise recordar el nombre de aquel chico con quien coincidí en Hornillos, sin conseguirlo. Sonreí pensando que, quizá, ni siquiera nos lo dijéramos porque el Camino nos iguala a todos bajo un mismo nombre: peregrino. Nos hace coincidir en un instante, en dos tal vez. Y, después, lleva a cada cual por donde quiere. Aquel peregrino se “esfumó”, sin dejar rastro, al día siguiente. Acaso claudicara ante el demoledor envite del viento en aquella inmensa planicie sin refugio posible que se divisaba desde el Alto de Mostelares. Recordé mi absurda rebeldía, mis gritos desaforados en aquella soledad tan absoluta que, por un momento, llegué a pensar que solo existíamos en el mundo el viento y yo. Recordé haber llorado de angustia mientras sentía que el viento me quebraba como a un tallo. Quizá él, el peregrino sin más nombre que el propio de peregrino, no pudo vencerle, ¿quién sabe?

Quién sabe si Jonás llegó a Santiago, con tanta prisa como tenía, con tanta pausa con la que andaba, sin que pareciera que el tiempo le apremiara porque en solo cuatro jornadas debía llegar a O Cebreiro. Hacía cuentas mentales mirando un viejo papel donde tenía anotadas las distancias. “Casi 40 por día”, me decía con despreocupación. “Bueno, tal vez llegue tarde, que empiecen sin mí, ya les daré alcance”. En O Cebreiro le esperaban. Tal vez llegaría a tiempo el bueno de Jonás –si es que así se llamaba, ya no estoy seguro- que me dio alcance faltando apenas cinco kilómetros para llegar a Mansilla de las Mulas y me preguntó, sin saludo previo, si yo me sentiría triste si hubiera perdido mi cantimplora como él había perdido la suya. Tomamos un café en un albergue próximo a la entrada en la ciudad y allí se declaró un “enfermo del Camino”, sin remedio posible. Terminal. Un enfermo del Camino no es un ser extravagante en apariencia pero puede ser un incomprendido por alguien que no padezca de esa incurable patología. Apurando el café, Jonás –o cómo se llamara el peregrino- me miró fijamente a los ojos y me dijo, sonriéndome: “Y tú eres otro enfermo del Camino. Nadie que no lo fuera me habría contestado, sin saludo previo, que sí, que se sentiría triste si hubiera perdido su cantimplora”.

Quién sabe si Jonás llegó a Santiago. Quien no llegó seguro fue María –nos habíamos presentado, se llamaba como mi hija, por lo que esta vez no era posible olvidar su nombre-, que al día siguiente de nuestro encuentro en el Crucero de Santo Toribio debía volver a casa desde Astorga. Siempre he pensado que el final de cada etapa es, en realidad, una pequeña Compostela. Y el Camino se va haciendo a fuerza de llegar a cada una de las pequeñas Compostela que preludian la Gran Compostela del Apóstol. La última pequeña Compostela del Camino es aquella desde la que uno vuelve a casa. Al Camino de la Vida, después de haber sido peregrino en la Vida del Camino.

La pequeña Compostela de María era Astorga. La mía, mi pequeña Compostela de este nuevo tiempo de Vida en el Camino, era Cruz de Ferro. Tenía que ponerme en marcha. Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer en Rabanal. Al poco de dejar atrás el pueblo, empezaron a caer los primeros copos de nieve. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido al miedo. Aceleré el paso, crucé la carretera y me envolví en aquel paisaje pintado de nevadas anteriores. Cuando la nieve blanqueó todo el sendero, continué por carretera la subida a Foncebadón, que encontré más mágico que fantasmagórico, desdibujándose entre la bruma gris de las nubes bajas. El albergue abierto invitaba a la parada y a la bucólica contemplación a través de la ventana del pueblo desolado y cubierto por la nieve que ahora caía con fuerza. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido a la felicidad.

Arriba del todo, en Cruz de Ferro, cumplí con el rito peregrino de arrojar mi piedra sobre el nevado montículo en el que se clava la cruz más sencilla y desnuda que jamás haya visto en mi vida. Una cruz como la de aquellos versos de León Felipe: sin añadidos ni ornamentos, el astil disparándose a los cielos, rematado en aquella cruz pequeña, diminuta, tan sencilla y desnuda que costaba trabajo entender su relevancia. Hasta que fui capaz de contemplarla con el alma. Y, entonces, fui capaz de encontrarte con el alma.

Porque a aquella pequeña Compostela de otro tiempo de Vida en el Camino yo había subido para encontrarme contigo, en la Inmensa Soledad de lo Infinito. Y allí estábamos los dos. Como si no existiera nadie más en este mundo. Tú y yo. Solos. Bajo la nieve. Junto a la Cruz. En el punto más alto del Camino. En el sitio exacto donde el Camino estaba más cerca de tu Cielo, mi Eterno Peregrino.

Cumpliendo sueños

Me pregunto si durante el Camino se sueña o se cumplen sueños. O ambas cosas a un tiempo. El Camino antes de andarlo, hay que soñarlo. Es uno de mis pensamientos recurrentes. Yo sueño constantemente con el Camino. Sueño con el Camino que ya conozco. A veces, recreo lugares por los que ya he pasado. Con los ojos cerrados, recuerdo vagamente alguna escena soñada en duermevela. Recuerdo mejor los miedos que se ponen de manifiesto al temer lo desconocido. Pero ni con ojos abiertos ni con ojos cerrados, puedo soñar los lugares que no conozco. Es obvio, claro. Cuando no conocía nada del Camino, soñaba con estar en él y siempre me imaginaba subiendo una montaña. Hasta que me caía... Sin embargo, soñé mucho con Cruz de Ferro, aunque nunca hubiera estado allí.

Caminar por un tramo aún desconocido del Camino, posiblemente implique unir realidad y sueño en un mismo instante de espacio y de tiempo. Sueñas a la vez que cumples sueños. ¿Pensamientos recurrentes? Tal vez lo más recurrente sea justamente lo contrario: el vacío de pensamientos. No es algo de lo que sea consciente en presente, solo en futuro. Uno no se percata de que ha conseguido liberar su mente de todo tipo de pensamientos hasta que se pone a pensar en ello, horas o días después. Para mí es un logro importantísimo. Por todo lo que implica de Plenitud. Y también por todo lo que implica de Libertad. Muchas veces los pensamientos oprimen demasiado. Liberar la mente es dejar que el alma tome absolutamente la iniciativa. Solo cabe sentir. Sentir. Aunque también tenga como consecuencia no ser consciente, racionalmente hablando, de todo lo que se está sintiendo.

El Camino, antes de andarlo, hay que soñarlo, sí. Pero creo que también es preciso que el propio Camino se haga sueño mientras se anda. Un sueño cada paso. Un sueño cada sitio. Un sueño cada instante. Aparece y se cumple. Así de mágicamente. Chas. Un simple instante, apenas una porción de segundo. Después, al acabar, es precioso juntar pedazos de sueños que se fueron soñando a la vez que se cumplían. Es lo que queda. Ya puedes soñar el Camino que has hecho. Recrearlo.

(Ya puedo salir de la casa de Sahagún, doblar a la derecha por la avenida, llegar a la plaza mayor, doblar a la izquierda, seguir por la calle que surge al frente, detenerme en un escaparate a mirar el cartel de carnaval del pueblo y sonreírme, seguir cincuenta o sesenta metros más, doblar a la derecha, pasar por el convento de las monjas, cruzar la avenida, el arco a la derecha, el monumento al Camino en frente, los pies metidos en la huella de hierro, el primer mojón con la flecha, la calle que se empina un poco hacia abajo, pequeñas gotas de lluvia que empiezan a caer, aquella casapuerta donde le pongo la funda a la mochila, el puente sobre el río Cea, el crucero, el cielo gris, como panza de burra, la bruma sobre el río, cruzar el puente, el sendero junto a la carretera, recto, rectísimo, interminable...)

Y es así como voy soñando, antes de andarlo, el próximo Camino...

Sin zapatos

Unos decían que era coreano, otros que chino. No acabó de quedarme clara su nacionalidad, aunque el hecho realmente sorprendente era el que llevara más de mil quinientos kilómetros recorridos, andando descalzo. Le vi subir el Alto do Poio, por carretera, bogando con el palo como si fuera un gondolero veneciano. Sus pies desnudos, apenas apoyados en un asfalto ya caliente por el sol, aún tempranero pero dispuesto a enseñar los dientes en aquel septiembre recién estrenado. Se sabía mirado y devolvía a cambio una sonrisa. Incluso una pose para una foto al detenerse. Delgado, moreno de sol y de aventuras, tal vez se llamara Kim en realidad, como decían. O no. Lo de menos era su nombre. Al fin y al cabo, el Camino lo había bautizado como "el chino de los pies descalzos".

Mil quinientos kilómetros. A sumar al centenar y medio que aún le faltaban para llegar a Compostela. ¿En qué momento un hombre decide salir al Camino sin zapatos? ¿Qué le lleva a ello? ¿Cómo soporta el dolor del asfalto agrietado e hirviente, del sendero pedregoso donde las piedras se afilan y se clavan en la piel? ¿Y por qué?

Días después, camino de Portomarín, le vi recostado a la sombra de un árbol, apoyada su espalda contra el tronco. Un libro en sus manos. La sonrisa al pasar, en sus labios y en sus ojos rasgados, como respuesta a un saludo sin palabras. Y, entonces, encontré la respuesta a todas las preguntas.

Era feliz. Estaba recorriendo el camino de su propia felicidad.

Y para andar el camino de la felicidad no le hacía falta llevar zapatos.