Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago
Mostrando entradas con la etiqueta carretera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta carretera. Mostrar todas las entradas

Si hablaran

https://www.instagram.com/p/Cz8E7T8Mrkq/
(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/Cz8E7T8Mrkq/)
Si hablaran, contarían historias de cielos que se nublan de repente, de largas carreteras que no acaban, de noches sin sueños conciliados y sus reconciliaciones, de vientos que empujan sin descanso, del barro enredándose en las suelas, de un banco de piedra en medio de la nada, de un árbol cuya sombra fue un oasis, de una aldea sin nombre o sin memoria, de una flecha perdida y encontrada, de un llanto de esos que se lloran desde adentro, del sol recién nacido en todos mis puntos cardinales, de la primera vez y la siguiente, de la última vez que fue preludio de otra historia, del dolor impronunciable, del eterno asombro en los ocasos, de la nieve besando mis rodillas y de Compostela desnuda entre mis brazos. Contarían los secretos confesables de millones de pasos peregrinos buscando eternidades que se esconden detrás de un horizonte.

Ay si hablaran...

Lágrimas interiores

El amanecer de aquel día me sorprendió en medio de una nada absoluta. Una nada física, parcelada en cuatro franjas: las dos exteriores, un doble páramo extendiéndose en los cuatro horizontes que conforman los cuatro puntos cardinales; la segunda a la derecha, una carretera, el doble de ancha que el sendero de su izquierda, por el que yo caminaba. Ambos, carretera y sendero, perdiéndose también en las dos lontananzas de delante y de detrás. Mirara donde mirara, nada más. Páramos, carretera y sendero extendiéndose hasta un infinito inalcanzable, a norte, sur, este y oeste. Nada más. Y nadie más. Ni un alma. Ni nada que lo pareciera, aún en la lejanía, aunque solo fuera una simple imaginación, un espejismo. Como mucho, una desangelada hilera de árboles deshojados, casi esqueléticos.

Tanta nada me hizo sentir un jirón en el alma, no sabría explicar exactamente de qué: si un jirón de tristeza, de vacío, de soledad... o de todo a la vez. Recuerdo mirar al cielo, pensar que era domingo, que ese cielo estaba extrañamente azul (no estaba tan claro que no fuera a llover ese día) y lo surcaban hermosísimas nubes blancas, verdaderamente como si fueran de algodón. Recuerdo ponerme a rezar, no sé exactamente qué, no una oración al uso y estereotipada como el padrenuestro o similar. No era un rezo para pedir ni para dar las gracias. Era como un "ajuste de cuentas" con Dios, como una necesidad de cantarle y que me cantara las cuarenta. De repente, mi cabeza recreó la imagen de mi padre muriéndose... Y recuerdo, en ese justo instante, darme cuenta de que todo el paisaje se me había nublado porque tenía las pupilas empañadas. Había seguido andando sin mirar nada. Al fin y al cabo, no iba a haber ni una maldita curva a la que prestar atención. Me detuve en seco, me sequé los ojos... Y, entonces, me di cuenta de que aquella nada era más inmensamente hermosa de lo que hasta entonces podía haber apreciado, posiblemente porque la había estado mirando con el alma empañada...

Había sido necesaria aquella nada para limpiarme el alma. Aquel día sentí en mi fuero interno la certeza de que iba a llegar. Me di cuenta de que había llorado sin lágrimas. Que todo lo había llorado por dentro. Solo al final, las lágrimas interiores rebosaron y me empañaron los ojos. Como si fuera preciso velar el paisaje y volver a descubrirlo con ojos nuevos y limpios. Desde aquel momento, el Camino se convirtió en una auténtica explosión de los sentidos. Y no dejó de serlo hasta el final. No hubo más lágrimas, ni interiores ni exteriores, en todo el resto de los días. Así, que el día que llegué, lo lloré todo. Tal vez fueran todas las lágrimas interiores de aquella mañana, casi recién amanecida, que permanecieron allí, limpiándome por dentro, hasta que el Camino ya estuviera cumplido y hubiera llegado a la meta.

(Invierno de 2015. En algún lugar del páramo leonés, antes de llegar a Reliegos. Camino Francés)

Aquí me siento progresar

https://www.flickr.com/photos/ramon_bacas/48607482196/
(Fotografía.- Ramón Bacas)


"El camino culebrea entre hileras de cerros y valles atravesados por arroyos invisibles. Atrás quedaron las casas, el ruido, las carreteras y los espacios bárbaros que me llenan de un profundo malestar. Aquí me siento progresar como humano junto a los delicados brotes de la vida"

Elegir el camino del corazón


7 de febrero de hace cinco eternidades.

Etapa: Los Arcos-Viana. Camino Francés.

Escrito en algún rincón de mis recuerdos peregrinos...


Antes de llegar a Viana hay que descender al barranco de Mataburros. Impresiona el nombre, ¿verdad? Todo lo que sabía, por haberlo leído la tarde antes, es que era un camino escabroso, pedregoso, en el que era bastante sencillo tropezar, resbalar, caer en definitiva. Es curioso como la simple lectura de algo así puede crear fantasmas pasajeros. O no tan pasajeros. El dichoso barranco se me atravesó en la mente, tal vez condicionado por la etapa que acababa de terminar, tan fatigosa que a punto estuve de no completar. Nunca aprenderé que el Camino en invierno no es como en verano, que apenas hay sitios donde parar y que veintitantos kilómetros con una sola parada de diez minutos en un banco de un pueblo para tomarte una barrita de cereales con un poco de agua, no es descanso suficiente. Anhelas llegar a un determinado pueblo a mitad de camino, el único pueblo con perspectiva de que haya algún sitio donde tomar café tranquilamente sentado y a cubierto, y te topas con lo de siempre: todo cerrado. A pesar de que un cartel de un bar anuncie machaconamente que está abierto "todo el año" desde las 6 de la mañana. Pues ese día debieron tomárselo de asuntos propios. Cerrado a cal y canto. Es como una broma macabra. Al final, el banco, la barrita, el buche de agua... y a seguir.

Había afrontado la etapa con buen ánimo. Un rompepiernas. Subidas y bajadas, subidas y bajadas. Subida acentuada. Y, claro, después, a bajar todo lo subido. Y mi cabeza empeñada en obsesionarse. Tanto que hasta me detuve a mirar los apuntes que llevaba para ver si continuando por la carretera evitaba el puto barranco de Mataburros. De MataAlma. Y, ciertamente, era una opción.

Es curioso. En ese momento, estaba justo en una encrucijada. Literalmente. Un cruce de camino y carretera. El camino me llevaba al barranco. La carretera, a un rodeo que lo evitaba. Providencialmente, había allí una piedra lo suficientemente ancha como para poder sentarme en ella. Me quité la mochila y me senté. De espalda al camino. No porque lo eligiera así. Detrás de la piedra corría una especie de canaleta con agua, así que no había posibilidad de sentarse de otra forma que de espalda al camino, de cara a la carretera, en esa encrucijada real. Entonces, la cabeza -aunque yo creo que fue el Alma- se me llenó de aquel pensamiento del Popol Vuh: "Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca".

Me levanté, me puse la mochila, me giré sobre mí mismo y continué por el Camino. El barranco de Mataburros resultó ser un estrecho sendero pedregoso y escarpado, escabroso sí, pero que era cuestión de descenderlo como todas las cuestas empinadas: despacio, muy despacio. Lucía un sol esplendoroso, el sendero estaba completamente seco y el paisaje era espectacular, conformado por olivos y cepas de vid que apenas eran retoños recién nacidos de la tierra. Cuando me di cuenta, estaba abajo del todo.

Casi que me echo a reír pensando en lo ridículos que somos a veces cuando la cabeza toma el mando sin control para crearnos fantasmas que no existen. Igual en el pasado los burros se mataban en aquella pendiente por correr demasiado. Recuerdo que antes de llegar a Hornillos del Camino, en la primera etapa desde Burgos, hay una cuesta que le llaman de Matamulos. Ninguna de las dos son para matarse, si se toman las debidas precauciones. Tal vez con el piso embarrado sean cuestas dificultosas. Pero recuerdo algunas muchísimos peores...

"Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca".

Lección aprendida.

También para el Camino de la Vida...

Viajar a pie

https://www.instagram.com/p/BvjbknqgzbE/
(Fotografía.- Sergio Cervera)


"Para mí sólo existe una manera más agradable de viajar que a caballo: a pie. Se emprende la marcha cuando se place; se detiene según su voluntad, se esfuerza poco o mucho, según se desee. Se observa todo el país... No preciso tomar senderos desbrozados ni carreteras cómodas. Paso por todas partes por las que pasa una persona, veo todo lo que puede ver una persona y, puesto que dependo únicamente de mí, disfruto de toda la libertad de la que puede gozar una persona" (Jean-Jacques Rousseau)

Si hablaran


(Fotografía: Omar Serra)
Si hablaran,
contarían historias
de cielos que se nublan de repente,
de largas carreteras que no acaban,
de noches sin sueños conciliados
y sus reconciliaciones,
de vientos que empujan sin descanso,
del barro enredándose en las suelas,
de un banco de piedra
en medio de la nada,
de un árbol
cuya sombra fue un oasis,
de una aldea sin nombre o sin memoria,
de una flecha perdida y encontrada,
de un llanto
de esos que se lloran
desde adentro,
del sol recién nacido
en todos mis puntos cardinales,
de la primera vez y la siguiente,
de la última vez
que fue preludio de otra historia,
del dolor impronunciable,
del eterno asombro en los ocasos,
de la nieve besando mis rodillas
y de Compostela desnuda entre mis brazos.
Contarían los secretos confesables
de millones de pasos peregrinos
buscando eternidades que se esconden
detrás de un horizonte.

Llantos incomprensibles

Hay llantos incomprensibles. Como aquel primero, camino de Pieros, en plena carretera nacional. Nada destacable en el monótono paisaje. Ningún síntoma físico ni mental de dolor o de cansancio. Andando a buen ritmo, marcando incluso el paso con alguna melodía apenas susurrada. No soy capaz de recordar -ni de entender- qué provocó aquel llanto, qué produjo aquella sorpresiva emoción en aquella "nada" de asfalto y de campiñas. Había iniciado la etapa -y el Camino-, quince kilómetros atrás, templando pulsos disparados, centrado en no perderme en ese templario laberinto que es la salida de Ponferrada. Me había embriagado de las viñas jalonando el sendero que conduce a Cacabelos, detenido en la contemplación del río Cúa y el santuario de la Quinta Angustia, buscando el contrapunto de hermosura preciso antes de proseguir hacia el polígono industrial y la definitiva salida por una nacional que anunciaba pendientes de subida. Y fue justo en esa ascensión de asfalto, en esa soledad de campo y carretera, cuando me eché a llorar, sin motivo aparente.

Y es que, tal vez, los motivos sobraran. O tal vez sucediera, simplemente, que afloraron las contenidas emociones de las horas previas, de los días previos, de todos los latidos que acallé y de todos los pasos que soñé sin darlos y que ahora daba sin soñarlos. O tal vez sea que el Camino te hace llorar como una forma inmejorable de limpiar el alma. Sin previo aviso, te deja al descubierto las íntimas negruras, los posos de suciedad que fue dejando el tiempo en las rendijas del alma. Sin previo aviso, el llanto purifica, arranca la costra del polvo acumulado en algún pliegue. O en todos los pliegues que la vida fue dejando en un alma donde crecieron las arrugas.

En realidad, no existen los llantos incomprensibles. Lo que ocurre es que hay llantos que no precisan comprensión. Hay llantos que tan solo precisan ser llorados. Sin más respuestas. Sin más preguntas. Como aquel llanto en aquella "nada" de mi interior, subiendo la carretera hacia Pieros...