Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago

Lugares donde dejar el alma

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(Fotografía.- Robb Mac)

Porque hay lugares donde uno siente que alguna vez dejó para siempre un pedazo de su Alma...

Silencio

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/CXRfdRas8Zd/)





Silencio...

El mágico sonido del agua rompe un silencio de diez siglos incrustados en los muros de un aljibe...

Aquel lugar no pertenece a este tiempo...

Un loco enamorado

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B_25nsFI3ii/)

Déjate atrapar.
Deja que el Camino
te seduzca
y te haga suyo,
que te atrape,
que te envuelva,
que te bese
y te acaricie.
Que te desnude el alma
y la haga temblar.
Y te haga temblar.
Deja que el Camino
te traspase la piel
y te recorra la sangre.
Déjale
que te susurre en el oído
palabras sin palabras.
Deja que te cuente
sus viejas historias
de amores y desamores
peregrinos.
Deja que te ame.
Y enamórate.
Apasionadamente.
Y si te preguntan
qué es ser peregrino,
responde que es saberte
un loco enamorado
que sueña y tiembla,
tiembla y sueña
con volver
a encontrarse
con su amor
en la próxima esquina
de la magia...

Camina, peregrino

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(Fotografía: Daniel Glugoz)

Camina, peregrino, camina.

Aunque sea para estar
más cerca del horizonte.

Con el alma empapada

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B5S-eO2AHAm/)
Sientes el alma empapada de emoción, como si hubiera atravesado una tormenta y le hubiera sorprendido la lluvia torrencial a la intemperie, calándole los huesos. Hay tras la plenitud, un momento de vacío, un instante donde todo se detiene, en ti y fuera de ti, donde el cuerpo duele y duelen los pies y las entrañas. Allí donde quedó la huella invisible de tu último paso. Tras la explosión de la llegada, tras los pulsos disparados, tras la desbordada felicidad y el abrazo con otros peregrinos, uno siente la necesidad de dedicarse tiempo, de encontrarse a solas, de besar con todo el cuerpo la tierra prometida del Obradoiro y de llorarlo todo. Todo. Para empapar el alma de esa emoción incontenible como un aguacero. Estás allí. Eres. Llegaste. Y te duele el Camino que dejó de ser camino para volverse sangre recorriéndote las venas, dándote vida. Entonces, te levantas, vuelve el mundo a ponerse en movimiento y tú sonríes cuando dejas, sobre la piedra gris del Obradoiro, la huella invisible de tu primer paso con el que continúas tu Camino.

El final del Camino

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(Fotografía.- Alicja Bokina)







Se detiene la mente,
llega la calma:
el final del camino.

BEGOÑA ABAD

Mi sombra en el Camino

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(Fotografía.- Mario De Pinho Queiroz)
Se alargan las sombras en los amaneceres del Camino. Sobre la tierra se dibuja la figura del peregrino que se eleva sobre ella. Le precede y alcanza primero los espacios del sendero que después pisarán sus pies.

La sombra va delante, siempre inalcanzable, bocetando la silueta de otro-yo que soy yo mismo. Se convierte en guía para los pasos certeros y para los equivocados. Punta de flecha que no se pinta y que solo marca el camino a quien la sombra pertenece.

La sombra sobre el Camino. En el Camino. Fundida con el Camino. Formando parte de él. El Camino es asfalto, arena, piedra, fango... Y sombra.

Se alarga mi sombra en los amaneceres del Camino. Y en mi sombra, el Camino y yo nos hacemos uno. Inseparables. Indisolubles.

Haciéndote peregrino

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/CY8v7jlMlyy/)

Peregrino hacia Santiago,
no le digas al Camino
"lo eres porque yo te hago",
que él te da a ti mejor pago
haciéndote peregrino.

CÉSAR MARTÍN TERÁN

Te pierdes o te encuentras

Te adentras, poco a poco, en la meseta castellana, ruda, árida, de caminos interminablemente rectos, altos de pendientes pronunciadas, lugares aparecidos como por arte de magia y horizontes tan lejanos que parecen inalcanzables. Pocas cosas se viven tan intensamente en el Camino como los días en la meseta burgalesa y palentina. Desde los desérticos y fantasmagóricos pueblos de adobe, donde puedes oír el eco de tus propias pisadas, a las dos decenas de kilómetros de un único y monótono paisaje, sin curvas, sin subidas ni bajadas, sin casas, sin árboles, sin nadie en las lontananzas de los cuatro puntos cardinales, sin ningún lugar donde detenerse. Solo tú contigo mismo. Y ahí no hay término medio: o te pierdes o te encuentras. Recorrer la meseta castellana a pie y sólo me parece una experiencia vital profundamente enriquecedora.

Dos caminos


Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo
y lamentablemente no pude recorrer los dos.
Y siendo yo un viajero solitario, largo tiempo me detuve.
Y miré por uno de ellos, tan lejos como pude
hasta donde se perdía en la maleza.

Entonces consideré el otro, tan recto como el anterior
y poseedor quizá de mejor derecho,
porque el pasto era más alto y deseaba ser recorrido
aunque quienes habían pasado por allí
los habían desgastado casi por igual.

Y esa mañana ambos se tendían
en hojas que ninguna pisada había ennegrecido
¡Ah, dejé el primero para otro día!
Y sin embargo, sabedor de que un camino lleva al otro,
dudé si alguna vez regresaría.

Debería decir esto con un suspiro
en algún momento, dentro de muchas eras;
dos caminos se bifurcaban en el bosque, y yo,
yo tomé el camino menos transitado.
Y esa ha sido la diferencia.

ROBERT FROST

Y cae y cae la lluvia

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(Fotografía.- Michael Pitt)

Días sin sol, como en la vida, cuando la lluvia diluye los colores y pinta de gris el cielo y todo el paisaje se ensombrece. Y cae y cae, sin pausa, desatada muchas veces y otras sin ganas, como si quisiera escaparse la vida a través de las gotas, empapando los pies y el alma, sobre todo el alma. Y cae y cae, enfangando el camino, borrando huellas de pisadas que fueron para que se dibujen otras nuevas, tan efímeras y fugaces como las primeras. Tiene la lluvia un vago secreto de ternura y, por eso, siempre acaba convirtiéndose en caricia. Pero primero batalla en una guerra que ella siempre inicia pero de la que nunca resulta vencedora. No combate el peregrino. Simplemente, camina bajo la lluvia, atravesándola, sabedor de que al final, como en la vida, siempre acaba saliendo el sol. Siempre.

El regreso al mundo

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(Fotografía.- Marcelo Argañaraz)
Acaba el Camino y regresas al mundo. Compostela es la frontera que divide ambas realidades. Y no es lo mismo transitar sus calles para llegar que para volver, después de haber llegado. No es la misma realidad la que atraviesas buscando el Obradoiro que aquella en la que te sumerges cuando el Camino está definitivamente concluido y quedan en la Plaza los últimos suspiros, las últimas emociones, los últimos silencios, las últimas miradas perdidas a ese infinito que es posible encontrar entre dos torres.

Compostela es la transición de tu propio mundo al mundo de todos. Tal vez por ello, allí, curiosa y paradójicamente, el peregrino es alguien al que no se le presta demasiada atención. Simplemente forma parte de un paisaje cotidiano, en el que se distingue por su ropa y su mochila y por poco más. En Compostela no hay deseos de “Buen Camino” porque allí el Camino es desembocadura y término. Allí, el peregrino es mirado con cierta indiferencia, tal vez porque no existe diferencia.

Tan solo es alguien más que regresa al mundo desde su mundo.

Auténticos peregrinos

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/Cjx8rhkogGf/)

Lo que nos hace ser auténticos peregrinos no es el Camino en sí mismo sino la forma en que miramos el mundo cuando regresamos del Camino.

En lo alto del Alto de San Roque

(Fotografía.- Martina Carraro)
Atrás quedó Cebreiro, mágico y céltico, ahíto de leyenda y de milagro, de noche fría y púrpura amanecer, maremoto de nubes envolviendo el abismo infinito de Os Ancares, detenido en la orilla del Camino, Piedrafita abajo, invisible, tragado por la inquietante quietud de un cielo convertido en océano. Atrás quedó, misterioso, y la calle empedrada se volvió sendero que ascendía y descendía, elevándose el sol por el oriente, engullendo las nubes, disipando neblinas, compañero otra vez del caminante.

Y atrás quedó Liñares y el pedregoso tobogán entre abedules que acabó mudando en rampa de ascenso hasta lo alto. Y allí, en lo alto del Alto de San Roque, todo era inmensidad de verde y bronce: el Courel delante de los ojos, a la sombra del inmóvil peregrino que lucha contra el viento.

Allí recordé lo que escribió el poeta que soñaba primaveras con las esquinas rotas: "Me gusta el viento. No sé por qué, pero cuando camino contra el viento parece que me borra cosas. Quiero decir: cosas que quiero borrar".

Y seguí caminando, con el viento borrándome cosas y con el alma peregrina palpitando recuerdos que ni el viento jamás logrará borrar...

Sube, peregrino, sube


Multiplica por cuarenta y siete el esfuerzo, los latidos del corazón desbocado, sube, peregrino, sube, peldaño a peldaño. Deja el río atrás, abajo, deja que fluya en su corriente imparable bajo el puente, mañana volverás a él. Hoy toca alcanzar la cima del espejo de ciudad que sucumbió bajo el agua y contemplar el milagro de la antigua fortaleza levantada, piedra a piedra, como templo. Como tus pasos, levantados uno a uno, peldaño a peldaño, sobre otro puente. Multiplica por cuarenta y siete los pulsos del alma. Y sube, peregrino, sube, como quien sube la escalera de su propia existencia, sabiendo que la gloria siempre se encuentra en lo más alto.