Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago

Baja siempre despacio, peregrino

(Fotografía.- Alessio Tomasella)
El descenso es abrupto y empinado, pedregosa la senda que discurre por un paraje de ensueño conformado por los Montes de León y la inminente cercanía de El Bierzo. Quedó atrás Manjarín, abandonado y fantasmagórico, el sueño templario de un desvencijado refugio, el mudo sonar de una campana en días de nieve y ventisca. Después, el Camino se eleva hasta lo más alto, el peregrino siente que podría tocar el cielo a poco que se alzara y elevara sus brazos. Pero el Camino, como la vida, te obliga a bajar, te vuelve a poner los pies sobre la tierra y los brazos asiendo firmemente el bordón porque el descenso será duro. No lo parece al principio hasta que se vuelve una tortura para los pies y las rodillas. Despacio, baja siempre despacio, peregrino, no te rompas, no te quiebres, no olvides que a veces cuesta más bajar que subir, que es más fácil caer rodando que trepando, que asciendes y te encuentras con el cielo pero solo hay suelo cuando bajas y te alejas de ese cielo que sentiste que podrías tocar con tus manos. Pero mira al frente, mira el valle que conquistarás mañana, los montes que te esperan para entrar en Galicia, Ponferrada abajo, aún en lontananza. Y ya a tu alcance, a unos pocos pasos, firmes los pies en el suelo pedregoso y las manos en el bordón, El Acebo de San Miguel. Allí comienza El Bierzo. Al final, en el Camino, como en la vida, una senda infernal te puede llevar a un paraíso.

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