Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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Subiendo a Portomarín

Multiplica
por cuarenta y siete
el esfuerzo,
los latidos
del corazón desbocado.
Sube, peregrino, sube,
peldaño a peldaño.
Deja el río atrás, abajo,
deja que fluya
en su corriente imparable
bajo el puente,
mañana volverás a él.
Hoy toca alcanzar la cima
del espejo de ciudad
que sucumbió bajo el agua
y contemplar el milagro
de la antigua fortaleza
levantada, piedra a piedra,
como templo.
Como tus pasos,
levantados uno a uno,
peldaño a peldaño,
sobre otro puente.
Multiplica por cuarenta y siete
los pulsos del alma.
Y sube, peregrino, sube,
como quien sube la escalera
de su propia existencia,
sabiendo que la gloria
siempre se encuentra
en lo más alto. 

Sube, peregrino, sube

(Fotografía: http://www.walktosantiago.com/)



Multiplica por cuarenta y siete el esfuerzo, los latidos del corazón desbocado, sube, peregrino, sube, peldaño a peldaño. Deja el río atrás, abajo, deja que fluya en su corriente imparable bajo el puente, mañana volverás a él. Hoy toca alcanzar la cima del espejo de ciudad que sucumbió bajo el agua y contemplar el milagro de la antigua fortaleza levantada, piedra a piedra, como templo. Como tus pasos, levantados uno a uno, peldaño a peldaño, sobre otro puente. Multiplica por cuarenta y siete los pulsos del alma. Y sube, peregrino, sube, como quien sube la escalera de su propia existencia, sabiendo que la gloria siempre se encuentra en lo más alto.

Sin zapatos

Unos decían que era coreano, otros que chino. No acabó de quedarme clara su nacionalidad, aunque el hecho realmente sorprendente era el que llevara más de mil quinientos kilómetros recorridos, andando descalzo. Le vi subir el Alto do Poio, por carretera, bogando con el palo como si fuera un gondolero veneciano. Sus pies desnudos, apenas apoyados en un asfalto ya caliente por el sol, aún tempranero pero dispuesto a enseñar los dientes en aquel septiembre recién estrenado. Se sabía mirado y devolvía a cambio una sonrisa. Incluso una pose para una foto al detenerse. Delgado, moreno de sol y de aventuras, tal vez se llamara Kim en realidad, como decían. O no. Lo de menos era su nombre. Al fin y al cabo, el Camino lo había bautizado como "el chino de los pies descalzos".

Mil quinientos kilómetros. A sumar al centenar y medio que aún le faltaban para llegar a Compostela. ¿En qué momento un hombre decide salir al Camino sin zapatos? ¿Qué le lleva a ello? ¿Cómo soporta el dolor del asfalto agrietado e hirviente, del sendero pedregoso donde las piedras se afilan y se clavan en la piel? ¿Y por qué?

Días después, camino de Portomarín, le vi recostado a la sombra de un árbol, apoyada su espalda contra el tronco. Un libro en sus manos. La sonrisa al pasar, en sus labios y en sus ojos rasgados, como respuesta a un saludo sin palabras. Y, entonces, encontré la respuesta a todas las preguntas.

Era feliz. Estaba recorriendo el camino de su propia felicidad.

Y para andar el camino de la felicidad no le hacía falta llevar zapatos.