Si alguien juzga mi Camino, no le presto mis botas. Seguramente le quedarán estrechas o demasiado grandes. Mis botas las domaron mis pies, están hechas a mí. Quien quiera, puede seguir juzgando mi Camino. Yo también podría juzgar el suyo pero no me interesa calzarme sus botas ni recorrer su camino. Así que me importa poco si sus botas están limpias o manchadas de barro, si recorrieron veredas y senderos o siguen con las suelas sin gastar. Seguramente me quedarán estrechas o demasiado grandes. Es inútil juzgar a nadie sin calzarse sus botas. Y yo las mías, no las presto. Y no me calzo las botas de otros. Es inútil pretender que los demás no existan para que no interfieran en mi Camino. O que sean o actúen como a mí me satisfaga, como si estuviera en posesión de una verdad absoluta e irrebatible. No juzgo. Ni califico. Ni descalifico. Me importan mis botas, hechas a mí y yo hecho a ellas, las que me apretaron y me hirieron antes de hacerse piel contra mi piel. Las que van dejando mis propias huellas en el Camino.
Ultreia et Suseia
Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
Un idilio con el Camino
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| (Fotografía.- Nuno Lourenço) |
No existe el Camino idílico pero sí es posible un idilio con el Camino. Vive el peregrino una historia de Amor inacabable. Hermosa y repleta de dificultades, como todas las historias de amor. Frágil, parece estar siempre a punto de quebrarse. Y, sin embargo, se eterniza en el recuerdo y en el anhelo de volver. Se empieza a construir desde los sueños. El Camino, antes de andarlo, hay que soñarlo. Antes de amarlo, hay que sentirlo. Paso a paso, lo vas haciendo tuyo pero no te pertenece. Hasta que un día descubres que, paso a paso, el Camino te fue haciendo suyo hasta pertenecerle. Porque el peregrino es un ser profundamente enamorado del Camino al que pertenece porque se fue haciendo Camino a cada paso.
Todo comienza con un paso
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| (Fotografía.- Thomas Haubrichs) |
El Camino es una inmensa sucesión de pasos.
Pasos que te acercan al punto de destino
y que te alejan del punto de salida.
Pasos firmes cuando todo se inicia.
Pasos ligeros al despuntar el día.
Todo comienza con un paso
que te pone en movimiento.
Con el primer paso
que te convierte en peregrino,
haciéndote Camino sobre el Camino...
Con palabras y latidos
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| (Fotografía.- Boglárka Barna) |
Ahora trata de explicarme con latidos qué es el Camino. Muéstrame la emoción profunda, el silencio hiriente, la plenitud del alma, también el desaliento. Enséñame los pies maltrechos, la sonrisa abierta, el pulso desbocado, las lágrimas calientes, el abrazo final, el primer paso.
Y dime, con palabras y con latidos, si el Camino te hizo peregrino para siempre.
Porque la vida que transitas cada día es el Camino que iniciaste en cualquier parte y creíste terminar en Compostela. Pero el Camino no acaba cuando uno se vuelve peregrino para siempre. Y, por más que lo intentes, no existe forma humana de explicar ni de abarcar el infinito.
Sigo tu rastro
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| (Fotografía.- Itziar Agirre) |
Sigo otros pasos -tus pasos- por el sendero nevado. Busco otras huellas -tus huellas- para seguir el camino. Están ahí, puedo verlas, puedo hundir mis botas dentro de tus huellas. Estamos solos. Mire donde mire, no hay nadie. Tú tampoco estás pero estás, sin embargo. Sigo tu rastro, te siento en cada paso sobre tus pasos, huella sobre huella. Hasta que el viento las borre. O los copos de nieve venideros. O tal vez las botas peregrinas de alguien que va siguiendo el rastro de mis huellas por el sendero nevado.
Detenerte
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| (Fotografía.- Bianca Illari Lui) |
Detenerte a descubrir la belleza cruzando por delante de tu vida, un instante convertido en prodigio, haciéndose eterno ante tus ojos.
Detenerte como parte de la esencia del Camino, que no es solo andar, no es solo ir de un sitio a otro, etapa tras etapa. El Camino es también detenerte a contemplarlo todo con la mirada limpia del alma y sentir el portento de la Vida, la caricia de Dios, el suspiro caliente de la Naturaleza regalándose, regalándote un espacio infinito donde sentirte una parte de ese Todo que vas encontrando en tu Camino.
Puente que es Camino
Puente que nos lleva de los sueños a la magia, atravesando el río de aguas ensombrecidas de nuestra propia existencia. Amo los puentes que acortan distancias, que permiten el paso, que me llevan al otro lado donde el Camino continúa. Puente que es Camino porque el Camino se hizo construyendo puentes. Puente que tiembla al cruzarlo, como si palpitara fuertemente su corazón de piedra. Puente de nadie y de todos, puente mío. Atravesado de parte a parte. Por debajo, te atraviesa un río, fugitivo y libre. Por arriba, el alma de un peregrino. Fugitiva y Libre.
Camino de sirga
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| (Fotografía.- Justas Karpavičius) |
Camino de sirga,
peregrina senda junto a la orilla
de un agua que no es río,
que es canal donde navega
el reflejo de los árboles desnudos
mientras envuelve el cielo
el último bostezo de la mañana.
Mirar atrás
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| (Fotografía.- https://www.instagram.com/p/CDo0zZ-gZYZ/) |
De vez en cuando, mirar atrás resulta necesario para ver el paisaje que quedó a nuestra espalda, invisible a los ojos cuando andamos, tal vez la tormenta en lontananza, la niebla atravesada, el espasmo del bosque desde fuera, el viejo campanario haciéndose pequeño, el monte que bajamos que vuelve a parecer inmenso desde abajo.
De vez en cuando, conviene detenernos y sentir que todo el Camino recorrido nos pertenece porque nos fue haciendo suyos a cada paso.
Y entonces, mirar atrás siempre acaba resultando imprescindible.
Con el alma empapada
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Sientes el alma empapada de emoción, como si hubiera atravesado una tormenta y le hubiera sorprendido la lluvia torrencial a la intemperie, calándole los huesos. Hay tras la plenitud, un momento de vacío, un instante donde todo se detiene, en ti y fuera de ti, donde el cuerpo duele y duelen los pies y las entrañas. Allí donde quedó la huella invisible de tu último paso. Tras la explosión de la llegada, tras los pulsos disparados, tras la desbordada felicidad y el abrazo con otros peregrinos, uno siente la necesidad de dedicarse tiempo, de encontrarse a solas, de besar con todo el cuerpo la tierra prometida del Obradoiro y de llorarlo todo. Todo. Para empapar el alma de esa emoción incontenible como un aguacero. Estás allí. Eres. Llegaste. Y te duele el Camino que dejó de ser camino para volverse sangre recorriéndote las venas, dándote vida. Entonces, te levantas, vuelve el mundo a ponerse en movimiento y tú sonríes cuando dejas, sobre la piedra gris del Obradoiro, la huella invisible de tu primer paso con el que continúas tu Camino.
Nada se detiene
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| (Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B7BnLzln05z/) |
Las huellas de sus suelas
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| (Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B5HnEutJejS/) |
Se amontonan sin caos, ordenadamente, una montaña de historias en silencio, tan distintas, tan iguales, las mismas sendas peregrinas recorridas y, sin embargo, cada una realiza un camino diferente. Para el peregrino es el tiempo del descanso, de reponer fuerzas, de soñar la etapa de mañana, de compartir experiencias y de dormir, cuando es posible. Ellas quedan afuera, en su caos de colores y de formas, dispuestas para el día siguiente cuando vuelvan a dejar las huellas de sus suelas en la tierra del Camino.
Baja siempre despacio, peregrino
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| (Fotografía.- Alessio Tomasella) |
El astil disparándose a los cielos
Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer en Rabanal. "Hoy nevará", me anunció el posadero mientras vertía la leche hirviendo en el tazón de café, con la seguridad que otorga la experiencia de haber visto muchos cielos nublados en los duros inviernos maragatos. Se interesó por mi Camino, como si la escasez de peregrinos de aquellos días hiciera más relevantes las experiencias camineras de quienes se atrevían a llegar a aquellos lares. Rememoré con él mesetas y planicies castellanas, la infinita rectitud del páramo leonés, donde a uno se le antoja una utopía alcanzar el próximo horizonte.
Demoré la partida, bebiéndome a pequeños sorbos el tazón, empeñándome en calentar el alma más que el propio cuerpo, con la mirada perdida mientras dibujaba en mi mente fugaces recuerdos que empezaron a parecerme extrañamente lejanos. Pensé en todo el camino recorrido y en la profunda soledad de casi todos los días, apenas desgarrada por tres o cuatro encuentros provisorios.
Tenía que ponerme en marcha. Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer en Rabanal. Al poco de dejar atrás el pueblo, empezaron a caer los primeros copos de nieve. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido al miedo. Aceleré el paso, crucé la carretera y me envolví en aquel paisaje pintado de nevadas anteriores. Cuando la nieve blanqueó todo el sendero, continué por carretera la subida a Foncebadón, que encontré más mágico que fantasmagórico, desdibujándose entre la bruma gris de las nubes bajas. El albergue abierto invitaba a la parada y a la bucólica contemplación a través de la ventana del pueblo desolado y cubierto por la nieve que ahora caía con fuerza. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido a la felicidad.
Arriba del todo, en Cruz de Ferro, cumplí con el rito peregrino de arrojar mi piedra sobre el nevado montículo en el que se clava la cruz más sencilla y desnuda que jamás haya visto en mi vida. Una cruz como la de aquellos versos de León Felipe: sin añadidos ni ornamentos, el astil disparándose a los cielos, rematado en aquella cruz pequeña, diminuta, tan sencilla y desnuda que costaba trabajo entender su relevancia. Hasta que fui capaz de contemplarla con el alma. Y, entonces, fui capaz de encontrarte con el alma.
Porque yo había subido hasta allí para encontrarme contigo, en la Inmensa Soledad de lo Infinito. Y allí estábamos los dos. Como si no existiera nadie más en este mundo. Tú y yo. Solos. Bajo la nieve. Junto a la Cruz. En el punto más alto del Camino. En el sitio exacto donde el Camino estaba más cerca de tu Cielo, mi Eterno Peregrino.
Permanecemos en el Camino
Cuando corones montañas que casi te permitirán tocar las nubes con tus manos puede que te emociones. Estarás cerca. Recuerda: tu emoción ha sido la de todos. Por eso permanecemos en el Camino.
JOSÉ ANTONIO DE LA RIERA
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