Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago

Una experiencia humana

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B3Y8p8NJ5FN/)

Ya sé que en el Camino no es oro todo lo que reluce. Como en la vida, que hay días oscuros, pérdidas y encuentros, errores insalvables, gente que malvive y que estropea lo bello e intocable, obsesionados con la vida de los demás, con el camino de los demás, más que de disfrutar los suyos propios.

Ya, ya sé que el Camino adolece de grandes defectos provocados por las modas, los cambios sociales, la turistificación, la pérdida de espiritualidad y otros muchos factores sobre los que pueden generarse intensos debates y artículos doctrinales. Que no es todo poesía en el Camino, que es posible que muera de éxito pero sin olvidar que ya antes murió de olvido y que Elías anunció estar preparando una invasión cuando empezó a dibujar flechas amarillas con pintura para la carretera.

El Camino es la vida pero es algo más que la vida: es un paréntesis en lo cotidiano que, a pesar de todos los pesares, te acerca a una experiencia mística, si así te lo propones. El Camino es una invitación al encuentro contigo mismo y al descubrimiento del ser espiritual que eres. Parafraseando al poeta, cuando hacemos el Camino no somos seres humanos viviendo una experiencia espiritual sino seres espirituales viviendo una experiencia humana. Por eso, no es posible librar al Camino de lo que el ser humano es, con todas sus virtudes y con todos sus defectos. Pero sí podemos lograr la trascendencia, aceptando la imperfección de los demás y la nuestra propia, elevándonos sobre nuestras propias imperfecciones para sentirnos parte de un Todo inexplicable e inabarcable.

Ese Todo al que algunos llaman Dios y otros llaman Universo.

Lo de menos es el nombre.

Cuando el Camino une

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(Fotografía.- Ignazio Atzeni)
En la historia nunca escrita -o sí- de aquel Camino hay un buen puñado de risas y canciones, alguna confidencia surgida desde lo más profundo del alma, más de una lágrima furtiva y hasta alguna travesura de los que nunca dejaron de ser niños.

Hay un inicio, donde el azar, el destino, el universo –poco importa el nombre- quiso que nos encontráramos. Y un punto y seguido, que no un final, en Compostela. En medio, toda la intensidad con la que se viven tantas horas compartidas en el Camino, donde el tiempo adquiere otra dimensión distinta al tiempo cotidiano.

Porque cuando el Camino une, lo hace creando un vínculo muy especial. Después, la vida nos devuelve a cada cual a su camino, sí. Cada cual a sus cosas, a sus entornos, a sus rutinas. Pero ese vínculo se me antoja irrompible, por más distancia física que exista.

Cuando el Camino une, lo hace para siempre.

Para siempre…

Un ser extraño

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(Fotografía.- Marco Giusberti)



El peregrino pudiera parecer un ser extraño, alguien de un mundo distinto, distante del mundo que contempla, del que viene y al que ha de volver, cuando todo acabe. Pero, cuando se puso en marcha, cuando se calzó las botas y se despojó de todo aquello que no cupiese en la mochila, dejó de ser del mundo cotidiano, monótono y gris del que forma parte y que ahora contempla con nuevos ojos y transita con pisadas que le acercan a otro horizonte, otro territorio, otra manera de entender la vida.

Me importan mis botas

Si alguien juzga mi Camino, no le presto mis botas. Seguramente le quedarán estrechas o demasiado grandes. Mis botas las domaron mis pies, están hechas a mí. Quien quiera, puede seguir juzgando mi Camino. Yo también podría juzgar el suyo pero no me interesa calzarme sus botas ni recorrer su camino. Así que me importa poco si sus botas están limpias o manchadas de barro, si recorrieron veredas y senderos o siguen con las suelas sin gastar. Seguramente me quedarán estrechas o demasiado grandes. Es inútil juzgar a nadie sin calzarse sus botas. Y yo las mías, no las presto. Y no me calzo las botas de otros. Es inútil pretender que los demás no existan para que no interfieran en mi Camino. O que sean o actúen como a mí me satisfaga, como si estuviera en posesión de una verdad absoluta e irrebatible. No juzgo. Ni califico. Ni descalifico. Me importan mis botas, hechas a mí y yo hecho a ellas, las que me apretaron y me hirieron antes de hacerse piel contra mi piel. Las que van dejando mis propias huellas en el Camino.

Un idilio con el Camino

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(Fotografía.- Nuno Lourenço)

No existe el Camino idílico pero sí es posible un idilio con el Camino. Vive el peregrino una historia de Amor inacabable. Hermosa y repleta de dificultades, como todas las historias de amor. Frágil, parece estar siempre a punto de quebrarse. Y, sin embargo, se eterniza en el recuerdo y en el anhelo de volver. Se empieza a construir desde los sueños. El Camino, antes de andarlo, hay que soñarlo. Antes de amarlo, hay que sentirlo. Paso a paso, lo vas haciendo tuyo pero no te pertenece. Hasta que un día descubres que, paso a paso, el Camino te fue haciendo suyo hasta pertenecerle. Porque el peregrino es un ser profundamente enamorado del Camino al que pertenece porque se fue haciendo Camino a cada paso.

Todo comienza con un paso

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(Fotografía.- Thomas Haubrichs)

El Camino es una inmensa sucesión de pasos.
Pasos que te acercan al punto de destino
y que te alejan del punto de salida.
Pasos firmes cuando todo se inicia.
Pasos ligeros al despuntar el día.
Todo comienza con un paso
que te pone en movimiento.
Con el primer paso
que te convierte en peregrino,
haciéndote Camino sobre el Camino...

Con palabras y latidos

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(Fotografía.- Boglárka Barna)
Trata de explicarme con palabras qué es el Camino, en ese vano intento de definir lo indefinible. A tu mente acudirán palabras sueltas: peregrino, magia, amanecer, etapa, compañía, soledad, albergue, cansancio, alma, dolor, mochila, vieira, bordón, espiritualidad, flecha, bosque, montaña, carretera, tormenta, viento, misterio, dios… Y también nombres propios: Compostela, Catedral, Obradoiro, los miles de lugares por los que transita el Camino en sus innumerables sendas y variantes, los propios nombres de tantos peregrinos que dejaron una huella que no es definible con palabras. Y todo es Camino, sí, y todo lo define sin llegar a definirlo por completo.

Ahora trata de explicarme con latidos qué es el Camino. Muéstrame la emoción profunda, el silencio hiriente, la plenitud del alma, también el desaliento. Enséñame los pies maltrechos, la sonrisa abierta, el pulso desbocado, las lágrimas calientes, el abrazo final, el primer paso.

Y dime, con palabras y con latidos, si el Camino te hizo peregrino para siempre.

Porque la vida que transitas cada día es el Camino que iniciaste en cualquier parte y creíste terminar en Compostela. Pero el Camino no acaba cuando uno se vuelve peregrino para siempre. Y, por más que lo intentes, no existe forma humana de explicar ni de abarcar el infinito.

Sigo tu rastro

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(Fotografía.- Itziar Agirre)

Sigo otros pasos -tus pasos- por el sendero nevado. Busco otras huellas -tus huellas- para seguir el camino. Están ahí, puedo verlas, puedo hundir mis botas dentro de tus huellas. Estamos solos. Mire donde mire, no hay nadie. Tú tampoco estás pero estás, sin embargo. Sigo tu rastro, te siento en cada paso sobre tus pasos, huella sobre huella. Hasta que el viento las borre. O los copos de nieve venideros. O tal vez las botas peregrinas de alguien que va siguiendo el rastro de mis huellas por el sendero nevado.

Detenerte

(Fotografía.- Bianca Illari Lui)
Detenerte a contemplar el milagro del nuevo día, el incendio del sol tras aquella montaña de magia, tras aquel horizonte al que te diriges como si fuera tu propio destino.

Detenerte a descubrir la belleza cruzando por delante de tu vida, un instante convertido en prodigio, haciéndose eterno ante tus ojos.

Detenerte como parte de la esencia del Camino, que no es solo andar, no es solo ir de un sitio a otro, etapa tras etapa. El Camino es también detenerte a contemplarlo todo con la mirada limpia del alma y sentir el portento de la Vida, la caricia de Dios, el suspiro caliente de la Naturaleza regalándose, regalándote un espacio infinito donde sentirte una parte de ese Todo que vas encontrando en tu Camino.

Puente que es Camino

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(Fotografía.-Dario Nisivoccia)


Puente que nos lleva de los sueños a la magia, atravesando el río de aguas ensombrecidas de nuestra propia existencia. Amo los puentes que acortan distancias, que permiten el paso, que me llevan al otro lado donde el Camino continúa. Puente que es Camino porque el Camino se hizo construyendo puentes. Puente que tiembla al cruzarlo, como si palpitara fuertemente su corazón de piedra. Puente de nadie y de todos, puente mío. Atravesado de parte a parte. Por debajo, te atraviesa un río, fugitivo y libre. Por arriba, el alma de un peregrino. Fugitiva y Libre.

Camino de sirga

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(Fotografía.- Justas Karpavičius

Camino de sirga,
peregrina senda junto a la orilla
de un agua que no es río,
que es canal donde navega
el reflejo de los árboles desnudos
mientras envuelve el cielo
el último bostezo de la mañana.

Mirar atrás

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/CDo0zZ-gZYZ/)
De vez en cuando, mirar atrás resulta necesario para no olvidar de dónde venimos, para hacer recuento de aquellos horizontes conquistados e inventariar las sendas que pisamos porque, en todas ellas, quedaron marcadas las huellas propias de nuestros propios pasos.

De vez en cuando, mirar atrás resulta necesario para ver el paisaje que quedó a nuestra espalda, invisible a los ojos cuando andamos, tal vez la tormenta en lontananza, la niebla atravesada, el espasmo del bosque desde fuera, el viejo campanario haciéndose pequeño, el monte que bajamos que vuelve a parecer inmenso desde abajo.

De vez en cuando, conviene detenernos y sentir que todo el Camino recorrido nos pertenece porque nos fue haciendo suyos a cada paso.

Y entonces, mirar atrás siempre acaba resultando imprescindible.

Con el alma empapada

Sientes el alma empapada de emoción, como si hubiera atravesado una tormenta y le hubiera sorprendido la lluvia torrencial a la intemperie, calándole los huesos. Hay tras la plenitud, un momento de vacío, un instante donde todo se detiene, en ti y fuera de ti, donde el cuerpo duele y duelen los pies y las entrañas. Allí donde quedó la huella invisible de tu último paso. Tras la explosión de la llegada, tras los pulsos disparados, tras la desbordada felicidad y el abrazo con otros peregrinos, uno siente la necesidad de dedicarse tiempo, de encontrarse a solas, de besar con todo el cuerpo la tierra prometida del Obradoiro y de llorarlo todo. Todo. Para empapar el alma de esa emoción incontenible como un aguacero. Estás allí. Eres. Llegaste. Y te duele el Camino que dejó de ser camino para volverse sangre recorriéndote las venas, dándote vida. Entonces, te levantas, vuelve el mundo a ponerse en movimiento y tú sonríes cuando dejas, sobre la piedra gris del Obradoiro, la huella invisible de tu primer paso con el que continúas tu Camino.

Nada se detiene

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B7BnLzln05z/)
No se detiene el tiempo pero es otro tiempo el tiempo del Camino. Se percibe cuando quedan atrás las urbes de asfalto, donde contemplas las prisas de un mundo que te mira retadoramente o que te ignora, tal vez el propio mundo del que vienes y que ahora miras como un extraño que deambula por sus calles, queriendo escapar. Percibes que es otro tiempo el tiempo en los largos senderos entre campos de cultivo, otro pulso, otra dimensión donde el reloj no marca las horas porque no existe más tiempo que medir que el del sol naciendo con la aurora y muriendo en el ocaso. Otro tiempo cuando cruzas las aldeas que quedaron ancladas en otros tiempos, donde huele a estiércol puro y vivo que fertiliza la tierra, donde el agua brota limpia de sus fuentes, donde todo parece detenido pero nada se detiene, solamente avanza poco a poco como la recua de vacas que transita con parsimonia el empedrado de una calle por donde sigue el Camino.

Las huellas de sus suelas

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B5HnEutJejS/)

Se amontonan sin caos, ordenadamente, una montaña de historias en silencio, tan distintas, tan iguales, las mismas sendas peregrinas recorridas y, sin embargo, cada una realiza un camino diferente. Para el peregrino es el tiempo del descanso, de reponer fuerzas, de soñar la etapa de mañana, de compartir experiencias y de dormir, cuando es posible. Ellas quedan afuera, en su caos de colores y de formas, dispuestas para el día siguiente cuando vuelvan a dejar las huellas de sus suelas en la tierra del Camino.