Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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La Ítaca de un camino largo

https://www.instagram.com/p/DCclFzcua2o/
(Fotografía.- Berta García)


Allí terminan los pasos que un día comenzaste en un allá del que partiste, cuando Santiago era entonces el más allá y el más arriba –ultreia et suseia-, destino y meta, la Ítaca de un camino largo, de un hermoso viaje, siempre en la mente y en el alma. Y allí llegaste, como llegaron tantos, cada cual una historia, cada cual un sueño intransferible, cada cual un mundo. En aquella plaza infinita caben todo el mundo y todos los mundos peregrinos. Epicentro de todas las emociones. Kilómetro cero del Camino que comienza cuando acabas tu Camino. Allí comienzan los pasos que te llevan más allá y más arriba –ultreia et suseia- al Obradoiro del Camino de la Vida.

La Ítaca de un camino largo

https://www.instagram.com/p/C1cq3yNMG5q/
(Fotografía.- Berta Yrago)



Allí terminan los pasos que un día comenzaste en un allá del que partiste, cuando Santiago era entonces el más allá y el más arriba –ultreia et suseia-, destino y meta, la Ítaca de un camino largo, de un hermoso viaje, siempre en la mente y en el alma. Y allí llegaste, como llegaron tantos, cada cual una historia, cada cual un sueño intransferible, cada cual un mundo. En aquella plaza infinita caben todo el mundo y todos los mundos peregrinos. Epicentro de todas las emociones. Kilómetro cero del Camino que comienza cuando acabas tu Camino. Allí comienzan los pasos que te llevan más allá y más arriba –ultreia et suseia- al Obradoiro del Camino de la Vida.

Tus brazos abiertos

A mi hermano Antonio, que estuvo y estará conmigo cada vez que llegue a Compostela...

En realidad, los brazos bien abiertos fueron los tuyos, hermano. Se abrieron desde mucho antes que yo llegara, en esa espera paciente en un "kilómetro cero" que tú guardabas como celoso templario protector del peregrino que, a duras penas, medio cojeaba por las cuestas de los hospitales, por las largas e interminables avenidas de Santiago, hasta llegar allí por la Rúa do Franco y entrar en la plaza y verte, como si no hubiera nadie más en aquella inmensidad del Obradoiro.

Fueron los tuyos los brazos que primero se abrieron y me pareció, por un momento, que eras capaz de tocar con los dedos de la mano izquierda la fachada principal de la Catedral y con los de la derecha la del Pazo de Raxoi, de grande que era la inmensidad del espacio que ocupaban aquellos brazos tuyos, mientras venías hacia mí con enormes zancadas.

Los que nos hicieron la foto, simples turistas que pasaban por allí (o quién sabe si, tal vez, deberían estar allí en ese justo momento), nos confesaron la emoción que sintieron al vernos fundidos en ese abrazo que solo tú y yo, querido hermano, podemos entender en toda su plenitud, por más que intentáramos explicarlo.

Ese abrazo inolvidablemente largo...

"Llegar con la emoción a flor de piel, entre risas y lágrimas"...

Se cumplieron, casi proféticamente, cada una de las palabras...

El alma ya no sabe ser distinta

Dos veces llegué a Santiago. Tras doscientos diez kilómetros, la primera vez. Tras ciento veinte, la segunda. Lo de menos fueron los kilómetros andados porque, al llegar, sientes que es justo ahí donde empieza el Camino. Al llegar. El número de kilómetros tan solo es una cifra dependiente de un tiempo que dispones para detener el tiempo. Cuando acaba ese tiempo disponible, el tiempo detenido inexorablemente continúa su andadura de rutinas cotidianas. Pero allí, en ese kilómetro cero del Obradoiro, es cuando todo empieza sin final posible.

Allí comienza el sueño de volver a elegir el punto de salida, inconsciente de que lo están marcando, en ese justo instante, tus pies ardientes y la mirada perdida en ese horizonte infinito de la piedra catedralicia. El primer paso del nuevo Camino te acerca a Dios. Uno más. Y otro más. La escalera que asciende hasta el mismo pórtico de una gloria sentida en lo más profundo del alma. Y otro más. Y otro más. Más allá y más arriba, está Santiago. Ultreia et Suseia, Santiago.

Pasos que suben reclamando un abrazo. Y que bajan reclamando la oración arrodillada ante un sepulcro. Y sigue el Camino, paso a paso, al cotidiano instante en que queda guardada la mochila y uno vuelve a la camisa y los zapatos de vestir, al hogar, al trabajo, al día a día, al trayecto sin sonrisas y sin nadie que te desee "Buen Camino, peregrino".

Pero el alma ya no sabe ser distinta. Es decir, que una vez que el alma se supo distinta, ya no sabe volver a ser como siempre.

(Fotografía: Miguel Cabezas.- http://galeria.blipoint.es/miguelcabezasfotografias/arquitectura-architecture_4464/)