Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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Un alto en el Camino

https://www.instagram.com/p/CQdhuYPD-4U/
(Fotografía.- Max Maximov)

La soledad
buscada y requerida,
los pies descalzos,
liberados del ardor
de la larga travesía,
la espalda
sin mochila compañera,
el cuerpo detenido,
el alma
recobrando pulsaciones.

La mirada
tal vez absorta en un recuerdo
o en un presagio
que anticipa lugares y distancias.

Aunque sabe el peregrino
que, después, sus pasos
serán guiados por la magia,
por las huellas de otros peregrinos,
por el sol que acompaña y que calienta,
por el faro de las flechas amarillas.

Un alto en el Camino.
Siempre necesario
para seguir andando.
Con las botas cobijando
los pies reconfortados.
Con la mochila compañera
en la espalda.
Con el alma
desbocándose a cada paso.

Zapatos viejos

https://www.instagram.com/p/CJagiNWD0MD/
(Fotografía.- Claudio Pupi)



Ya sólo puedo usar zapatos viejos.
El camino que sigo
me los gasta desde el primer paso.

Pero únicamente los zapatos viejos
no desdeñan al camino
y sólo ellos pueden llegar
hasta donde llega el camino.

Después,
hay que seguir descalzo.

ROBERTO JUARROZ

Un alto en el Camino

La soledad
buscada y requerida,
los pies descalzos,
liberados del ardor
de la larga travesía,
la espalda
sin mochila compañera,
el cuerpo detenido,
el alma
recobrando pulsaciones.

La mirada
tal vez absorta en un recuerdo
o en un presagio
que anticipa lugares y distancias.

Aunque sabe el peregrino
que, después, sus pasos
serán guiados por la magia,
por las huellas de otros peregrinos,
por el sol que acompaña y que calienta,
por el faro de las flechas amarillas.

Un alto en el Camino.
Siempre necesario
para seguir andando.
Con las botas cobijando
los pies reconfortados.
Con la mochila compañera
en la espalda.
Con el alma
desbocándose a cada paso.

(Fotografía: Daniel Schulz.- https://www.instagram.com/p/BeVGqTSDEdA/)

Serenamente

(Fotografía: José Antonio Sandoval López de Castro)
Una parada, un descanso necesario...

Preciso respirar y llenar los pulmones de aire nuevo, recobrar el aliento tras el desaliento de la cuesta, descalzarme y dejar a la intemperie los pies hinchados y doloridos, cerrar los ojos, vaciar la mente, llenar el alma... De paz... De silencios...

Silencio.

Para escuchar cómo mis latidos se acompasan.

Serenamente.

Serena mente.

Con los ojos cerrados y el alma despierta

Ahora que había llegado, echaba la vista atrás y el inicio le parecía muy lejano. Porque el primer paso quedaba muy atrás en el tiempo. El primer paso. Sonrió al recordarlo. La noche casi a punto de ser vencida, el frío inevitable de un amanecer intuyéndose en el cielo violeta, la calle desierta. Y el corazón palpitante, como ahora, retumbando en las fachadas de las casas, en aquel callejón donde iniciaba su aventura. El primer paso. ¿Cuántos habría dado hasta llegar allí? ¿Cuántos miles de pasos habrían conformado su Camino? Su mente divagaba, sin apartar su mirada de la inmensidad arquitectónica de la Catedral. El cuerpo vencido, los pies descalzos, la cabeza apoyada en la mochila. Entonces, se dio cuenta que lloraba. Y cerró los ojos.

Con los ojos cerrados y el alma despierta, dibujó en su mente la película completa de un Camino inacabable. Porque aquella meta del Obradoiro no era más que el principio de un Camino con comienzo pero sin fin. Pensó en lo infinito, en lo eterno, en lo inabarcable de lo inacabable. Y se sintió pequeño en aquella inmensidad de un tiempo sin tiempo.

Un alto en el Camino

La soledad buscada y requerida, los pies descalzos, liberados del ardor de la larga travesía, la espalda sin mochila compañera, el cuerpo detenido, el alma recobrando pulsaciones. La mirada, tal vez, absorta en una guía que anticipa lugares y distancias. Aunque sabe el peregrino que, después, sus pasos serán guiados por la magia, por las huellas de otros peregrinos, por el sol que acompaña y que calienta, por el faro de las flechas amarillas.

Un alto en el Camino. Siempre necesario para seguir andando. Con las botas cobijando los pies reconfortados. Con la mochila compañera en la espalda. Con el alma desbocándose a cada paso.

Sin zapatos

Unos decían que era coreano, otros que chino. No acabó de quedarme clara su nacionalidad, aunque el hecho realmente sorprendente era el que llevara más de mil quinientos kilómetros recorridos, andando descalzo. Le vi subir el Alto do Poio, por carretera, bogando con el palo como si fuera un gondolero veneciano. Sus pies desnudos, apenas apoyados en un asfalto ya caliente por el sol, aún tempranero pero dispuesto a enseñar los dientes en aquel septiembre recién estrenado. Se sabía mirado y devolvía a cambio una sonrisa. Incluso una pose para una foto al detenerse. Delgado, moreno de sol y de aventuras, tal vez se llamara Kim en realidad, como decían. O no. Lo de menos era su nombre. Al fin y al cabo, el Camino lo había bautizado como "el chino de los pies descalzos".

Mil quinientos kilómetros. A sumar al centenar y medio que aún le faltaban para llegar a Compostela. ¿En qué momento un hombre decide salir al Camino sin zapatos? ¿Qué le lleva a ello? ¿Cómo soporta el dolor del asfalto agrietado e hirviente, del sendero pedregoso donde las piedras se afilan y se clavan en la piel? ¿Y por qué?

Días después, camino de Portomarín, le vi recostado a la sombra de un árbol, apoyada su espalda contra el tronco. Un libro en sus manos. La sonrisa al pasar, en sus labios y en sus ojos rasgados, como respuesta a un saludo sin palabras. Y, entonces, encontré la respuesta a todas las preguntas.

Era feliz. Estaba recorriendo el camino de su propia felicidad.

Y para andar el camino de la felicidad no le hacía falta llevar zapatos.