Si alguien juzga mi Camino, no le presto mis botas. Seguramente le quedarán estrechas o demasiado grandes. Mis botas las domaron mis pies, están hechas a mí. Quien quiera, puede seguir juzgando mi Camino. Yo también podría juzgar el suyo pero no me interesa calzarme sus botas ni recorrer su camino. Así que me importa poco si sus botas están limpias o manchadas de barro, si recorrieron veredas y senderos o siguen con las suelas sin gastar. Seguramente me quedarán estrechas o demasiado grandes. Es inútil juzgar a nadie sin calzarse sus botas. Y yo las mías, no las presto. Y no me calzo las botas de otros. Es inútil pretender que los demás no existan para que no interfieran en mi Camino. O que sean o actúen como a mí me satisfaga, como si estuviera en posesión de una verdad absoluta e irrebatible. No juzgo. Ni califico. Ni descalifico. Me importan mis botas, hechas a mí y yo hecho a ellas, las que me apretaron y me hirieron antes de hacerse piel contra mi piel. Las que van dejando mis propias huellas en el Camino.

No hay comentarios :
Publicar un comentario