Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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Aquella primera vez

Aquella primera vez...

Han pasado seis años desde entonces y he recorrido a pie casi mil novecientos kilómetros.

Quién me lo iba a decir aquel domingo, aquel 4 de septiembre, en que salí de casa con una mochila en la espalda y un billete de autobús doblado y guardado en una bolsa, sabiendo a dónde iba pero sin saber bien a lo que iba. Con más nervios que ilusión; y eso que la ilusión era infinita. Con todos los miedos que se pueden sentir ante lo desconocido. Y con toda la felicidad que se puede sentir cuando empiezas a hacer realidad tus propios sueños.

Cómo iba a imaginar siquiera que el Camino cambiaría mi forma de entender la Vida, mi forma de contemplar el Universo y de contemplarme en el Universo, mi forma de concebir mi espiritualidad, mi propia forma de Ser y de Existir. Cómo iba a saber que el Camino cambiaría mi concepto de Silencio y de Soledad. Que añadiría a mi diccionario palabras repletas de significado como Plenitud y Magia. Y que me enseñaría una nueva forma de Creer, tan distinta y tan alejada de todas mis creencias anteriores.

Cómo iba a saberlo aquel domingo, aquel 4 de septiembre, aquella primera vez...

Sin zapatos

Unos decían que era coreano, otros que chino. No acabó de quedarme clara su nacionalidad, aunque el hecho realmente sorprendente era el que llevara más de mil quinientos kilómetros recorridos, andando descalzo. Le vi subir el Alto do Poio, por carretera, bogando con el palo como si fuera un gondolero veneciano. Sus pies desnudos, apenas apoyados en un asfalto ya caliente por el sol, aún tempranero pero dispuesto a enseñar los dientes en aquel septiembre recién estrenado. Se sabía mirado y devolvía a cambio una sonrisa. Incluso una pose para una foto al detenerse. Delgado, moreno de sol y de aventuras, tal vez se llamara Kim en realidad, como decían. O no. Lo de menos era su nombre. Al fin y al cabo, el Camino lo había bautizado como "el chino de los pies descalzos".

Mil quinientos kilómetros. A sumar al centenar y medio que aún le faltaban para llegar a Compostela. ¿En qué momento un hombre decide salir al Camino sin zapatos? ¿Qué le lleva a ello? ¿Cómo soporta el dolor del asfalto agrietado e hirviente, del sendero pedregoso donde las piedras se afilan y se clavan en la piel? ¿Y por qué?

Días después, camino de Portomarín, le vi recostado a la sombra de un árbol, apoyada su espalda contra el tronco. Un libro en sus manos. La sonrisa al pasar, en sus labios y en sus ojos rasgados, como respuesta a un saludo sin palabras. Y, entonces, encontré la respuesta a todas las preguntas.

Era feliz. Estaba recorriendo el camino de su propia felicidad.

Y para andar el camino de la felicidad no le hacía falta llevar zapatos.

Llantos incomprensibles

Hay llantos incomprensibles. Como aquel primero, camino de Pieros, en plena carretera nacional. Nada destacable en el monótono paisaje. Ningún síntoma físico ni mental de dolor o de cansancio. Andando a buen ritmo, marcando incluso el paso con alguna melodía apenas susurrada. No soy capaz de recordar -ni de entender- qué provocó aquel llanto, qué produjo aquella sorpresiva emoción en aquella "nada" de asfalto y de campiñas. Había iniciado la etapa -y el Camino-, quince kilómetros atrás, templando pulsos disparados, centrado en no perderme en ese templario laberinto que es la salida de Ponferrada. Me había embriagado de las viñas jalonando el sendero que conduce a Cacabelos, detenido en la contemplación del río Cúa y el santuario de la Quinta Angustia, buscando el contrapunto de hermosura preciso antes de proseguir hacia el polígono industrial y la definitiva salida por una nacional que anunciaba pendientes de subida. Y fue justo en esa ascensión de asfalto, en esa soledad de campo y carretera, cuando me eché a llorar, sin motivo aparente.

Y es que, tal vez, los motivos sobraran. O tal vez sucediera, simplemente, que afloraron las contenidas emociones de las horas previas, de los días previos, de todos los latidos que acallé y de todos los pasos que soñé sin darlos y que ahora daba sin soñarlos. O tal vez sea que el Camino te hace llorar como una forma inmejorable de limpiar el alma. Sin previo aviso, te deja al descubierto las íntimas negruras, los posos de suciedad que fue dejando el tiempo en las rendijas del alma. Sin previo aviso, el llanto purifica, arranca la costra del polvo acumulado en algún pliegue. O en todos los pliegues que la vida fue dejando en un alma donde crecieron las arrugas.

En realidad, no existen los llantos incomprensibles. Lo que ocurre es que hay llantos que no precisan comprensión. Hay llantos que tan solo precisan ser llorados. Sin más respuestas. Sin más preguntas. Como aquel llanto en aquella "nada" de mi interior, subiendo la carretera hacia Pieros...

Soñando el Camino

Recuerdos difusos de un Camino tan solo soñado. Veinte años atrás, tal vez alguno más. Veinte años diciéndome "algún día, algún día", con la esperanza mantenida por quien se sabe llamado. Llamado. ¿Qué me impulsó a ponerme en marcha? ¿Y qué me impidió, hasta entonces, ponerme en marcha?

Diez años atrás. Roncesvalles. Agosto. Una marabunta de peregrinos en los alrededores de la Colegiata. Allí se inicia. O allí lo inician muchos. El inicio. "Algún día, algún día". Ese, solo puedo ser lo que soy: un turista más visitando Roncesvalles. Me late fuerte el corazón. Contemplo, absorto, a los que llegan, a los que se van, a los que entran y salen del "Centro de Atención al Peregrino".

Vuelta a Pamplona en el coche, por la misma carretera que otros transitan andando, en la misma dirección. 790 kilómetros a Santiago de Compostela. La Cruz de los Peregrinos a la izquierda. Una señal indica que el Camino continúa a la derecha. Mi camino de ese día sigue al frente. Se intuye que el Camino de los peregrinos se adentrará en un bosque. "Algún día, algún día". Los peregrinos. ¿Cuándo se convierte uno en peregrino? ¿Puedes serlo, incluso, sin haberte puesto en marcha?

Señales en las carreteras de Navarra, de León, de Asturias, de Aragón, del País Vasco. Camino de Santiago. El símbolo de la concha peregrina. Siempre algunos peregrinos caminando por las secundarias del norte, en cada uno de mis descansos veraniegos allí pasados. La silueta de un peregrino dibujada. Bajo él, una flecha amarilla apuntando a la derecha. Mi camino era el Camino hasta que dejaba de serlo. Ahora el Camino sí es ya mi camino por completo.

Tras el cristal de la ventana de un autobús descubro y contemplo la primera flecha amarilla. Astorga. Las ocho y media de la mañana de un cinco de septiembre. En poco más de una hora, desciendo de ese mismo autobús. Estación de Ponferrada. Comienzo a andar con una mochila colgada a la espalda. Cruzando el puente sobre el río Sil, un anciano me mira fijamente y levantando su mano derecha en señal de saludo, me dice: "Buen Camino, peregrino".

Era el día. Había llegado el día.

Pero el Camino yo ya lo soñaba desde antes. Desde mucho tiempo antes...

El alma ya no sabe ser distinta

Dos veces llegué a Santiago. Tras doscientos diez kilómetros, la primera vez. Tras ciento veinte, la segunda. Lo de menos fueron los kilómetros andados porque, al llegar, sientes que es justo ahí donde empieza el Camino. Al llegar. El número de kilómetros tan solo es una cifra dependiente de un tiempo que dispones para detener el tiempo. Cuando acaba ese tiempo disponible, el tiempo detenido inexorablemente continúa su andadura de rutinas cotidianas. Pero allí, en ese kilómetro cero del Obradoiro, es cuando todo empieza sin final posible.

Allí comienza el sueño de volver a elegir el punto de salida, inconsciente de que lo están marcando, en ese justo instante, tus pies ardientes y la mirada perdida en ese horizonte infinito de la piedra catedralicia. El primer paso del nuevo Camino te acerca a Dios. Uno más. Y otro más. La escalera que asciende hasta el mismo pórtico de una gloria sentida en lo más profundo del alma. Y otro más. Y otro más. Más allá y más arriba, está Santiago. Ultreia et Suseia, Santiago.

Pasos que suben reclamando un abrazo. Y que bajan reclamando la oración arrodillada ante un sepulcro. Y sigue el Camino, paso a paso, al cotidiano instante en que queda guardada la mochila y uno vuelve a la camisa y los zapatos de vestir, al hogar, al trabajo, al día a día, al trayecto sin sonrisas y sin nadie que te desee "Buen Camino, peregrino".

Pero el alma ya no sabe ser distinta. Es decir, que una vez que el alma se supo distinta, ya no sabe volver a ser como siempre.

(Fotografía: Miguel Cabezas.- http://galeria.blipoint.es/miguelcabezasfotografias/arquitectura-architecture_4464/)

Inventario de recuerdos propios y ajenos

Inventario mis propios recuerdos y ahondo en los recuerdos de otros, escritos y fotografiados, compartidos a través de diarios virtuales y páginas repletas de huellas invisibles sobre el mismo Camino. Contemplo con asombro que, en cada etapa, me quedaron cientos de cosas pendientes de ver y visitar, rincones ocultos que otros descubrieron, lugares transitados con la cabeza baja, con la vista en el suelo para no pisar en falso, para no elevar la intensidad del dolor en las plantas de los pies. Flechas que no seguí pero que ahí estaban, dibujadas sobre una piedra, sobre un árbol, sobre un muro que me pasaron desapercibidos.

Descubro en otros estampas de mi Camino que no logré disfrutar, enfoques distintos de un mismo paisaje, sitios por los que anduve que no consigo recordar, tal vez porque el Camino te brinda momentos inexcusables para el encuentro con uno mismo, para la soledad del yo que mira hacia adelante pero no hacia los lados.

Repetir no es posible, aunque volviera a andar los mismos kilómetros, a transitar las mismas aldeas, a pernoctar en los mismos lugares. Son cientos, miles, tal vez millones de detalles que me han pasado inadvertido y que descubro, con asombro, en el inventario de recuerdos de otros.

Algún día formarán también parte de mis propios inventarios.