Detenidos los pasos, el alma se arrodilla. Ante Dios, quien tenga a Dios por fuerza y por cobijo. Ante la inmensidad del Universo, que es verdad innegable para todos. Tal vez el cuerpo se venza de cansancio. O baste la emoción de la llegada. O la necesidad de una plegaria. O el silencio que acompaña la profundidad con la que todo se contempla desde abajo. Detenidos los pasos, alcanzada la meta, el alma se arrodilla. Como una ofrenda. Como un tributo. Como un prodigio: el de dejarse acariciar por Dios, quien tenga a Dios por fuerza y por cobijo. O el de agradecer a la Vida ser parte del Camino y de la inmensidad de ese Universo, que es verdad innegable para todos.
Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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No cuentan las palabras
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| (Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B3oeuernmh3/) |
Sabe que las palabras en realidad no cuentan,
sólo lo que quieren decir muy dentro,
como un secreto, como una plegaria;
ésta es la única plegaria que cuenta.
JEAN-MARIE GUSTAVE LE CLÉZIO
El alma se arrodilla
Detenidos los pasos, el alma se arrodilla. Ante Dios, quien tenga a Dios por fuerza y por cobijo. Ante la inmensidad del Universo, que es verdad innegable para todos. Tal vez el cuerpo se venza de cansancio. O baste la emoción de la llegada. O la necesidad de una plegaria. O el silencio que acompaña la profundidad con la que todo se contempla desde abajo. Detenidos los pasos, alcanzada la meta, el alma se arrodilla. Como una ofrenda. Como un tributo. Como un prodigio: el de dejarse acariciar por Dios, quien tenga a Dios por fuerza y por cobijo. O el de agradecer a la Vida ser parte del Camino y de la inmensidad de ese Universo, que es verdad innegable para todos.
¿Qué habrá sido de mi piedra?
Cuatro años después, ¿qué habrá sido de esa piedra? ¿Qué manos la quitarían de su sitio? ¿Qué piedra se habrá posado, tal vez, sobre mi piedra? ¿Qué lluvia habrá borrado mi grito y mi plegaria?
¿Dónde estará esa piedra? ¿En qué lugar del Camino la habrán dejado? ¿Quién la tendrá, tal vez, como un recuerdo, quién sabe si, quizá, como una ofrenda? ¿Qué piedra sostendrá mi piedra? ¿Qué viento la habrá sepultado para siempre?
Yo la encontré, la arranqué de su sitio y la llevé conmigo. Después, escribí sobre ella, al dictado de mi alma, con letra temblorosa y tinta corrida por la lluvia, un grito que, a su vez, era plegaria y recuerdo, dedicatoria y presencia.
Y una fecha...
Y allí la dejé, sobre un mojón de piedra, de los que guían pasos y evitan pérdidas, sobre otras piedras, piedras sobre piedras, en algún lugar de la meseta castellana.
Cuatro años después, ¿qué habrá sido de mi piedra?
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