Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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Los profundos silencios del Camino

https://www.instagram.com/p/B3CS236ioCQ/
(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B3CS236ioCQ/)

Los profundos silencios del Camino, rasgados por el aire invisible y susurrante, por los hondos latidos que retañen como campanas, por el crepitar de las pisadas sobre la tierra. El peregrino es un mago que atrapa los silencios, moldea sus contornos con sus manos y grita con ellos. Grita. Aunque nadie lo escuche. Porque su grito busca romperse en los espacios, en ese infinito que se extiende más allá de un horizonte. Por eso, grita sin sonidos, desde el silencio. Grita desde sus lágrimas calientes, desde una oración que traspasa sus creencias porque Dios es ese Todo que contempla desde su Ser enamorado del Camino. Dios es el viento y la piedra y el fango y el cielo atravesado de arcoíris. Y es el silencio profundo que acaricia la epidermis desnuda de las almas.

Lágrimas interiores

El amanecer de aquel día me sorprendió en medio de una nada absoluta. Una nada física, parcelada en cuatro franjas: las dos exteriores, un doble páramo extendiéndose en los cuatro horizontes que conforman los cuatro puntos cardinales; la segunda a la derecha, una carretera, el doble de ancha que el sendero de su izquierda, por el que yo caminaba. Ambos, carretera y sendero, perdiéndose también en las dos lontananzas de delante y de detrás. Mirara donde mirara, nada más. Páramos, carretera y sendero extendiéndose hasta un infinito inalcanzable, a norte, sur, este y oeste. Nada más. Y nadie más. Ni un alma. Ni nada que lo pareciera, aún en la lejanía, aunque solo fuera una simple imaginación, un espejismo. Como mucho, una desangelada hilera de árboles deshojados, casi esqueléticos.

Tanta nada me hizo sentir un jirón en el alma, no sabría explicar exactamente de qué: si un jirón de tristeza, de vacío, de soledad... o de todo a la vez. Recuerdo mirar al cielo, pensar que era domingo, que ese cielo estaba extrañamente azul (no estaba tan claro que no fuera a llover ese día) y lo surcaban hermosísimas nubes blancas, verdaderamente como si fueran de algodón. Recuerdo ponerme a rezar, no sé exactamente qué, no una oración al uso y estereotipada como el padrenuestro o similar. No era un rezo para pedir ni para dar las gracias. Era como un "ajuste de cuentas" con Dios, como una necesidad de cantarle y que me cantara las cuarenta. De repente, mi cabeza recreó la imagen de mi padre muriéndose... Y recuerdo, en ese justo instante, darme cuenta de que todo el paisaje se me había nublado porque tenía las pupilas empañadas. Había seguido andando sin mirar nada. Al fin y al cabo, no iba a haber ni una maldita curva a la que prestar atención. Me detuve en seco, me sequé los ojos... Y, entonces, me di cuenta de que aquella nada era más inmensamente hermosa de lo que hasta entonces podía haber apreciado, posiblemente porque la había estado mirando con el alma empañada...

Había sido necesaria aquella nada para limpiarme el alma. Aquel día sentí en mi fuero interno la certeza de que iba a llegar. Me di cuenta de que había llorado sin lágrimas. Que todo lo había llorado por dentro. Solo al final, las lágrimas interiores rebosaron y me empañaron los ojos. Como si fuera preciso velar el paisaje y volver a descubrirlo con ojos nuevos y limpios. Desde aquel momento, el Camino se convirtió en una auténtica explosión de los sentidos. Y no dejó de serlo hasta el final. No hubo más lágrimas, ni interiores ni exteriores, en todo el resto de los días. Así, que el día que llegué, lo lloré todo. Tal vez fueran todas las lágrimas interiores de aquella mañana, casi recién amanecida, que permanecieron allí, limpiándome por dentro, hasta que el Camino ya estuviera cumplido y hubiera llegado a la meta.

(Invierno de 2015. En algún lugar del páramo leonés, antes de llegar a Reliegos. Camino Francés)

Una cruz en cada fin del mundo


Siempre hay una cruz
en cada fin del mundo,
que separa el más allá
del más acá.

En el mar
acaba la tierra.
Allí donde las huellas
se convierten en estelas.

"Caminante,
no hay camino,
sino estelas en la mar".

Peregrino,
es hora de volver
al Camino de la Vida.

En la cruz
de cada fin del mundo
comienza
el Verdadero Camino.

Junto al mar,
siempre junto al mar.

Por supuesto, hubo una cruz en mi fin del mundo, junto al mar. Me senté, a los pies de la cruz, a contemplarlo. Dejé que el viento, que golpeaba fuerte, me secara las lágrimas. Llamé a casa, para decir que habíamos llegado. Sentí que el Camino-Mujer me besaba en la boca y se bebía mi Alma y que después me la devolvía junto a la Suya propia. Y que se iba, que se iba, diciéndome adiós... Evaporándose con las nubes y con el mar... Se iba... Nunca antes había Sentido tanto que se acababa el Camino, que esa era la meta de esta vez, que el siguiente paso ya no iba a ser un paso peregrino...

(Muxía. 2/3/2017)

Amo el Camino

Yo Amo el Camino. Lo Amo. Me sobrecoge, me hipnotiza, me estremece, me emociona, me machaca, me tortura, me desnuda, me besa, me posee, me deja sin palabras, me arranca lágrimas de lo más profundo de mis adentros, juega conmigo, me lleva al límite, tan al límite que, a veces, he tenido la sensación de que me deja en las fronteras mismas de odiarlo y es, entonces, cuando más siento que lo Amo. Odiarlo, no porque sí, sino porque, a veces, me hace plantearme si el Camino, realmente, me está regalando Libertad o me la está condicionando, si solo a través de Él puedo Sentirme realmente Libre, si solo a través de Él puedo Sentirme realmente Yo. Si solo en el Camino es posible la Plenitud de mi Ser. Pero en ese límite, en esas fronteras, he Sentido muchas veces que, en realidad, el Camino no existe sin mí, no es posible sin mí, me pertenece como yo le pertenezco. Que el Camino no es lo que aparece en las guías, claro que no. Que el Camino es, sobre todo, el Encuentro con mi propia Armonía. Y, entonces, Siento que lo Amo más que nunca.

Así que, a cada paso que doy, estoy Amando. Estoy Amando al Camino en sí mismo, estoy Amando mi Armonía con el Todo. Cielo, tierra, aire, río, árbol, piedra, sol, luna, nubes, lluvia,... Huellas de Dios, el Todo Amor. Cada dimensión del Camino es una dimensión del Amor. "Siempre que la belleza mira, el amor está allí", escribió Rumi. Yo, en el Camino, me siento mirado por la Belleza. No solo es que yo la contemple y admire, es que me siento mirado por Ella.

Y, cuando me mira, allí está el Amor. Amándome.

Los profundos silencios del Camino

Los profundos silencios del Camino.
Rasgados por el aire invisible y susurrante,
por los hondos latidos que retiñen como campanas,
por el crepitar de las pisadas sobre la tierra.
El peregrino es un mago que atrapa los silencios,
moldea sus contornos con sus manos
y grita con ellos. Grita. Aunque nadie lo escuche.
Porque su grito busca romperse en los espacios,
en ese infinito que se extiende más allá de un horizonte.
Por eso, grita sin sonidos, desde el silencio.
Grita desde sus lágrimas calientes,
desde una oración que traspasa sus creencias
porque Dios es ese Todo que contempla
desde su Ser enamorado del Camino.
Dios es el viento y la piedra y el fango
y el cielo atravesado de arcoíris.
Y es el silencio profundo que acaricia
la epidermis desnuda de las almas.

(Fotografía.- Silvio Cerciello)

Cuando el Camino une


En la historia nunca escrita -o sí- de aquel Camino hay un buen puñado de risas y canciones, alguna confidencia surgida desde lo más profundo del alma, más de una lágrima furtiva y hasta alguna travesura de los que nunca dejaron de ser niños.

Hay un inicio, donde el azar, el destino, el universo –poco importa el nombre- quiso que nos encontráramos. Y un punto y seguido, que no un final, en Compostela. En medio, toda la intensidad con la que se viven tantas horas compartidas en el Camino, donde el tiempo adquiere otra dimensión distinta al tiempo cotidiano.

Porque cuando el Camino une, lo hace creando un vínculo muy especial. Después, la vida nos devuelve a cada cual a su camino, sí. Cada cual a sus cosas, a sus entornos, a sus rutinas. Pero ese vínculo se me antoja irrompible, por más distancia física que exista.

Cuando el Camino une, lo hace para siempre.

Para siempre…

Con la emoción a flor de piel

(Fotografía.- Anastasiia Iling)



Peregrinar es llegar.
Llegar a la meta fijada,
estando pronta para continuar en otras etapas
y otros caminos.
Peregrinar es llegar con la emoción a flor de piel,
entre risas y lágrimas.
Es llegar y contemplar y hacer silencio.
Siempre algo nuevo,
siempre dejándonos fluir.
Agradecer la vida de cada día
como un don.

TOÑA MONZÓN

Ese Abrazo final

Y ese Abrazo final,
deteniendo el tiempo,
estrechando todos los espacios,
haciendo nuestros
el tiempo y el espacio
en ese paréntesis
de nuestros cuerpos enlazados
para atrapar en él
la infinitud de nuestras Almas.
Ese Abrazo, ese,
tras el último paso,
tras la última lágrima.
Tras todos los cansancios,
el Descanso final,
apoyados el uno sobre el otro,
el uno junto al otro,
apretujando la Vida
para Sentirla nuestra,
toda nuestra,
solo nuestra.
Ese Abrazo, ese,
ese Milagro,
esa conjugación sin palabras
del verbo Almar
-que es Amar desde el Alma
y con el Alma-,
ese instante de Eternidad
que creamos
como si fuéramos dioses,
allí, justo allí
donde el Camino acaba
para empezar de nuevo.
Al fin y al cabo,
el Camino, como la Vida,
qué es
sino una Inmensa Historia de Amor
que siempre termina en un Abrazo
que nos hace Eternos.

(Fotografía: Xoan A. Soler)

El lenguaje de las lágrimas

Se esfumaron las palabras.
Las lágrimas inventan
un nuevo lenguaje.
Apenas balbucean
los primeros sonidos
desde el silencio
más profundo y perdido,
perdidamente profundo.
“Soy”.
“Estoy”.
”Pude”.
“Llegué”.
“Gracias”.
¿Quién puede explicar ese llanto,
la mirada perdida y profunda,
profundamente perdida,
con que el peregrino admira
el portento de piedra
que se eleva ante sus ojos
cuando llega a Compostela?

Y esa fina lluvia

"Entre la gloria y uno ya sólo hay piedra, vieja piedra compostelana, y esa fina lluvia, tan de lágrimas, que acaba verdeando los rostros demudados de los caminantes" (Carlos Herrera)

(Fotografía: José Manuel Dobarro.- https://www.flickr.com/photos/jmdobarro/27051230272/)

Qué limpia exactitud la de esta niebla

Qué limpia exactitud la de esta niebla,
el carruaje etéreo que en la aurora recorre
estos campos de luz recién llegada,
(...)
ficción de claridad sin concluir,
plata que será oro al mediodía.

Qué limpia exactitud, y qué inconstante,
qué fugaz esta niebla,
ala huidiza del sol, y tan sin rumbo:
ilusionista frágil que se esfuma,
qué disipada alquimia:
ya no está.

Y con qué precisión recobra el árbol
la arcadia de su sombra,
y con qué majestad
se disuelve en los montes el vacío.
(...)

Y qué claro el camino, 
y el agua en su fluir qué transparente.

Por el instante breve de una lágrima,
qué limpia exactitud tuvo esa niebla,
quimera en la mañana sin jinete;
qué limpio amanecer fue su venero;
metáfora de nada,
verdad y sinrazón del devenir,
desbocada quimera,
(...)
como un amanecer extenuado
de ser eternamente amanecer.

FELIPE BENÍTEZ REYES

(Fotografía: Nadia Gera.- https://www.instagram.com/p/BX8d7imgXDz/)

Ese Abrazo, ese

Y ese Abrazo final,
deteniendo el tiempo,
estrechando todos los espacios,
haciendo nuestros
el tiempo y el espacio
en ese paréntesis de nuestros cuerpos enlazados
para atrapar en él
la infinitud de nuestras Almas.
Ese Abrazo, ese,
tras el último paso,
tras la última lágrima.
Tras todos los cansancios,
el Descanso final,
apoyados el uno sobre el otro,
el uno junto al otro,
apretujando la Vida
para Sentirla nuestra,
toda nuestra,
solo nuestra.
Ese Abrazo, ese,
ese Milagro,
esa conjugación sin palabras
del verbo Almar
-que es Amar desde el Alma
y con el Alma-,
ese instante de Eternidad
que creamos
como si fuéramos dioses,
allí, justo allí
donde el Camino acaba
para empezar de nuevo.
Al fin y al cabo,
el Camino, como la Vida,
qué es
sino una Inmensa Historia de Amor
que siempre termina en un Abrazo
que nos hace Eternos.

Búsquenme

"Búsquenme donde se detiene el viento, donde haya paz o no exista el tiempo, donde el sol seca las lágrimas de las nubes en la mañana" (León Gieco)

(Fotografía: Clara Sjöberg.- https://www.instagram.com/p/BFKFZ9wk-UP/)

Mirar a través de las lágrimas

"Mira, cuando llores por algo, procura mirar a través de tus lágrimas" (Ermilo Abreu Gómez)

Donde no exista el tiempo

"Búsquenme donde se detiene el viento, donde haya paz o no exista el tiempo, donde el sol seca las lágrimas de las nubes en la mañana" (León Gieco)

Tan cerca y tan lejos


"No sabía muy bien por qué se llamaba Monte do Gozo, pero cuando llegué a su cumbre lo entendí todo. Era increíble. Allá a lo lejos se ve la ciudad de Santiago, se pueden distinguir las torres de la Catedral. Lo que siento dentro de mi no lo puedo explicar. Me siento en medio del camino. Quiero asimilar bien todos mis sentimientos: algunas lágrimas caen sobre mis mejillas. Está tan cerca ya, pero a la vez tan lejos. Creo que cambiaré de opinión, necesito llegar ya, necesito abrazar al Apóstol, darle gracias por todo, por todos" (Miguel Perles Alabau)

Entre la gloria y uno

"Entre la gloria y uno ya sólo hay piedra, vieja piedra compostelana, y esa fina lluvia, tan de lágrimas, que acaba verdeando los rostros demudados de los caminantes" (Carlos Herrera)

(Fotografía: Adrian Fletcher.- http://www.paradoxplace.com/)

El lenguaje de las lágrimas

Se esfumaron las palabras. Las lágrimas inventan un nuevo lenguaje. Apenas balbucean los primeros sonidos desde el silencio más profundo y perdido, perdidamente profundo. “Soy”. “Estoy”. ”Pude”. “Llegué”. “Gracias”. ¿Quién puede explicar ese llanto, la mirada perdida y profunda, profundamente perdida, con que el peregrino admira el portento de piedra que se eleva ante sus ojos cuando llega a Compostela?

(Fotografía: Armando González Alameda.- http://www.1000caminos.com/ver_fotografias.php?id_foto=3571)