Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
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Detenerte

(Fotografía.- Bianca Illari Lui)
Detenerte a contemplar el milagro del nuevo día, el incendio del sol tras aquella montaña de magia, tras aquel horizonte al que te diriges como si fuera tu propio destino.

Detenerte a descubrir la belleza cruzando por delante de tu vida, un instante convertido en prodigio, haciéndose eterno ante tus ojos.

Detenerte como parte de la esencia del Camino, que no es solo andar, no es solo ir de un sitio a otro, etapa tras etapa. El Camino es también detenerte a contemplarlo todo con la mirada limpia del alma y sentir el portento de la Vida, la caricia de Dios, el suspiro caliente de la Naturaleza regalándose, regalándote un espacio infinito donde sentirte una parte de ese Todo que vas encontrando en tu Camino.

Las huellas de sus suelas

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B5HnEutJejS/)

Se amontonan sin caos, ordenadamente, una montaña de historias en silencio, tan distintas, tan iguales, las mismas sendas peregrinas recorridas y, sin embargo, cada una realiza un camino diferente. Para el peregrino es el tiempo del descanso, de reponer fuerzas, de soñar la etapa de mañana, de compartir experiencias y de dormir, cuando es posible. Ellas quedan afuera, en su caos de colores y de formas, dispuestas para el día siguiente cuando vuelvan a dejar las huellas de sus suelas en la tierra del Camino.

Detenerte

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(Fotografía.- Robb Mac)

Detenerte a contemplar el milagro del nuevo día, el incendio del sol tras aquella montaña de magia, tras aquel horizonte al que te diriges como si fuera tu propio destino.

Detenerte a descubrir la belleza cruzando por delante de tu vida, un instante convertido en prodigio, haciéndose eterno ante tus ojos.

Detenerte como parte de la esencia del Camino, que no es solo andar, no es solo ir de un sitio a otro, etapa tras etapa. El Camino es también detenerte a contemplarlo todo con la mirada limpia del alma y sentir el portento de la Vida, la caricia de Dios, el suspiro caliente de la Naturaleza regalándose, regalándote un espacio infinito donde sentirte una parte de ese Todo que vas encontrando en tu Camino.

Los almaneceres del Camino

https://www.instagram.com/p/CbLLxCONBlU/
(Fotografía.- Miguel Zaballa)
Despiertas, para seguir soñando con ojos abiertos. Protesta el cuerpo aún cansado, en ese quejido unánime de huesos que crujen y músculos que se tensan. Revisas las ampollas. También las del alma, sin hilos que la crucen, a veces descarnadas y profundamente dolorosas.

Todo otra vez en la mochila, todo contigo, nada queda atrás. Si algo se olvida, es preciso que quede olvidado para que otro lo encuentre. Si algo precisas, ya te lo dará el Camino.

En el último sorbo de café, piensas que el Camino de allí afuera en realidad comienza en tus adentros. Que no serán tus pies los que caminen sino el alma desnuda y descalzada. ¿Cómo será la etapa de hoy? ¿Adónde me llevará? Revisas, por última vez, el mapa dibujado. Lo doblas y lo guardas en el bolsillo, seguro de que no volverás a utilizarlo. Bastará con seguir las flechas. Y, cuando no haya flechas, el sol será tu guía y compañero.

Amanece, como un milagro repetido y regalado al peregrino. Los amaneceres del Camino son tan del alma, que debieran llamarse almaneceres.

Paso a paso, vas dejando atrás el horizonte de ayer y vas acercándote al de hoy.

Callas. O rezas. O cantas. O lloras.

El sol camina contigo.

Elegir el camino del corazón


7 de febrero de hace cinco eternidades.

Etapa: Los Arcos-Viana. Camino Francés.

Escrito en algún rincón de mis recuerdos peregrinos...


Antes de llegar a Viana hay que descender al barranco de Mataburros. Impresiona el nombre, ¿verdad? Todo lo que sabía, por haberlo leído la tarde antes, es que era un camino escabroso, pedregoso, en el que era bastante sencillo tropezar, resbalar, caer en definitiva. Es curioso como la simple lectura de algo así puede crear fantasmas pasajeros. O no tan pasajeros. El dichoso barranco se me atravesó en la mente, tal vez condicionado por la etapa que acababa de terminar, tan fatigosa que a punto estuve de no completar. Nunca aprenderé que el Camino en invierno no es como en verano, que apenas hay sitios donde parar y que veintitantos kilómetros con una sola parada de diez minutos en un banco de un pueblo para tomarte una barrita de cereales con un poco de agua, no es descanso suficiente. Anhelas llegar a un determinado pueblo a mitad de camino, el único pueblo con perspectiva de que haya algún sitio donde tomar café tranquilamente sentado y a cubierto, y te topas con lo de siempre: todo cerrado. A pesar de que un cartel de un bar anuncie machaconamente que está abierto "todo el año" desde las 6 de la mañana. Pues ese día debieron tomárselo de asuntos propios. Cerrado a cal y canto. Es como una broma macabra. Al final, el banco, la barrita, el buche de agua... y a seguir.

Había afrontado la etapa con buen ánimo. Un rompepiernas. Subidas y bajadas, subidas y bajadas. Subida acentuada. Y, claro, después, a bajar todo lo subido. Y mi cabeza empeñada en obsesionarse. Tanto que hasta me detuve a mirar los apuntes que llevaba para ver si continuando por la carretera evitaba el puto barranco de Mataburros. De MataAlma. Y, ciertamente, era una opción.

Es curioso. En ese momento, estaba justo en una encrucijada. Literalmente. Un cruce de camino y carretera. El camino me llevaba al barranco. La carretera, a un rodeo que lo evitaba. Providencialmente, había allí una piedra lo suficientemente ancha como para poder sentarme en ella. Me quité la mochila y me senté. De espalda al camino. No porque lo eligiera así. Detrás de la piedra corría una especie de canaleta con agua, así que no había posibilidad de sentarse de otra forma que de espalda al camino, de cara a la carretera, en esa encrucijada real. Entonces, la cabeza -aunque yo creo que fue el Alma- se me llenó de aquel pensamiento del Popol Vuh: "Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca".

Me levanté, me puse la mochila, me giré sobre mí mismo y continué por el Camino. El barranco de Mataburros resultó ser un estrecho sendero pedregoso y escarpado, escabroso sí, pero que era cuestión de descenderlo como todas las cuestas empinadas: despacio, muy despacio. Lucía un sol esplendoroso, el sendero estaba completamente seco y el paisaje era espectacular, conformado por olivos y cepas de vid que apenas eran retoños recién nacidos de la tierra. Cuando me di cuenta, estaba abajo del todo.

Casi que me echo a reír pensando en lo ridículos que somos a veces cuando la cabeza toma el mando sin control para crearnos fantasmas que no existen. Igual en el pasado los burros se mataban en aquella pendiente por correr demasiado. Recuerdo que antes de llegar a Hornillos del Camino, en la primera etapa desde Burgos, hay una cuesta que le llaman de Matamulos. Ninguna de las dos son para matarse, si se toman las debidas precauciones. Tal vez con el piso embarrado sean cuestas dificultosas. Pero recuerdo algunas muchísimos peores...

"Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca".

Lección aprendida.

También para el Camino de la Vida...

Detenerte


Detenerte
a contemplar el milagro del nuevo día,
el incendio del sol
tras aquella montaña de magia,
tras aquel horizonte
al que te diriges
como si fuera tu propio destino.
Detenerte
a descubrir la belleza
cruzando por delante de tu vida,
un instante
convertido en prodigio,
haciéndose eterno
ante tus ojos.
Detenerte
como parte de la esencia del Camino,
que no es solo andar,
no es solo ir de un sitio a otro,
etapa tras etapa.
El Camino es también detenerte
a contemplarlo todo
con la mirada limpia del alma
y sentir el portento de la Vida,
la caricia de Dios,
el suspiro caliente
de la Naturaleza
regalándose,
regalándote
un espacio infinito
donde sentirte
una parte de ese Todo
que vas encontrando en tu Camino.

(Fotografía.- Louise Ní Mehalláin)

Ser Camino

¿Adónde voy? ¿Qué incierta maravilla me aguarda? Persigo sorber las minucias que cada etapa me ofrezca, ahorrar velocidad al alma, asumir la costumbre sorpresa del sendero, recobrar una conciencia milenaria: ser camino.

Propósitos: no malversar los pasos, burlar lo previsible, desanestesiar la mirada… Hacer camino. Abrir la percepción, observar de ida y vuelta… Un paisaje con el que se conversa es más paisaje. Pisar con delicada prevención. Ahuecar los pies para el suceso. No acaparar ningún encuentro. Mirar sin vulnerar lo que me mira. No ser nieve que al cubrir huellas las apresa y luego las disuelve enternecidas.

A alzar las huellas de los que me precedieron, a recoger las savias de los días donde nadie me espera, a habitar el sendero a puro surco, ileso de cubiertas. De vez en vez, habitar en la pausa, suspenso el pensamiento, con el propio silencio en entredicho. Alcanzar ese lugar donde descargas el peso de tu origen y la culpa desaparece. Hablar para alcanzar la plenitud del silencio. Caminar para colmarme de quietud.

EMILIO PEDRO GÓMEZ

Un abrazo al final de cada etapa

La vida es, en sí misma, un Camino continuo de salidas y llegadas. Y siempre hay un abrazo esperándonos al final de cada etapa. De alguien. De algo. De un ser querido. De un alma. De Dios. Siempre llegamos hasta un abrazo.

La ilusión de la niñez

"Transportemos la ilusión de nuestra niñez por buen camino, ayudemos a pasar sus etapas con amor y esmero, así compartiremos las grandezas del viaje" (Pedro Pantoja Santiago)

Etapas positivas de la vida




"Las dificultades se nos revelan, pues, como etapas positivas de la vida, ya que son ellas las que nos permiten llegar a la felicidad" (Jorge Bucay)

Peregrinar es llegar

Peregrinar es llegar.
Llegar a la meta fijada,
estando pronta para continuar en otras etapas
y otros caminos.
Peregrinar es llegar con la emoción a flor de piel,
entre risas y lágrimas.
Es llegar y contemplar y hacer silencio.
Siempre algo nuevo,
siempre dejándonos fluir.
Agradecer la vida de cada día
como un don.

TOÑA MONZÓN

(Fotografía: Domingo Alemán.- http://domingoaleman.es/index.php?showimage=254)

Siempre llegamos hasta un abrazo

La vida es, en sí misma, un Camino continuo de salidas y llegadas. Y siempre hay un abrazo esperándonos al final de cada etapa. De alguien. De algo. De un ser querido. De un alma. De Dios. Siempre llegamos hasta un abrazo.

Descontando días

Ya no cuento los días. Los descuento, en una cuenta atrás que acabará en el justo instante en que se inicie la cuenta hacia delante. Las últimas tachaduras en el calendario del alma, día a día, un día menos cada vez. Y un día más alimentando un sueño.

El tercer Camino… En realidad, está mal expresado porque el Camino es uno solo. Mejor, el tercer año de Camino, la tercera vez de un único Camino que se inicia sin un final determinado.

No vuelvo al Camino. Lo reanudo. Lo prosigo. Desde el mismo punto de partida de todas las veces anteriores: yo mismo. Porque es en mí donde empieza y donde acaba cada vez. Para continuarlo desde mí y hasta mí.

Ya no cuento los días. Los descuento. Tachando cifras en el calendario del alma que se quedó sin hojas que arrancar. En esta última, está marcado con un círculo rojo el día en que se inicia una cuenta hacia delante que acabará ante las plantas del Apóstol.

Nueve etapas más por el camino de la vida. Solo faltan nueve para volver a inundar el alma de la vida del Camino.

(Fotografía: Ramón Nómada.- https://www.facebook.com/ramon.nomada/photos_albums)

El primer paso

El primer paso del primer día de la primera vez...

Todo se inicia con un paso que te pone en movimiento. Hasta el último del último día de la primera vez, serán miles. Decenas de miles. Centenares de miles. Pasos que te acercan al punto de destino y que te alejan del punto de salida. El Camino es una inmensa sucesión de pasos. Pasos firmes, cuando todo se inicia. Pasos cansados, cuando la distancia merma las fuerzas y nubla los sentidos. Pasos de huellas arrastradas para el siguiente paso, cuando el dolor nos vuelve frágiles e inseguros. Pasos ligeros al despuntar el día. Pasos cortos sobre la tierra pedregosa que te eleva a lo más alto. Pasos torcidos en el abrupto descenso hacia la tierra.

Mi primer paso fue un paso sin huella visible. No quedan huellas visibles sobre el asfalto de la ciudad. Pero el primer paso deja una huella imborrable en el alma. Mi corazón va más deprisa que mis pies. No es capaz de marcar el paso de mis pasos. Se desboca por la calle del Reloj, buscando la plaza de la Virgen de la Encina. Conozco el camino a seguir. Lo anduve el día anterior, paseando por la ciudad, adelantándome a los primeros pasos del día siguiente. Pero el prólogo del primer paso son pasos sin historia. Porque la historia comienza con el primer paso.

Ahí está la concha y la flecha, la dirección exacta, la bajada por el Rañadero. Me adelantan dos peregrinos. Me quedo pensando si es que yo voy muy despacio o ellos muy deprisa. No han saludado. Volveré a encontrarlos en todas las etapas siguientes. No saludaron nunca. No hay un Camino igual a otro, igual al de otro. Cada Camino es personal, exclusivo, único. Intransferible. Por el puente ya van muy distanciados de mí. Son ellos los que van muy deprisa. Mis pasos son, simplemente, los exactos, los que mi Camino precisa. Ni más rápido ni más lento. Ellos no hacen mi Camino. Hacen el suyo. Por eso van tan rápido.

La larga avenida, la interminable salida de la ciudad. Paso a paso. Conseguí, por fin, que el corazón se acompasara con mis pies. Ahora caminan los tres al unísono. Mi cabeza, no. Mi cabeza anda por otros lugares, por otros entornos. Pero no sé por cuáles. No tengo la mente en blanco. La tengo repleta de pensamientos indefinibles. Caóticos. Tan solo hay un espacio de mi mente dedicado a reconocer la ruta. Las pimenteras. Los donantes de sangre. Avenida de la Libertad. Libertad. Libertad. De repente, siento en mi mente el enorme vacío de los pensamientos evaporados, diluidos en el aire. Libertad. Soy libre. Libre como antes jamás me había sentido.

Me ajusto bien la mochila en la cintura y sobre los hombros. Y acelero el paso hacia Compostilla...

(Fotografía: Anuska C.- http://www.flickr.com/photos/69864075@N03/sets/72157631706895254/)

Inventario de recuerdos propios y ajenos

Inventario mis propios recuerdos y ahondo en los recuerdos de otros, escritos y fotografiados, compartidos a través de diarios virtuales y páginas repletas de huellas invisibles sobre el mismo Camino. Contemplo con asombro que, en cada etapa, me quedaron cientos de cosas pendientes de ver y visitar, rincones ocultos que otros descubrieron, lugares transitados con la cabeza baja, con la vista en el suelo para no pisar en falso, para no elevar la intensidad del dolor en las plantas de los pies. Flechas que no seguí pero que ahí estaban, dibujadas sobre una piedra, sobre un árbol, sobre un muro que me pasaron desapercibidos.

Descubro en otros estampas de mi Camino que no logré disfrutar, enfoques distintos de un mismo paisaje, sitios por los que anduve que no consigo recordar, tal vez porque el Camino te brinda momentos inexcusables para el encuentro con uno mismo, para la soledad del yo que mira hacia adelante pero no hacia los lados.

Repetir no es posible, aunque volviera a andar los mismos kilómetros, a transitar las mismas aldeas, a pernoctar en los mismos lugares. Son cientos, miles, tal vez millones de detalles que me han pasado inadvertido y que descubro, con asombro, en el inventario de recuerdos de otros.

Algún día formarán también parte de mis propios inventarios.