Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago

En lo alto del Alto de San Roque

Atrás quedó Cebreiro, mágico y céltico, ahíto de leyenda y de milagro, de noche fría y púrpura amanecer, maremoto de nubes envolviendo el abismo infinito de Os Ancares, detenido en la orilla del Camino, Piedrafita abajo, invisible, tragado por la inquietante quietud de un cielo convertido en océano. Atrás quedó, misterioso, y la calle empedrada se volvió sendero que ascendía y descendía, elevándose el sol por el oriente, engullendo las nubes, disipando neblinas, compañero otra vez del caminante.

Y atrás quedó Liñares y el pedregoso tobogán entre abedules que acabó mudando en rampa de ascenso hasta lo alto. Y allí, en lo alto del Alto de San Roque, todo era inmensidad de verde y bronce: el Courel delante de los ojos, a la sombra del inmóvil peregrino que lucha contra el viento.

Allí recordé lo que escribió el poeta que soñaba primaveras con las esquinas rotas: "Me gusta el viento. No sé por qué, pero cuando camino contra el viento parece que me borra cosas. Quiero decir: cosas que quiero borrar".

Y seguí caminando, con el viento borrándome cosas y con el alma peregrina palpitando recuerdos que ni el viento jamás logrará borrar...

(Fotografía: Philippe Glorieux.- https://www.flickr.com/photos/pglorieux/27471672325/)

Serena el alma, bastón en mano

(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/BZoLpTOA9fb/)


Qué bueno sería
escapar de las trampas de este mundo,
sacudir el polvo de tus sentidos,
cerrar los oídos al bullicio terrenal
y, serena el alma,
bastón en mano,
ingresar en el jardín
de las flores de durazno.

WANG WEI

Un sendero inteligible

"Sensación maravillosa. De cuando el destino finalmente se descubre, y se convierte en un sendero inteligible, y huella inequívoca, y dirección exacta" (Alessandro Baricco)

Un universo maravilloso

(Fotografía: Thomas Vela)






Escucha.
Hay un universo maravilloso
pasando esa puerta.
Vamos.

E. E. CUMMINGS

Un Camino de todos. Cada cual, su Camino

(Fotografía: Valentina Marella)


El Camino es de todos aquellos que desean ser Camino. De todos aquellos que lo sueñan, antes de andarlo. De todos aquellos que, al andarlo, cumplen su sueño.

Un Camino de todos. Cada cual, su Camino.

Porque el Camino, ante todo, pertenece a cada uno de los que peregrinan desde el Alma. Se comparten vivencias, instantes, lugares de tránsito, momentos para andar cogidos de las manos, para poner en común palabras y silencios. Pero el Camino hace a cada uno de forma distinta y exclusiva. Tan distinta y exclusiva como cada uno hace su Camino.

La única plegaria que cuenta

Sabe que las palabras en realidad no cuentan,
sólo lo que quieren decir muy dentro,
como un secreto, como una plegaria;
ésta es la única plegaria que cuenta.

JEAN-MARIE GUSTAVE LE CLÉZIO

Aquella primera vez

Aquella primera vez...

Han pasado seis años desde entonces y he recorrido a pie casi mil novecientos kilómetros.

Quién me lo iba a decir aquel domingo, aquel 4 de septiembre, en que salí de casa con una mochila en la espalda y un billete de autobús doblado y guardado en una bolsa, sabiendo a dónde iba pero sin saber bien a lo que iba. Con más nervios que ilusión; y eso que la ilusión era infinita. Con todos los miedos que se pueden sentir ante lo desconocido. Y con toda la felicidad que se puede sentir cuando empiezas a hacer realidad tus propios sueños.

Cómo iba a imaginar siquiera que el Camino cambiaría mi forma de entender la Vida, mi forma de contemplar el Universo y de contemplarme en el Universo, mi forma de concebir mi espiritualidad, mi propia forma de Ser y de Existir. Cómo iba a saber que el Camino cambiaría mi concepto de Silencio y de Soledad. Que añadiría a mi diccionario palabras repletas de significado como Plenitud y Magia. Y que me enseñaría una nueva forma de Creer, tan distinta y tan alejada de todas mis creencias anteriores.

Cómo iba a saberlo aquel domingo, aquel 4 de septiembre, aquella primera vez...

Sube despacio

(Fotografía: Andrea Nardi)






“Vive tu vida como si subieras una montaña. De vez en cuando mira la cumbre, pero más importante es admirar las cosas bellas del camino. Sube despacio, firme, y disfruta cada momento. Las vistas desde la cima serán el regalo perfecto tras el viaje” (Harold V. Melchert)

Qué limpia exactitud la de esta niebla

Qué limpia exactitud la de esta niebla,
el carruaje etéreo que en la aurora recorre
estos campos de luz recién llegada,
(...)
ficción de claridad sin concluir,
plata que será oro al mediodía.

Qué limpia exactitud, y qué inconstante,
qué fugaz esta niebla,
ala huidiza del sol, y tan sin rumbo:
ilusionista frágil que se esfuma,
qué disipada alquimia:
ya no está.

Y con qué precisión recobra el árbol
la arcadia de su sombra,
y con qué majestad
se disuelve en los montes el vacío.
(...)

Y qué claro el camino, 
y el agua en su fluir qué transparente.

Por el instante breve de una lágrima,
qué limpia exactitud tuvo esa niebla,
quimera en la mañana sin jinete;
qué limpio amanecer fue su venero;
metáfora de nada,
verdad y sinrazón del devenir,
desbocada quimera,
(...)
como un amanecer extenuado
de ser eternamente amanecer.

FELIPE BENÍTEZ REYES

(Fotografía: Nadia Gera.- https://www.instagram.com/p/BX8d7imgXDz/)

Un inmenso ¡Ultreia!

Sobre el muro de piedra, la señal precisa. Allí donde falta la señal, unas manos peregrinas la pintaron para guiar los pasos de otros peregrinos. Dejaron una marca inconfundible, un signo inequívoco, una brújula sin más puntos cardinales que aquel que marca el rumbo a Compostela.

Cada flecha amarilla del Camino es un inmenso ¡Ultreia! gritado por las voces anónimas de tantos peregrinos que siguieron su estela. ¡Adelante! ¡Ánimo! Que más allá está Santiago.

¡Et Suseia!... Y más arriba, peregrino, y más arriba...

¡Hasta las mismas puertas de la Gloria del Apóstol!

Cuatro lunas atrás

Cuatro lunas atrás, en la penúltima alborada de julio, despertábamos de todos los sueños para empezar a vivir la realidad de nuestro Camino. Bostezaba la noche sus últimos alientos, ruidosos y embriagados, por las calles de Oviedo. Cristales rotos, huellas del sábado, delatoras sonrisas, un absurdo "ya os queda menos" de un bufón de la noche que, tal vez, en su mirada perdida no viera más que a otros dos bufones de la noche con mochilas. El diccionario define perfectamente, en su primera acepción, qué es un peregrino: "Dicho de una persona: que anda por tierras extrañas". Un extranjero. Un nómada. Un sin-nombre. Y eso éramos: unos extraños deambulando por el reducido mundo de dos calles repletas de bares acabados de cerrar. Con sus últimos supervivientes, con su mugre esperando ser limpiada, con sus ojos de noche rota, no dispuestas aún para vestirse de domingo.

La Catedral sí que estaba vestida de fiesta. Lo está siempre, en realidad, como todas las catedrales del mundo. Aquella plaza, inmensamente vacía, nos regaló el abrazo del primer celeste en el cielo nublado de aquella mañana. La noche vencida. Y también vencidos el ruido y la embriaguez. Kilómetro cero. De allí partíamos, en realidad. De Catedral a Catedral, catorce días y más de tres centenares de kilómetros. Y más de tres centenares de horas, en que solo seríamos peregrinos por el Camino Primitivo hacia Santiago. Sin más patria. Sin más nombre.

Allí estábamos, con nuestros pies sobre la placa de bronce, la primera señal, la imponente Catedral a nuestras espaldas. La primera foto, el primer paso, el primer giro, la primera calle, la primera vieira sobre el suelo. Todo volvía a ser primera vez de todo.

Deambulábamos aún por la ciudad dormida, buscando vieiras de bronce clavadas en el suelo, nuestras guías para no perdernos en tierras extrañas. Avenidas, semáforos, pasos de peatones, pasarela para cruzar la vía del tren... Al peregrino le incomoda la ciudad aunque provenga de ella. Y le incomoda por muy hermosa que sea la ciudad, como, sin duda, lo es Oviedo.

De repente, la ciudad se acabó, como si el Naranco impusiera una frontera, a partir de la cual, solo cabe el prado, el castaño, el roble, el camino de tierra, la carreterilla rural... Y el Silencio...

Y sí, fue justo allí, cuando la ciudad quedó definitivamente atrás, que dejamos de ser unos extraños y unos nómadas sin nombre. Fue allí cuando el Camino nos dijo que, ahora sí, ya éramos, definitivamente, unos de los suyos.

Sucedió, cuatro lunas atrás, en la penúltima alborada de julio...

Creedme, mis ojos lo vieron...

La gente del Camino

Camina sin prisas.
Contempla sin prisas.
Detente a conversar.
El Camino también es su gente,
su buena gente,
que "no conocen la prisa
ni aún en los días de fiesta".
"Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan",
como aquellas del poema machadiano.
E invitan a soñar
y a vivir
cuando pasas.
Después,
al despedirte,
te dirán: "Buen Camino".
Que suena a bendición
porque tal vez lo sea.
Si les miras a los ojos,
encontrarás en ellos lo sagrado.
"Buen Camino, peregrino":
la bendición más hermosa
de quienes son parte
esencial e inseparable
del Camino.