Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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El astil disparándose a los cielos

Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer en Rabanal. "Hoy nevará", me anunció el posadero mientras vertía la leche hirviendo en el tazón de café, con la seguridad que otorga la experiencia de haber visto muchos cielos nublados en los duros inviernos maragatos. Se interesó por mi Camino, como si la escasez de peregrinos de aquellos días hiciera más relevantes las experiencias camineras de quienes se atrevían a llegar a aquellos lares. Rememoré con él mesetas y planicies castellanas, la infinita rectitud del páramo leonés, donde a uno se le antoja una utopía alcanzar el próximo horizonte.

Demoré la partida, bebiéndome a pequeños sorbos el tazón, empeñándome en calentar el alma más que el propio cuerpo, con la mirada perdida mientras dibujaba en mi mente fugaces recuerdos que empezaron a parecerme extrañamente lejanos. Pensé en todo el camino recorrido y en la profunda soledad de casi todos los días, apenas desgarrada por tres o cuatro encuentros provisorios.

Tenía que ponerme en marcha. Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer en Rabanal. Al poco de dejar atrás el pueblo, empezaron a caer los primeros copos de nieve. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido al miedo. Aceleré el paso, crucé la carretera y me envolví en aquel paisaje pintado de nevadas anteriores. Cuando la nieve blanqueó todo el sendero, continué por carretera la subida a Foncebadón, que encontré más mágico que fantasmagórico, desdibujándose entre la bruma gris de las nubes bajas. El albergue abierto invitaba a la parada y a la bucólica contemplación a través de la ventana del pueblo desolado y cubierto por la nieve que ahora caía con fuerza. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido a la felicidad.

Arriba del todo, en Cruz de Ferro, cumplí con el rito peregrino de arrojar mi piedra sobre el nevado montículo en el que se clava la cruz más sencilla y desnuda que jamás haya visto en mi vida. Una cruz como la de aquellos versos de León Felipe: sin añadidos ni ornamentos, el astil disparándose a los cielos, rematado en aquella cruz pequeña, diminuta, tan sencilla y desnuda que costaba trabajo entender su relevancia. Hasta que fui capaz de contemplarla con el alma. Y, entonces, fui capaz de encontrarte con el alma.

Porque yo había subido hasta allí para encontrarme contigo, en la Inmensa Soledad de lo Infinito. Y allí estábamos los dos. Como si no existiera nadie más en este mundo. Tú y yo. Solos. Bajo la nieve. Junto a la Cruz. En el punto más alto del Camino. En el sitio exacto donde el Camino estaba más cerca de tu Cielo, mi Eterno Peregrino.

Y allí quedas

(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/CiQafyeDOsv/)
Solo es una cruz pequeña rematando un mástil de madera disparándose a los cielos sobre el humilladero de un montículo de piedras, un morcuero de huellas peregrinas, de pesos despojados del bolsillo del alma, de guijarros encontrados en alguna senda de la vida. Subes a la cruz pisando vacíos de quienes encontraron su propia plenitud en el Camino. Y allí arrojas tu piedra, anónima y desnuda, tal vez garabateada con una fecha o con un nombre que nada desvela sino un alma que llegó hasta allí para desprenderse de vacíos y pesos y noches sin luz y días sin noches.

Y allí quedas...

Que en Cruz de Ferro siempre queda un pedazo del alma peregrina, inevitablemente, hecho piedra bajo la cruz, sencilla y pequeña, que señala cuatro puntos cardinales en sus brazos abiertos, acariciando un cielo que allí parece más cercano. Bajo la cruz, cuyo mástil acaricias mirando hacia arriba, mientras hablas con Dios o con el Universo en la profundidad de tu Silencio.

Un morcuero de huellas peregrinas


Solo es una cruz pequeña
rematando un astil de madera
disparándose a los cielos
sobre el humilladero
de un montículo de piedras,
un morcuero
de huellas peregrinas,
de pesos despojados
del bolsillo del alma,
de guijarros encontrados
en alguna senda de la vida.
Subes a la cruz pisando vacíos
de quienes encontraron
su propia plenitud en el Camino.
Y allí arrojas tu piedra,
anónima y desnuda,
tal vez garabateada con una fecha
o con un nombre
que nada desvela sino un alma
que llegó hasta allí
para desprenderse
de vacíos y pesos
y noches sin luz
y días sin noches.
Y allí quedas;
que en Cruz de Ferro siempre queda
un pedazo del alma peregrina,
inevitablemente,
hecho piedra
bajo la cruz,
sencilla y pequeña,
que señala cuatro puntos cardinales
en sus brazos abiertos,
acariciando un cielo
que allí parece más cercano.
Bajo la cruz,
cuyo mástil acaricias
mirando hacia arriba,
mientras hablas con Dios
o con el Universo
en la profundidad de tu Silencio.

(Fotografía: Ambra Azzurra)

Donde no caben las palabras

(Fotografía: Antonio Muñoz Hernández)




Hoy quisiera ganarle
un poco de terreno a lo indecible,
meter unas palabras
donde no caben las palabras,
no tener que quedarme mudo
ante esta plenitud de todo.

TOMÁS SEGOVIA

Encontrarte con el alma

(Fotografía: Maria Anna Rocco)
Arriba del todo, en Cruz de Ferro, cumplí con el rito peregrino de arrojar mi piedra sobre el montículo en el que se clava la cruz más sencilla y desnuda que jamás haya visto en mi vida. Una cruz como la de aquellos versos de León Felipe: sin añadidos ni ornamentos, el astil disparándose a los cielos, rematado en aquella cruz pequeña, diminuta, tan sencilla y desnuda que costaba trabajo entender su relevancia. Hasta que fui capaz de contemplarla con el alma. Y, entonces, fui capaz de encontrarte con el alma.

Porque a aquella pequeña Compostela de otro tiempo de Vida en el Camino yo había subido para encontrarme contigo, en la Inmensa Soledad de lo Infinito. Y allí estábamos los dos. Como si no existiera nadie más en este mundo. Tú y yo. Solos. Junto a la Cruz. En el punto más alto del Camino. En el sitio exacto donde el Camino estaba más cerca de tu Cielo...

El astil disparándose a los cielos


Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer de febrero en Rabanal. "Hoy nevará", me anunció el posadero mientras vertía la leche hirviendo en el tazón de café, con la seguridad que otorga la experiencia de haber visto muchos cielos nublados en los duros inviernos maragatos. Se interesó por mi Camino, como si la escasez de peregrinos de aquellos días hiciera más relevantes las experiencias camineras de quienes se atrevían a llegar a aquellos lares. Rememoré con él mesetas y planicies castellanas, la infinita rectitud del páramo leonés, donde a uno se le antoja una utopía alcanzar el próximo horizonte.

Demoré la partida, bebiéndome a pequeños sorbos el tazón, empeñándome en calentar el alma más que el propio cuerpo, con la mirada perdida mientras dibujaba en mi mente fugaces recuerdos que empezaron a parecerme extrañamente lejanos. Pensé en todo el camino recorrido y en la profunda soledad de casi todos los días, apenas desgarrada por tres o cuatro encuentros provisorios. Quise recordar el nombre de aquel chico con quien coincidí en Hornillos, sin conseguirlo. Sonreí pensando que, quizá, ni siquiera nos lo dijéramos porque el Camino nos iguala a todos bajo un mismo nombre: peregrino. Nos hace coincidir en un instante, en dos tal vez. Y, después, lleva a cada cual por donde quiere. Aquel peregrino se “esfumó”, sin dejar rastro, al día siguiente. Acaso claudicara ante el demoledor envite del viento en aquella inmensa planicie sin refugio posible que se divisaba desde el Alto de Mostelares. Recordé mi absurda rebeldía, mis gritos desaforados en aquella soledad tan absoluta que, por un momento, llegué a pensar que solo existíamos en el mundo el viento y yo. Recordé haber llorado de angustia mientras sentía que el viento me quebraba como a un tallo. Quizá él, el peregrino sin más nombre que el propio de peregrino, no pudo vencerle, ¿quién sabe?

Quién sabe si Jonás llegó a Santiago, con tanta prisa como tenía, con tanta pausa con la que andaba, sin que pareciera que el tiempo le apremiara porque en solo cuatro jornadas debía llegar a O Cebreiro. Hacía cuentas mentales mirando un viejo papel donde tenía anotadas las distancias. “Casi 40 por día”, me decía con despreocupación. “Bueno, tal vez llegue tarde, que empiecen sin mí, ya les daré alcance”. En O Cebreiro le esperaban. Tal vez llegaría a tiempo el bueno de Jonás –si es que así se llamaba, ya no estoy seguro- que me dio alcance faltando apenas cinco kilómetros para llegar a Mansilla de las Mulas y me preguntó, sin saludo previo, si yo me sentiría triste si hubiera perdido mi cantimplora como él había perdido la suya. Tomamos un café en un albergue próximo a la entrada en la ciudad y allí se declaró un “enfermo del Camino”, sin remedio posible. Terminal. Un enfermo del Camino no es un ser extravagante en apariencia pero puede ser un incomprendido por alguien que no padezca de esa incurable patología. Apurando el café, Jonás –o cómo se llamara el peregrino- me miró fijamente a los ojos y me dijo, sonriéndome: “Y tú eres otro enfermo del Camino. Nadie que no lo fuera me habría contestado, sin saludo previo, que sí, que se sentiría triste si hubiera perdido su cantimplora”.

Quién sabe si Jonás llegó a Santiago. Quien no llegó seguro fue María –nos habíamos presentado, se llamaba como mi hija, por lo que esta vez no era posible olvidar su nombre-, que al día siguiente de nuestro encuentro en el Crucero de Santo Toribio debía volver a casa desde Astorga. Siempre he pensado que el final de cada etapa es, en realidad, una pequeña Compostela. Y el Camino se va haciendo a fuerza de llegar a cada una de las pequeñas Compostela que preludian la Gran Compostela del Apóstol. La última pequeña Compostela del Camino es aquella desde la que uno vuelve a casa. Al Camino de la Vida, después de haber sido peregrino en la Vida del Camino.

La pequeña Compostela de María era Astorga. La mía, mi pequeña Compostela de este nuevo tiempo de Vida en el Camino, era Cruz de Ferro. Tenía que ponerme en marcha. Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer en Rabanal. Al poco de dejar atrás el pueblo, empezaron a caer los primeros copos de nieve. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido al miedo. Aceleré el paso, crucé la carretera y me envolví en aquel paisaje pintado de nevadas anteriores. Cuando la nieve blanqueó todo el sendero, continué por carretera la subida a Foncebadón, que encontré más mágico que fantasmagórico, desdibujándose entre la bruma gris de las nubes bajas. El albergue abierto invitaba a la parada y a la bucólica contemplación a través de la ventana del pueblo desolado y cubierto por la nieve que ahora caía con fuerza. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido a la felicidad.

Arriba del todo, en Cruz de Ferro, cumplí con el rito peregrino de arrojar mi piedra sobre el nevado montículo en el que se clava la cruz más sencilla y desnuda que jamás haya visto en mi vida. Una cruz como la de aquellos versos de León Felipe: sin añadidos ni ornamentos, el astil disparándose a los cielos, rematado en aquella cruz pequeña, diminuta, tan sencilla y desnuda que costaba trabajo entender su relevancia. Hasta que fui capaz de contemplarla con el alma. Y, entonces, fui capaz de encontrarte con el alma.

Porque a aquella pequeña Compostela de otro tiempo de Vida en el Camino yo había subido para encontrarme contigo, en la Inmensa Soledad de lo Infinito. Y allí estábamos los dos. Como si no existiera nadie más en este mundo. Tú y yo. Solos. Bajo la nieve. Junto a la Cruz. En el punto más alto del Camino. En el sitio exacto donde el Camino estaba más cerca de tu Cielo, mi Eterno Peregrino.

Cumpliendo sueños

Me pregunto si durante el Camino se sueña o se cumplen sueños. O ambas cosas a un tiempo. El Camino antes de andarlo, hay que soñarlo. Es uno de mis pensamientos recurrentes. Yo sueño constantemente con el Camino. Sueño con el Camino que ya conozco. A veces, recreo lugares por los que ya he pasado. Con los ojos cerrados, recuerdo vagamente alguna escena soñada en duermevela. Recuerdo mejor los miedos que se ponen de manifiesto al temer lo desconocido. Pero ni con ojos abiertos ni con ojos cerrados, puedo soñar los lugares que no conozco. Es obvio, claro. Cuando no conocía nada del Camino, soñaba con estar en él y siempre me imaginaba subiendo una montaña. Hasta que me caía... Sin embargo, soñé mucho con Cruz de Ferro, aunque nunca hubiera estado allí.

Caminar por un tramo aún desconocido del Camino, posiblemente implique unir realidad y sueño en un mismo instante de espacio y de tiempo. Sueñas a la vez que cumples sueños. ¿Pensamientos recurrentes? Tal vez lo más recurrente sea justamente lo contrario: el vacío de pensamientos. No es algo de lo que sea consciente en presente, solo en futuro. Uno no se percata de que ha conseguido liberar su mente de todo tipo de pensamientos hasta que se pone a pensar en ello, horas o días después. Para mí es un logro importantísimo. Por todo lo que implica de Plenitud. Y también por todo lo que implica de Libertad. Muchas veces los pensamientos oprimen demasiado. Liberar la mente es dejar que el alma tome absolutamente la iniciativa. Solo cabe sentir. Sentir. Aunque también tenga como consecuencia no ser consciente, racionalmente hablando, de todo lo que se está sintiendo.

El Camino, antes de andarlo, hay que soñarlo, sí. Pero creo que también es preciso que el propio Camino se haga sueño mientras se anda. Un sueño cada paso. Un sueño cada sitio. Un sueño cada instante. Aparece y se cumple. Así de mágicamente. Chas. Un simple instante, apenas una porción de segundo. Después, al acabar, es precioso juntar pedazos de sueños que se fueron soñando a la vez que se cumplían. Es lo que queda. Ya puedes soñar el Camino que has hecho. Recrearlo.

(Ya puedo salir de la casa de Sahagún, doblar a la derecha por la avenida, llegar a la plaza mayor, doblar a la izquierda, seguir por la calle que surge al frente, detenerme en un escaparate a mirar el cartel de carnaval del pueblo y sonreírme, seguir cincuenta o sesenta metros más, doblar a la derecha, pasar por el convento de las monjas, cruzar la avenida, el arco a la derecha, el monumento al Camino en frente, los pies metidos en la huella de hierro, el primer mojón con la flecha, la calle que se empina un poco hacia abajo, pequeñas gotas de lluvia que empiezan a caer, aquella casapuerta donde le pongo la funda a la mochila, el puente sobre el río Cea, el crucero, el cielo gris, como panza de burra, la bruma sobre el río, cruzar el puente, el sendero junto a la carretera, recto, rectísimo, interminable...)

Y es así como voy soñando, antes de andarlo, el próximo Camino...

Una cruz sencilla

(Fotografía: Julián Rodríguez Asencio)
Hazme una cruz sencilla,
carpintero...
sin añadidos
ni ornamentos...
que se vean desnudos
los maderos,
desnudos
y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto:
este equilibrio humano
de los dos mandamientos...
sencilla, sencilla...
hazme una cruz sencilla, carpintero.

LEÓN FELIPE

Su lugar

"No cabía duda. Aquél era el lugar. Su lugar" (Adam Nevill)

Porque hay lugares donde uno siente que alguna vez dejó para siempre un pedazo de su Alma...

(Fotografía: Adrián Vázquez Fernández.- https://www.flickr.com/photos/adri_coes/9639486824/)