Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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La frontera sin guardia

(Fotografía.- Victoria @clauditichi)

Afuera queda el mundo, con sus ruidos y bullicios, su gente que pasa, sus tiempos con prisas, sus tristes soledades en tantas multitudes. Adentro, la quietud y el tiempo detenido, la paz queriendo abrirse paso en tantas batallas interiores, el silencio profundo restallando en el alma como un grito de Dios. Para eso está el templo: para ser refugio, albergue del alma, lugar de acogida para el que precisa escapar del mundo siquiera un momento. Las puertas abiertas para el creyente y para el descreído, para el que va de paso y para el que busca quedarse un momento a solas con Dios. O consigo mismo. El templo, la frontera sin guardia entre lo mundano y la trascendencia, la invitación al descanso y al cobijo del alma cansada de andar a la intemperie, del alma peregrina que, a veces, no sabe bien a dónde se dirige. El templo, metáfora del Templo infinito del Camino y de todos sus sagrados espacios, sin techos ni cúpulas, donde es posible escapar del mundo y dejar que Dios te atraviese el alma.

Esta nostálgica ternura


Muchas veces no llegas a saber sus nombres. Peregrinos que te ceden su linterna, un peine, la fresca cantimplora… los tomas de la mano para cruzar un riachuelo, te fotografían sin querer, compartes una broma, un “¡cuidado!”, un ronquido retador, un gesto unísono… Partes del albergue cada madrugada sin saber si te despides de ellos para siempre. Por eso, esta ambigua, extraña, nostálgica ternura en el partir de cada día.

EMILIO PEDRO GÓMEZ

Aún queda Camino

Lluvia y viento, compañeros de soledades peregrinas. Pasos que no suenan sobre asfalto. Cielo plomizo. Cuerpo cansado. Alma despierta. Mirada baja para evitar que las lentes se empañen. Pensamientos grises como el día recién amanecido. Siempre por delante marchan los dos peregrinos con los que compartí cena y albergue. No me apetece compartir Camino, sin embargo. Un refresco en Olveiroa y ralentizo mis pasos para irme alejando nuevamente. En Logoso, ellos continúan. Yo me quedo, alimentando la esperanza de encontrar cama. Y la encuentro. También mesa y mantel. Y la amabilidad de una mujer desvivida con el peregrino. Las cosas del Camino. La gente del Camino.

Protesta el cuerpo que aún no se acostumbró al esfuerzo. Protesta la razón, siempre rebelde. El alma calla, sabedora de que siempre acabarán triunfando sus latidos.

Tres días para ser Mar junto al Mar. Aún queda Camino...

(En O Logoso. Camino a Fisterra y Muxía. 27/2/2017)

Todo en medio de nada


Lluvia fina, persistente, suave. Parece que no moja pero empapa el Alma. Bruma, cielo gris que atrapa la tierra, la besa, la posee. Mil tonos de verdes en prados y bosques. Arena y asfalto. Subidas y bajadas. Corazón desbocado. Camino que serpea, caprichosamente, a izquierda y derecha, monte arriba, monte abajo. Dos cruceiros, dos ermitas, dos hórreos. Y el punto y aparte en Santa Mariña. Albergue e iglesia. Todo en medio de nada.

Dejó de llover por la tarde. Todo al revés. Erróneos augurios. Cierro los ojos y me dejo abrigar por el calor de la leña ardiendo en la chimenea...

(Santa Mariña de Maroñas. Camino a Fisterra y Muxía. 26/2/2017)

El templo: la frontera sin guardia

(Fotografía.- Claudio Pupi)

Afuera queda el mundo, con sus ruidos y bullicios, su gente que pasa, sus tiempos con prisas, sus tristes soledades en tantas multitudes. Adentro, la quietud y el tiempo detenido, la paz queriendo abrirse paso en tantas batallas interiores, el silencio profundo restallando en el alma como un grito de Dios. Para eso está el templo: para ser refugio, albergue del alma, lugar de acogida para el que precisa escapar del mundo siquiera un momento. Las puertas abiertas para el creyente y para el descreído, para el que va de paso y para el que busca quedarse un momento a solas con Dios. O consigo mismo. El templo, la frontera sin guardia entre lo mundano y la trascendencia, la invitación al descanso y al cobijo del alma cansada de andar a la intemperie, del alma peregrina que, a veces, no sabe bien a dónde se dirige. El templo, metáfora del Templo infinito del Camino y de todos sus sagrados espacios, sin techos ni cúpulas, donde es posible escapar del mundo y dejar que Dios te atraviese el alma.

Mas no era el mismo

(Fotografía: Sara Andreu Martínez)





“Soñé este viaje. Con sus cielos, sus dudas, sus catedrales y sus ruinas, su lluvia, sus albergues, sus flechas amarillas, su cansancio… Exacto a cómo es. Mas no era el mismo” (Emilio Pedro Gómez)

Esa nostálgica ternura

(Fotografía.- https://www.flickr.com/photos/28359965@N03/9403572336/)
Muchas veces no llegas a saber sus nombres. Peregrinos que te ceden su linterna, un peine, la fresca cantimplora… los tomas de la mano para cruzar un riachuelo, te fotografían sin querer, compartes una broma, un “¡cuidado!”, un ronquido retador, un gesto unísono… Partes del albergue cada madrugada sin saber si te despides de ellos para siempre. Por eso, esta ambigua, extraña, nostálgica ternura en el partir de cada día.

EMILIO PEDRO GÓMEZ

Como el mar quiere a su agua



Ahora te quiero,
como el mar quiere a su agua:
desde fuera, por arriba,
haciéndose sin parar
con ella tormentas, fugas,
albergues, descansos, calmas.

PEDRO SALINAS

(Fotografía: Shintaro Miyazaki.- https://www.instagram.com/p/BDjQBt6hu1D/)