Todo se inicia con un paso que te pone en movimiento. Pero lo que realmente te hace avanzar no es el primer paso sino todo aquello que te ha llevado a darlo.
Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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El viajero vuelve al camino
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| (Fotografía.- Mlinarić Antea) |
"No es verdad. El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó y dijo: «No hay nada más que ver», sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino" (José Saramago)
Cuando el Camino une
En la historia nunca escrita -o sí- de aquel Camino
hay un buen puñado de risas y canciones, alguna confidencia surgida desde lo más
profundo del alma, más de una lágrima furtiva y hasta alguna travesura de los
que nunca dejaron de ser niños.
Hay un inicio, donde el azar, el destino, el
universo –poco importa el nombre- quiso que nos encontráramos. Y un punto y
seguido, que no un final, en Compostela. En medio, toda la intensidad con la
que se viven tantas horas compartidas en el Camino, donde el tiempo adquiere
otra dimensión distinta al tiempo cotidiano.
Porque cuando el Camino une, lo hace creando un vínculo muy especial. Después, la vida nos devuelve a cada cual a su camino, sí. Cada cual a sus cosas, a sus entornos, a sus rutinas. Pero ese vínculo se me antoja irrompible, por más distancia física que exista.
Cuando el Camino une, lo hace para siempre.
Para siempre…
El infinito entre dos torres
La plenitud del vacío.
O el vacío de lo pleno.
La mirada perdida
para encontrar el punto exacto
donde comienza la gloria.
El infinito entre dos torres.
Al alcance de los ojos.
Al alcance de los sueños.
La mente en blanco.
O en gris.
O en todos los colores imposibles
que dibuja el alma.
La meta.
Y la pregunta en el aire:
"¿y ahora qué?"
La pregunta sin respuesta
hasta que el alma responde
sin preguntas:
"ahora, empieza el Camino".
La meta se vuelve inicio.
Y la mirada se nubla,
desenfocando lo real
para volverlo sueño.
Otra vez sueño.
Otra vez.
El infinito entre dos torres.
Mirándolo,
con la mirada perdida,
el peregrino va sintiendo
que su sueño se eterniza...
(Fotografía: Alexander Balenoüs.- https://www.instagram.com/p/BV6nVs_ll0u/)
Pasa la vida
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| (Fotografía: T. Saso) |
"El viaje está ya en el peregrino antes de que éste se inicie. Muchas vidas le anteceden. Un anhelo, un pálpito sutil, inconsciente aún, avanza hacia la aventura sin fijar metas ni trayectos. Una voz, una imagen bastan para poner nombre y destino a los pasos. Sabe el peregrino que necesita un tiempo lento y un lento transitar. Intuye también que sólo se puede saber después de cada paso. La luz tiene su ritmo. Pasan las nubes, el sol, la lluvia, el cielo inmenso... Casi no pasa nada, excepto la vida"
El viajero vuelve al camino
"No es verdad. El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó y dijo: «No hay nada más que ver», sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino" (José Saramago)
| (Fotografía: John Venice.- https://www.flickr.com/photos/johnvenice/18107864693/) |
A este punto exacto de la vida
Uno cree regresar cada vez que ahonda en sus recuerdos peregrinos. Anoche me topé de bruces con esta foto. De la primera vez que fui al Camino. Después, he vuelto varias veces, siempre buscando el reencuentro con quien te sabes enamorado. Siempre el Camino. Siempre un comienzo sin final posible. Da igual donde empieces. Da igual donde termines. El Camino no deja de ser un infinito enredándose en el alma. Y allí se eterniza. Y allí se vuelve tuyo. Y allí te vuelves suyo.
Uno cree regresar cada vez que ahonda en sus recuerdos peregrinos. Y realmente regresa. A un momento. A un instante. A un paso tras paso subiendo el Cebreiro. A un cansancio. A una tarde. A un punto exacto de la vida.
A este punto exacto de la vida...
Enamorarte del Camino
Si el Camino te atrapa y se te enreda en el alma y en la sangre, si logras enamorarte profundamente de él, no solo serás peregrino para siempre. Es que así lo sentirás y lo vivirás cada instante de tu vida.
Si descubres que el Camino no acaba en Compostela sino que es allí donde se inicia verdaderamente, cada día serás ese peregrino que el Camino te hizo entender que eras. Y volverás al Camino porque anhelarás renovar ese amor y hacerlo más profundo y más intenso.
Pero sabes que el Camino, en realidad, está dentro de ti. Permanentemente. Eternamente. Por eso nunca dejarás de hablar de él. Nunca dejarás de soñar con él. Como siempre ocurre cuando se está enamorado.
Desgranando recuerdos
No es fácil desgranar recuerdos a modo de diario de un viaje terminado. Se agolpan, se mezclan, casi diría que luchan por escoger el mejor sitio del alma. No es lo mismo recordar desde el alma que hacerlo desde la mente. En el alma, los recuerdos se sobredimensionan y adquieren otras formas y otros tonos. Se vivifican, se intensifican hasta el estremecimiento. Tal vez algunos de ellos acaben cayendo en el profundo abismo del olvido, exhaustos de luchar por permanecer en la memoria.
Memorias de un peregrino. En realidad, no sé aun bien qué soy. Yo creo que soy un buscador. De mí mismo como parte de una inmensidad llamada mundo. De Dios como un “algo” creador de esa misma inmensidad. El Camino es una continua invitación a esa búsqueda del ser. En él consigo encontrar retazos de un yo-verdadero.
Mi tercer Camino… En realidad, cada año lo que hago es proseguirlo. Da igual el punto donde empiece. Los tres años he llegado a Compostela pero estoy convencido de que también da igual el punto donde acabe. Siempre salgo de casa y vuelvo a casa. El auténtico punto de partida está en el alma. Y allí mismo se encuentra el punto de llegada.
Compostela tan solo es una meta volante que marca un final y un nuevo inicio. Reconforta espiritualmente llegar ante las plantas del Apóstol. Pero el Camino es mucho más que eso. Pienso que cada punto de destino es, en sí mismo, una pequeña Compostela. Algún año, Santiago no será la meta. Y, entonces, el Camino seguirá siendo tan profundamente mágico como lo es ahora...
Descontando días
Ya no cuento los días. Los descuento, en una cuenta atrás que acabará en el justo instante en que se inicie la cuenta hacia delante. Las últimas tachaduras en el calendario del alma, día a día, un día menos cada vez. Y un día más alimentando un sueño.
El tercer Camino… En realidad, está mal expresado porque el Camino es uno solo. Mejor, el tercer año de Camino, la tercera vez de un único Camino que se inicia sin un final determinado.
No vuelvo al Camino. Lo reanudo. Lo prosigo. Desde el mismo punto de partida de todas las veces anteriores: yo mismo. Porque es en mí donde empieza y donde acaba cada vez. Para continuarlo desde mí y hasta mí.
Ya no cuento los días. Los descuento. Tachando cifras en el calendario del alma que se quedó sin hojas que arrancar. En esta última, está marcado con un círculo rojo el día en que se inicia una cuenta hacia delante que acabará ante las plantas del Apóstol.
Nueve etapas más por el camino de la vida. Solo faltan nueve para volver a inundar el alma de la vida del Camino.
(Fotografía: Ramón Nómada.- https://www.facebook.com/ramon.nomada/photos_albums)
(Fotografía: Ramón Nómada.- https://www.facebook.com/ramon.nomada/photos_albums)
Solo un punto y seguido
Yo concebí el Camino como una acción de gracias. Cuando llegó el momento oportuno para hacerlo, acababa de culminar un viaje por la vida -uno de tantos- de más de diez años y sentía la necesidad de dar gracias por ello. Gracias a Dios, claro. O a mi concepción de Dios, un tanto difusa después de muchas dudas y ciertos momentos de densa oscuridad. No trataba de cumplir promesa alguna ni un compromiso adquirido siquiera conmigo mismo. Hacer el Camino se me antojaba como una oportunidad de llegar a una meta verdadera, tras el largo camino que emprendiera once años antes. Una meta. Un destino. Un punto y aparte.
Caminar en acción de gracias. Solo. Para encontrarme y encontrarle. Despojado de cargos y de cargas, de apariencias que tantas veces me hicieron ser lo que no soy. En el Camino podía ser, simplemente, quien soy, sin más carga que la de un poco de ropa y unas zapatillas de deporte metidas en la mochila, un poncho para el agua y una cantimplora para la sed. Simplemente quien soy. Sin más cargo que el de ser un simple peregrino, desconocido para todos, anónimo caminante mientras que nadie preguntara por mi nombre. Anónimo caminante. Alejado de juicios y prejuicios. Uno más. Y cuando nadie más hubiera en cualquiera de mis puntos cardinales, uno menos.
En el Camino descubrí un yo desconocido, incluso para mí. Me lo encontré de pronto, andando conmigo. También descubrí que Dios, en realidad, no estaba fuera, pero a veces salía y se escapaba de mi alma, sin irse del todo. Y descubrí que, a veces, era capaz de mirar el mundo con los propios ojos de Dios. Y fui capaz de descubrirle en un mundo contemplado con sus ojos.
Con sus ojos contemplé el mar de nubes en el amanecer de O Cebreiro. Y allí descubrí que no iba a Compostela a dar las gracias. Que Compostela no iba a ser una meta sino un comienzo. Que mi acción de gracias no iba a ser cuestión de unos días, de unas pocas etapas, de un Camino empezado y terminado, de un destino al que llegas y queda ya cumplido para siempre. Que Compostela nunca podría ser un punto y aparte. Solo un punto y seguido.
Solo el punto y seguido que precede al inicio sin fin de un nuevo inicio.
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