Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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Un reflejo de ti mismo

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(Fotografía.- Laura Zulian)



Atesora los días, con todos sus instantes. Saboréalos, mídelos, pálpalos, disfrútalos. Guárdalos en la memoria y en los íntimos rincones del alma. Para recordarlos cuando ya estén perdidos, para recrearlos y volverlos a soñar, mezclando la nostalgia de lo vivido y el anhelo permanente de volver. Porque en todo lo vivido, fuiste. Y en todo lo anhelado, eres. Porque eso es el Camino: un reflejo de ti mismo, peregrino.

Dos niños pequeños

Apenas si habíamos coincidido dos veces en todo el Camino, dos fugaces instantes, veinte segundos como mucho, que es apenas un átomo de tiempo en la inmensidad de las horas y de los días. Las únicas palabras que cruzamos fue en el primer encuentro. Él me preguntó, en un escueto inglés: "¿Pilgrim. Camino?". Yo me limité a asentir. Él se limitó a sonreír. Yo le devolví la sonrisa. Ese mismo día -era mi segunda etapa- paré en algún lugar indeterminado a descansar un poco, seguramente al cobijo de algún techado porque recuerdo que llovía. Al poco, él pasó, con su poncho rojo y su sombrero, andando despacio, me vio, alzó la mano y yo correspondí a su saludo. Nunca más nos vimos ni nos cruzamos ni coincidimos en lugar alguno, ni ese día ni en las siguientes jornadas.

El jueves, llegué al Obradoiro. Empapado. Solo. Con esa Soledad compañera, querida y requerida tantas veces. En la plaza, se abrazaban, se besaban y lloraban un numeroso grupo de jóvenes que después supe que eran italianos y que habían hecho el Camino Sanabrés. Yo, los contemplaba y sentía bajo mi piel el escalofrío propio de saber qué era exactamente lo que estaban sintiendo. Verlos era un regalo. Yo, interiorizaba mis propias emociones. Allí estaba, otra vez, en esa Compostela tan desnuda como siempre, mujer preciosa, frente a la inmensidad de las dos torres, ya desvestidas de andamios.

Busqué mi rincón bajo el arco de Raxoi. Lo hago siempre. Aún cuando haya llegado a Santiago en compañía, he buscado mi rincón bajo el arco y me he aislado. Me descuelgo, por fin, la mochila, la apoyo sobre una de las paredes del arco y me siento en el suelo, a contemplarlo todo a ras de tierra. Pero esta vez aún no me había sentado, cuando apareció él, sonriendo y levantándome el brazo, a modo de saludo. Lo reconocí, claro, su poncho rojo y su sombrero, su lento andar. Avancé hacia él, con mis brazos extendidos para estrechar su mano. Pero las manos estrechadas dieron paso a un abrazo intenso, profundo, maravilloso, mágico. Y todo se detuvo en ese instante. Hasta el tiempo.

Johannes -ni siquiera sé si escribo bien su nombre-, holandés, 73 años, peregrino desde Fátima a Santiago, a razón de 15 kilómetros diarios ("no más, más no puedo", me decía en una mezcla de italiano y castellano), un perfecto desconocido del que ni siquiera conocía su nombre -lo supe después- y al que apenas había visto dos fugaces instantes hacía ya cuatro días, lloraba como un niño pequeño sobre mi hombro, fuertemente abrazado a mí. Y yo lloraba como un niño pequeño sobre su hombro, fuertemente abrazado a él. No existía sentimiento alguno de vergüenza ni pudor. Era una emoción sincera, profunda, mágica, brotada directamente del Alma. De nuestras almas peregrinas.

De Johannes me queda el recuerdo y esta foto. Supongo que a él de mí, lo mismo. Compartimos dos cervezas tras la misa del peregrino, donde también coincidimos. Compartimos, en quince o veinte minutos, experiencias peregrinas y unos cuantos datos biográficos. Pero no compartimos teléfonos ni direcciones de correo ni ninguna otra forma de contacto. Nos dimos las gracias mutuamente varias veces y, al despedirnos, nos estrechamos en un cariñoso abrazo. Él me dijo: "Eres muy simpático, Mijel, grazie, grazie". Yo le deseé un Buen Camino por la Vida. Sus ojos se humedecieron y su sonrisa iluminó toda la calle. Y, diciéndome adiós, repetía: "Por la vida, por la vida, Buen Camino por la vida, sí, sí".

Seguramente, no volveremos a encontrarnos jamás. Pero el Camino tiene estas cosas inexplicables, que solo pueden entenderse si se viven y se sienten. Yo así lo viví, así lo sentí y así (me) lo cuento.

Y miro la foto y sonrío abiertamente. La foto de dos niños pequeños, felices bajo la lluvia de Compostela...

Un hito para la eternidad

"Y, de repente, me pregunto si todos los instantes que justifican una existencia no se resumen en esto: una mirada que se encuentra con otra mirada, un encuentro de almas iguales, un hito para la eternidad" (Gilbert Cesbron)

Vivir instantes

(Fotografía: Lee Sandstead)
"No había nada especial, no pasaba nada que mereciera la pena fotografiar, la luz no era la idónea, ni mi disposición la más apropiada y sin embargo paré y tomé la imagen. Era como si hubiese oído una llamada, como si algo o alguien me hubiera dicho: párate, mira dónde estás, nota el frío sobre tu cara, disfruta de este segundo que te ha tocado vivir y da gracias por todo ello. Después, claro, me fui, pero sintiendo que ese momento había sido mío y sabiendo que estar vivo acaso sólo consistiese en vivir instantes como aquel que ahora os enseño" (Juan Ballester)

Puertas al infinito

(Fotografía: Jesús Martínez Núñez)




"Hay siempre una nota de misterio en esas catedrales imposibles, en esas piedras que forman paredes y en esas paredes que juntas, de formas diversas, recuerdan el lugar sagrado que habita en nosotros. Nos quedamos quietos, contemplando, meditando, deteniendo el instante para convertirlo en infinito. Eso ocurre porque los templos, los interiores y los exteriores, son precisamente eso, puertas al infinito" (Javier León)

El instante que precede el viaje

"No hay nada más bello que el instante que precede el viaje, ese momento donde el horizonte nos visita, lleno de promesas” (Milan Kundera)

La eternidad de un breve instante

El alma boceta sus paisajes, recrea sus espacios, encuentra sus paraísos perdidos. Y los hace suyos para vagar por ellos un instante. O una eternidad de ese tiempo sin tiempo que tan solo es medible por latidos.

Yo ya he estado allí (¡y el alma ha regresado tantas veces!). Y he sentido el frío de sus amaneceres del verano tardío erizándome la piel. Y he llegado exhausto. Sólo, en mi profunda soledad. Y también con esa compañía donde la soledad no se quebranta. Y he vuelto sin mochila, a comprobar que existe simplemente.

Y allí, por vez primera, supe que Dios se baña en un océano de nubes.

Ahora está nevando allí. Y en el alma que boceta ese paisaje, que recrea ese mágico espacio y que encuentra en él, una vez más, su paraíso perdido. Y lo hace suyo, suyo, suyo, para vagar por él en esa eternidad de un breve instante.

Instantes de eternidad

En el Camino hay instantes que saben a eternidad...

(Fotografía: Dominik Maximilián Ramík.- http://www.panoramio.com/photo/6326501)