Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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Ama el Camino, peregrino

https://www.instagram.com/p/CSxHUDdMgzM/
(Fotografía.- Max Maximov)

Ama el Camino, ámalo, como un milagro, como un refugio, como una extensión de tu propio Ser. Ámalo, como un tesoro, como un prodigio, como un espejo limpio de tu alma. Ámalo, peregrino, ama el Camino, incluso antes de que sientas que lo amas verdaderamente, incluso antes de hacerlo tuyo y de sentir que te hace suyo. Ámalo, incluso antes del primer paso, del primer latido, del primer llanto, del primer suspiro, de la primera vez que te sientas peregrino. Ámalo, ámalo sin condiciones, incluso antes de su primera caricia, de su primer abrazo y del primer dolor clavándose en las plantas de tus pies. Ámalo, peregrino, ámalo. Y sabrás, cuando estés lejos, cuando sueñes con volver, cuando se enrede en tu alma la nostalgia, que ser peregrino no es andar y andar y andar sino ser un loco enamorado del Camino, al que vuelves siempre, para recorrerlo con el alma, igual que se recorre la piel desnuda de un amante.

Serenamente

https://www.flickr.com/photos/163501339@N02/52524284117/in/album-72177720304002324
(Fotografía.- Gloria Vázquez Ferrón)
Una parada, un descanso necesario...

Preciso respirar y llenar los pulmones de aire nuevo, recobrar el aliento tras el desaliento de la cuesta, descalzarme y dejar a la intemperie los pies hinchados y doloridos, cerrar los ojos, vaciar la mente, llenar el alma... De paz... De silencios...

Silencio.

Para escuchar cómo mis latidos se acompasan.

Serenamente.

Serena mente.

Los pálpitos del alma

https://www.instagram.com/p/CMfKf5xgeTN/
(Fotografía.- Juan Carlos Navarro)
Le encorva el peso de la vida, el paso del tiempo que pasa y pesa sobre el ajado cuerpo. Firme la mirada, sin embargo, descubridora de la belleza que eterniza el alma. Detiene sus pasos y siente que el tiempo se detiene. Respira hondo y contempla la vida que sigue pasando pero ya no pesa. Siente los pálpitos del alma sin arrugas. Camina y el Camino es él mismo en todas sus edades. Porque sabe que ser peregrino no es una cuestión de años sino de latidos. Y los siente, uno a uno, en su alma sin tiempo.

Alma despierta

https://www.instagram.com/p/B4VF7G5oB7n/
(Fotografía.- Eva María González)


Lluvia y viento, compañeros de soledades peregrinas. Pasos que no suenan sobre asfalto. Cielo plomizo. Cuerpo cansado. Alma despierta. Mirada baja para evitar que las lentes se empañen. Pensamientos grises como el día recién amanecido. Siempre por delante marchan los dos peregrinos con los que compartí cena y albergue. No me apetece compartir Camino, sin embargo. Ralentizo mis pasos para irme alejando nuevamente. En aquella pequeña aldea, ellos continúan. Yo me quedo, alimentando la esperanza de encontrar cama. Y la encuentro. También mesa y mantel. Y la amabilidad de una mujer desvivida con el peregrino. Las cosas del Camino. La gente del Camino. Protesta el cuerpo que aún no se acostumbró al esfuerzo. Protesta la razón, siempre rebelde. El alma calla, sabedora de que siempre acabarán triunfando sus latidos...

Sube, peregrino, sube


Multiplica por cuarenta y siete el esfuerzo, los latidos del corazón desbocado, sube, peregrino, sube, peldaño a peldaño. Deja el río atrás, abajo, deja que fluya en su corriente imparable bajo el puente, mañana volverás a él. Hoy toca alcanzar la cima del espejo de ciudad que sucumbió bajo el agua y contemplar el milagro de la antigua fortaleza levantada, piedra a piedra, como templo. Como tus pasos, levantados uno a uno, peldaño a peldaño, sobre otro puente. Multiplica por cuarenta y siete los pulsos del alma. Y sube, peregrino, sube, como quien sube la escalera de su propia existencia, sabiendo que la gloria siempre se encuentra en lo más alto.

Ama el Camino, peregrino

https://www.instagram.com/p/CYfHCTMMZ0O/
(Fotografía.- Laura Zulian)
Ama el Camino, ámalo, como un milagro, como un refugio, como una extensión de tu propio Ser. Ámalo, como un tesoro, como un prodigio, como un espejo limpio de tu alma. Ámalo, peregrino, ama el Camino, incluso antes de que sientas que lo amas verdaderamente, incluso antes de hacerlo tuyo y de sentir que te hace suyo. Ámalo, incluso antes del primer paso, del primer latido, del primer llanto, del primer suspiro, de la primera vez que te sientas peregrino. Ámalo, ámalo sin condiciones, incluso antes de su primera caricia, de su primer abrazo y del primer dolor clavándose en las plantas de tus pies. Ámalo, peregrino, ámalo. Y sabrás, cuando estés lejos, cuando sueñes con volver, cuando se enrede en tu alma la nostalgia, que ser peregrino no es andar y andar y andar sino ser un loco enamorado del Camino, al que vuelves siempre, para recorrerlo con el alma, igual que se recorre la piel desnuda de un amante.

Llegar al final

https://www.instagram.com/p/ClOvwWeM-0C/
(Fotografía.- Claudio Pupi)



Y allí, con la vista fija en el último horizonte, comprendí que todo había terminado. Entonces, recordé el primer paso, el primer impulso, el primer latido, el primer amanecer y el primer ocaso. Y cuando te pones a pensar en el principio es porque has llegado al final.

Aún queda Camino

Lluvia y viento, compañeros de soledades peregrinas. Pasos que no suenan sobre asfalto. Cielo plomizo. Cuerpo cansado. Alma despierta. Mirada baja para evitar que las lentes se empañen. Pensamientos grises como el día recién amanecido. Siempre por delante marchan los dos peregrinos con los que compartí cena y albergue. No me apetece compartir Camino, sin embargo. Un refresco en Olveiroa y ralentizo mis pasos para irme alejando nuevamente. En Logoso, ellos continúan. Yo me quedo, alimentando la esperanza de encontrar cama. Y la encuentro. También mesa y mantel. Y la amabilidad de una mujer desvivida con el peregrino. Las cosas del Camino. La gente del Camino.

Protesta el cuerpo que aún no se acostumbró al esfuerzo. Protesta la razón, siempre rebelde. El alma calla, sabedora de que siempre acabarán triunfando sus latidos.

Tres días para ser Mar junto al Mar. Aún queda Camino...

(En O Logoso. Camino a Fisterra y Muxía. 27/2/2017)

Serenamente

(Fotografía.- Fer Robledo)

Una parada,
un descanso necesario...

Preciso respirar
y llenar los pulmones
de aire nuevo,
recobrar el aliento
tras el desaliento
de la cuesta,
descalzarme
y dejar a la intemperie
los pies hinchados
y doloridos,
cerrar los ojos,
vaciar la mente,
llenar el alma...
De paz...
De silencios...

Silencio.

Para escuchar
cómo mis latidos
se acompasan.

Serenamente.

Serena
mente.

Los profundos silencios del Camino

Los profundos silencios del Camino.
Rasgados por el aire invisible y susurrante,
por los hondos latidos que retiñen como campanas,
por el crepitar de las pisadas sobre la tierra.
El peregrino es un mago que atrapa los silencios,
moldea sus contornos con sus manos
y grita con ellos. Grita. Aunque nadie lo escuche.
Porque su grito busca romperse en los espacios,
en ese infinito que se extiende más allá de un horizonte.
Por eso, grita sin sonidos, desde el silencio.
Grita desde sus lágrimas calientes,
desde una oración que traspasa sus creencias
porque Dios es ese Todo que contempla
desde su Ser enamorado del Camino.
Dios es el viento y la piedra y el fango
y el cielo atravesado de arcoíris.
Y es el silencio profundo que acaricia
la epidermis desnuda de las almas.

(Fotografía.- Silvio Cerciello)

El alma boceta sus paisajes

(Fotografía.- Xosé Castro)
El alma boceta sus paisajes, recrea sus espacios, encuentra sus paraísos perdidos. Y los hace suyos para vagar por ellos un instante. O una eternidad de ese tiempo sin tiempo que tan solo es medible por latidos.

Yo ya he estado allí (¡y el alma ha regresado tantas veces!). Y he sentido el frío de sus amaneceres del verano tardío erizándome la piel. Y he llegado exhausto. Sólo, en mi profunda soledad. Y también con esa compañía donde la soledad no se quebranta. Y he vuelto sin mochila, a comprobar que existe simplemente.

Y allí, por vez primera, supe que Dios se baña en un océano de nubes.

Ahora, tal vez, allí estará nevando. Como aquí, en este alma que boceta ese paisaje, que recrea ese mágico espacio y que encuentra en él, una vez más, su paraíso perdido. Y lo hace suyo, suyo, suyo, para vagar por él en esa eternidad de un breve instante.

El alma sin tiempo

Le encorva
el peso de la vida,
el paso del tiempo
que pasa y pesa
sobre el ajado cuerpo.

Firme la mirada,
sin embargo,
descubridora de la belleza
que eterniza el alma.

Detiene sus pasos
y siente que el tiempo
se detiene.

Respira hondo
y contempla la vida
que sigue pasando
pero ya no pesa.

Siente los pálpitos
del alma sin arrugas.

Camina
y el Camino
es él mismo
en todas sus edades.

Porque sabe
que ser peregrino
no es una cuestión de años
sino de latidos.

Y los siente,
uno a uno,
en su alma sin tiempo.

(Fotografía: Marjorie Zoe.- https://www.instagram.com/p/Br0E0efjEPc/)

Subiendo a Portomarín

Multiplica
por cuarenta y siete
el esfuerzo,
los latidos
del corazón desbocado.
Sube, peregrino, sube,
peldaño a peldaño.
Deja el río atrás, abajo,
deja que fluya
en su corriente imparable
bajo el puente,
mañana volverás a él.
Hoy toca alcanzar la cima
del espejo de ciudad
que sucumbió bajo el agua
y contemplar el milagro
de la antigua fortaleza
levantada, piedra a piedra,
como templo.
Como tus pasos,
levantados uno a uno,
peldaño a peldaño,
sobre otro puente.
Multiplica por cuarenta y siete
los pulsos del alma.
Y sube, peregrino, sube,
como quien sube la escalera
de su propia existencia,
sabiendo que la gloria
siempre se encuentra
en lo más alto. 

Tu Camino

A través del recuerdo, de los sueños disfrazados de nostalgia, de las fotografías, propias y ajenas, que te sitúan de nuevo en un instante y en un lugar, vuelves a ese Camino que solo a ti te pertenece porque lo fuiste creando a cada paso.

Antes que tú lo anduvieras, solo existía el Camino de los otros, el Camino de las guías, el Camino milenario de la Historia y de las innumerables historias de tantos peregrinos que lo hicieron. Cuando tú lo hiciste, sin embargo, descubriste que el Camino no era algo que existiera de antemano. Que existían senderos, sí, y lugares y mapas y flechas que te indicaron direcciones inequívocas. Pero no existía tu Camino.

No existían de antemano los amaneceres que tú viste. Ni fue el mismo amanecer el que tú viste que el que otro contempló, por más que pareciera que ambos admirásteis el mismo milagro y al mismo tiempo. No existían previamente tus latidos ni tu cansancio ni aquel dolor que se te clavó en la piel del alma más que en el alma de la piel. No existía aquel silencio que te cogió desprevenido. Ni aquel instante en que reíste como nunca jamás lo habías hecho en tu vida. Ni aquel momento en que lloraste sin motivo aparente para hacerlo. Ni aquella soledad que fue tan tuya que te sentiste acompañado por toda la infinitud del Universo.

Te hiciste Camino haciendo tu Camino. Moldeándolo. Construyéndolo. Para que no se pareciera en nada al Camino de los otros ni al de las guías ni al de la Historia ni al de las pequeñas grandes historias de tantos peregrinos. Y por eso regresas cuando puedes. Desde el recuerdo o los sueños disfrazados de nostalgia. Desde las fotografías, propias o ajenas. O desde la realidad, si te es posible, de crear un paréntesis en el camino de la vida para volver a la Vida del Camino.

De tu Camino.

Serenamente

(Fotografía: José Antonio Sandoval López de Castro)
Una parada, un descanso necesario...

Preciso respirar y llenar los pulmones de aire nuevo, recobrar el aliento tras el desaliento de la cuesta, descalzarme y dejar a la intemperie los pies hinchados y doloridos, cerrar los ojos, vaciar la mente, llenar el alma... De paz... De silencios...

Silencio.

Para escuchar cómo mis latidos se acompasan.

Serenamente.

Serena mente.

Sube, peregrino, sube

(Fotografía: http://www.walktosantiago.com/)



Multiplica por cuarenta y siete el esfuerzo, los latidos del corazón desbocado, sube, peregrino, sube, peldaño a peldaño. Deja el río atrás, abajo, deja que fluya en su corriente imparable bajo el puente, mañana volverás a él. Hoy toca alcanzar la cima del espejo de ciudad que sucumbió bajo el agua y contemplar el milagro de la antigua fortaleza levantada, piedra a piedra, como templo. Como tus pasos, levantados uno a uno, peldaño a peldaño, sobre otro puente. Multiplica por cuarenta y siete los pulsos del alma. Y sube, peregrino, sube, como quien sube la escalera de su propia existencia, sabiendo que la gloria siempre se encuentra en lo más alto.

Un descanso necesario

Una parada, un descanso necesario, preciso respirar y llenar los pulmones de aire nuevo, recobrar el aliento tras el desaliento de la cuesta, descalzarme y dejar a la intemperie los pies hinchados y doloridos, cerrar los ojos, vaciar la mente, llenar el alma... De paz... De silencios... Silencio. Para escuchar cómo mis latidos se acompasan. Serenamente. Serena mente.

Con los ojos cerrados, dibujo los sueños imposibles. Me quedo con algunos para volver a soñarlos, por si hubiera posibilidades de cumplirlos. Desecho los caducos y los que se rompieron definitivamente. Inventario recuerdos de lo andado. Necesito abrir los ojos para mirar atrás y comprobar que el horizonte de lo andado se pierde en la lejanía, inalcanzable ya porque el camino no es posible desandarlo. Atrás quedaron los paraísos perdidos y también los pedregales, la senda interminable que siempre termina, el fango en que mis pies se hundieron sin remedio, la suave colina y la dura montaña que trepé con los dientes apretados, el oasis del río susurrando esperanzas, lavatorio del alma y de las manos sucias, el cielo descarnándose en tormenta y el dulce arcoíris que devuelve la sonrisa.

Vuelvo a cerrar los ojos y perfilo esa sonrisa para que no se desdibuje. Siento en mi rostro la brisa fresca de todos los amaneceres. Respiro hondo. Estoy aquí. Donde logré llegar, paso tras paso. Con paso firme, cuando tuve fuerzas para ello. Y cojeando, cuando los pies heridos me obligaron. Apoyado en el bastón en la dura pendiente de subida o de bajada. Y en la mano amiga, cuando fue necesario el empuje de otra mano.

Recuento presencias. No me falta nadie pero me faltas tú. Me acompañas, sin embargo, cuando nadie me acompaña. Te tengo y no. Te tengo y no.

Hora de seguir. De calzarme los zapatos, de anudarme los cordones, de volver a colocar la mochila en los hombros. Mi mochila llena de poemas sin versos, de versos sin palabras, de palabras sin letras, de letras sin papel, de papeles en blanco por si alguna vez me hacen falta para escribir poemas con versos y letras. De sueños renovados, de hondas convicciones, de nostalgias profundas, de pedazos de luna para que no me falte una luna llena en el cielo de mi noche ni en la noche de mi cielo. Llena de todos los que me llenan. Y vacía de vacíos.

Delante, el camino que aún resta por andar. En la lejanía, un nuevo horizonte al que dirigir mis pasos. Arriba, mi cielo infinito. La tierra, bajo mis pies. Hay que seguir andando.

Hay que seguir andando...

(Fotografía: Juan Ramón Llavori Romatet.- http://juanramonllavori.blogspot.com.es/)

Los pálpitos del alma sin arrugas

(Fotografía: Julio Rodríguez)

La encorva el peso de la vida, el paso del tiempo que pasa y pesa sobre el ajado cuerpo. Firme la mirada, sin embargo, descubridora de la belleza que eterniza el alma. Detiene sus pasos y siente que el tiempo se detiene. Respira hondo y contempla la vida que sigue pasando pero ya no pesa. Siente los pálpitos del alma sin arrugas.

Es feliz. Camina y el Camino es ella misma en todas sus edades. Se aniña y crece. Cierra los ojos y vuelve a ser niña.

Sabe que ser peregrina no es una cuestión de años sino de latidos.

Los siente, uno a uno, en su alma sin tiempo.

El último horizonte





Y allí, con la vista fija en el último horizonte, comprendí que todo había terminado. Entonces, recordé el primer paso, el primer impulso, el primer latido, el primer amanecer y el primer ocaso. Y cuando te pones a pensar en el principio es porque has llegado al final.

Sin esta locura

Podría pensarse que coger vacaciones para caminar doscientos kilómetros con una mochila en la espalda es algo que está muy cercano a la locura.

"¿Otra vez?", es la pregunta que inevitablemente se repite.

"No, no es otra vez. Es la continuación de la primera vez", respondo yo, creyendo firmemente en lo que digo.

No es otro Camino. Es el mismo Camino que iniciara hace ya una eternidad de instantes y al que se han ido sumando etapas y kilómetros, paisajes renovados, incluso vueltos a ver, en esa aparente repetición de senderos donde no es posible dejar la misma huella por mucho que los transites.

Hago recuento en años y me salen cinco. Hago recuento en etapas y suman cincuenta y cinco. Hago recuento en kilómetros y van más allá de los mil doscientos. Hago recuento en latidos... y pierdo la cuenta.

Es el mismo Camino. El que siempre acaba en Compostela aunque a veces no acabe en Compostela. El que ando en invierno y en verano, por los cuatro puntos cardinales y todos los rumbos posibles de la rosa de los vientos, sin nadie y con todos, desde la soledad profunda o en compañía de almas compañeras del camino de la Vida.

El Camino de quien no deja de buscar para encontrarse. De quien no deja de Encontrar aunque no busque.

El Camino... Uno solo... Infinito... Que existirá mientras queden horizontes que alcanzar...

"¿Otra vez? Estás loco", me repiten.

"¿Otra vez? ¡Pero si apenas lo acabo de empezar!", les respondo.

Porque sin esta locura, creo que me volvería loco...

(Nueve etapas más, desde A Gudiña a Santiago. Doscientos kilómetros. Dos Almas peregrinas, confiando en llegar hasta un Abrazo).