Pensamientos, reflexiones, experiencias, historias y vivencias acerca del Camino de Santiago

Con el alma empapada

Sientes el alma empapada de emoción, como si hubiera atravesado una tormenta y le hubiera sorprendido la lluvia torrencial a la intemperie, calándole los huesos. Hay tras la plenitud, un momento de vacío, un instante donde todo se detiene, en ti y fuera de ti, donde el cuerpo duele y duelen los pies y las entrañas. Allí donde quedó la huella invisible de tu último paso. Tras la explosión de la llegada, tras los pulsos disparados, tras la desbordada felicidad y el abrazo con otros peregrinos, uno siente la necesidad de dedicarse tiempo, de encontrarse a solas, de besar con todo el cuerpo la tierra prometida del Obradoiro y de llorarlo todo. Todo. Para empapar el alma de esa emoción incontenible como un aguacero. Estás allí. Eres. Llegaste. Y te duele el Camino que dejó de ser camino para volverse sangre recorriéndote las venas, dándote vida. Entonces, te levantas, vuelve el mundo a ponerse en movimiento y tú sonríes cuando dejas, sobre la piedra gris del Obradoiro, la huella invisible de tu primer paso con el que continúas tu Camino.

Nada se detiene

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B7BnLzln05z/)
No se detiene el tiempo pero es otro tiempo el tiempo del Camino. Se percibe cuando quedan atrás las urbes de asfalto, donde contemplas las prisas de un mundo que te mira retadoramente o que te ignora, tal vez el propio mundo del que vienes y que ahora miras como un extraño que deambula por sus calles, queriendo escapar. Percibes que es otro tiempo el tiempo en los largos senderos entre campos de cultivo, otro pulso, otra dimensión donde el reloj no marca las horas porque no existe más tiempo que medir que el del sol naciendo con la aurora y muriendo en el ocaso. Otro tiempo cuando cruzas las aldeas que quedaron ancladas en otros tiempos, donde huele a estiércol puro y vivo que fertiliza la tierra, donde el agua brota limpia de sus fuentes, donde todo parece detenido pero nada se detiene, solamente avanza poco a poco como la recua de vacas que transita con parsimonia el empedrado de una calle por donde sigue el Camino.

Las huellas de sus suelas

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/B5HnEutJejS/)

Se amontonan sin caos, ordenadamente, una montaña de historias en silencio, tan distintas, tan iguales, las mismas sendas peregrinas recorridas y, sin embargo, cada una realiza un camino diferente. Para el peregrino es el tiempo del descanso, de reponer fuerzas, de soñar la etapa de mañana, de compartir experiencias y de dormir, cuando es posible. Ellas quedan afuera, en su caos de colores y de formas, dispuestas para el día siguiente cuando vuelvan a dejar las huellas de sus suelas en la tierra del Camino.

Baja siempre despacio, peregrino

(Fotografía.- Alessio Tomasella)
El descenso es abrupto y empinado, pedregosa la senda que discurre por un paraje de ensueño conformado por los Montes de León y la inminente cercanía de El Bierzo. Quedó atrás Manjarín, abandonado y fantasmagórico, el sueño templario de un desvencijado refugio, el mudo sonar de una campana en días de nieve y ventisca. Después, el Camino se eleva hasta lo más alto, el peregrino siente que podría tocar el cielo a poco que se alzara y elevara sus brazos. Pero el Camino, como la vida, te obliga a bajar, te vuelve a poner los pies sobre la tierra y los brazos asiendo firmemente el bordón porque el descenso será duro. No lo parece al principio hasta que se vuelve una tortura para los pies y las rodillas. Despacio, baja siempre despacio, peregrino, no te rompas, no te quiebres, no olvides que a veces cuesta más bajar que subir, que es más fácil caer rodando que trepando, que asciendes y te encuentras con el cielo pero solo hay suelo cuando bajas y te alejas de ese cielo que sentiste que podrías tocar con tus manos. Pero mira al frente, mira el valle que conquistarás mañana, los montes que te esperan para entrar en Galicia, Ponferrada abajo, aún en lontananza. Y ya a tu alcance, a unos pocos pasos, firmes los pies en el suelo pedregoso y las manos en el bordón, El Acebo de San Miguel. Allí comienza El Bierzo. Al final, en el Camino, como en la vida, una senda infernal te puede llevar a un paraíso.

El astil disparándose a los cielos

Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer en Rabanal. "Hoy nevará", me anunció el posadero mientras vertía la leche hirviendo en el tazón de café, con la seguridad que otorga la experiencia de haber visto muchos cielos nublados en los duros inviernos maragatos. Se interesó por mi Camino, como si la escasez de peregrinos de aquellos días hiciera más relevantes las experiencias camineras de quienes se atrevían a llegar a aquellos lares. Rememoré con él mesetas y planicies castellanas, la infinita rectitud del páramo leonés, donde a uno se le antoja una utopía alcanzar el próximo horizonte.

Demoré la partida, bebiéndome a pequeños sorbos el tazón, empeñándome en calentar el alma más que el propio cuerpo, con la mirada perdida mientras dibujaba en mi mente fugaces recuerdos que empezaron a parecerme extrañamente lejanos. Pensé en todo el camino recorrido y en la profunda soledad de casi todos los días, apenas desgarrada por tres o cuatro encuentros provisorios.

Tenía que ponerme en marcha. Apenas clareaba en el cielo encapotado de aquel amanecer en Rabanal. Al poco de dejar atrás el pueblo, empezaron a caer los primeros copos de nieve. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido al miedo. Aceleré el paso, crucé la carretera y me envolví en aquel paisaje pintado de nevadas anteriores. Cuando la nieve blanqueó todo el sendero, continué por carretera la subida a Foncebadón, que encontré más mágico que fantasmagórico, desdibujándose entre la bruma gris de las nubes bajas. El albergue abierto invitaba a la parada y a la bucólica contemplación a través de la ventana del pueblo desolado y cubierto por la nieve que ahora caía con fuerza. Sonreí. Y temblé. No sé si de frío o de algo parecido a la felicidad.

Arriba del todo, en Cruz de Ferro, cumplí con el rito peregrino de arrojar mi piedra sobre el nevado montículo en el que se clava la cruz más sencilla y desnuda que jamás haya visto en mi vida. Una cruz como la de aquellos versos de León Felipe: sin añadidos ni ornamentos, el astil disparándose a los cielos, rematado en aquella cruz pequeña, diminuta, tan sencilla y desnuda que costaba trabajo entender su relevancia. Hasta que fui capaz de contemplarla con el alma. Y, entonces, fui capaz de encontrarte con el alma.

Porque yo había subido hasta allí para encontrarme contigo, en la Inmensa Soledad de lo Infinito. Y allí estábamos los dos. Como si no existiera nadie más en este mundo. Tú y yo. Solos. Bajo la nieve. Junto a la Cruz. En el punto más alto del Camino. En el sitio exacto donde el Camino estaba más cerca de tu Cielo, mi Eterno Peregrino.

Permanecemos en el Camino

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(Fotografía.- Nick Leonard)




Cuando corones montañas que casi te permitirán tocar las nubes con tus manos puede que te emociones. Estarás cerca. Recuerda: tu emoción ha sido la de todos. Por eso permanecemos en el Camino.

JOSÉ ANTONIO DE LA RIERA

Tu Camino

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(Fotografía.- Laura Zulian)
Traza tu propia senda como quien traza su propio destino. Las guías están bien para orientarte, no para dirigirte. Los mapas solo trazan caminos que otros dibujaron. Tu Camino no viene dibujado en ningún mapa. No existe sin ti y solo tú puedes crearlo. Más allá de los bosques, de los templos, de los cielos repletos de nubes, del atlántico rugido del mar; más allá de todas las denominaciones, de las credenciales repletas de sellos, de contar los caminos realizados como si el Camino no fuera un infinito que solo termina con la muerte, más allá de las flechas amarillas, de las humanas discusiones sobre kilómetros, compostelas, verdaderos y falsos peregrinos, más allá del Camino de los libros, los videos y las fotografías, está tu Camino, el único que existe realmente, el único que en verdad te pertenece, te seduce, te atrapa, te enamora, te hace suyo para siempre, para siempre, en un idilio eterno que te otorga la auténtica distinción de peregrino.

Eterna y Secreta Compostela

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(Fotografía.- Juan Figueirido)
Eterna Compostela, más eterna que antigua, como la describiera Valle-Inclán. Mágica Compostela de callejones estrechos que te abrazan y donde el tiempo parece detenido. Ruelas que te atrapan, envolviéndote, acariciándote la piel con su piel de piedra. Con sus manos de mujer.

Secreta Compostela, de espacios que descubres con el alma sorprendida, como si fuera un prodigio. Lo escribió Cunqueiro, que uno se acerca a Compostela como quien se acerca al milagro. Y uno se aleja de ella, dejando allí pedazos de su alma. Y por eso hay que volver, a juntarlos de nuevo, a recomponerlos, a recomponerla. Que uno siempre se aleja de ella llevándose en el alma un pedazo de la suya.

Qué ganas tengo de volver a amarte, seductora Compostela, linda muchacha. Sin prisas. Sin pausas.

Como aquella primera vez que te tuve desnuda entre mis brazos...

Otoño a pinceladas

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(Fotografía.- https://www.instagram.com/p/CLM44kmD9eM/)


Esa explosión de colores
del otoño dibujándose
en los árboles,
alfombrando el sendero,
como haciendo florecer
una segunda primavera,
ofrenda de hojas
a los pies del peregrino.

Otoño a pinceladas
de ocres y rojos,
como un incendio sin llamas,
abrasándolo todo.

Abrazándolo todo.

La frontera sin guardia

(Fotografía.- Victoria @clauditichi)

Afuera queda el mundo, con sus ruidos y bullicios, su gente que pasa, sus tiempos con prisas, sus tristes soledades en tantas multitudes. Adentro, la quietud y el tiempo detenido, la paz queriendo abrirse paso en tantas batallas interiores, el silencio profundo restallando en el alma como un grito de Dios. Para eso está el templo: para ser refugio, albergue del alma, lugar de acogida para el que precisa escapar del mundo siquiera un momento. Las puertas abiertas para el creyente y para el descreído, para el que va de paso y para el que busca quedarse un momento a solas con Dios. O consigo mismo. El templo, la frontera sin guardia entre lo mundano y la trascendencia, la invitación al descanso y al cobijo del alma cansada de andar a la intemperie, del alma peregrina que, a veces, no sabe bien a dónde se dirige. El templo, metáfora del Templo infinito del Camino y de todos sus sagrados espacios, sin techos ni cúpulas, donde es posible escapar del mundo y dejar que Dios te atraviese el alma.

El regreso al punto de partida

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(Fotografía.- Roberta Ferrario)

Hay un instante en que se pierde la mirada en el vacío, como si fuera necesario el reencuentro con uno mismo antes de volver al mundo. Te hiciste camino en el Camino pero el Camino acaba y ya sientes el suave arañazo de la nostalgia. Después asumirás que el Camino empieza allí donde pusiste fin a tus pasos peregrinos. Pero eso será después. Ahora solo sientes que el final ha llegado, que te duele el cuerpo -y el alma-, que cuando te levantes y vuelvas a colgarte la mochila, solo habrá calles de ciudad que te conducirán tal vez al último refugio de la noche, tal vez a una estación de tren o de autobuses, tal vez a un aeropuerto. El regreso al punto de partida. ¿Cómo se vuelve a ser lo que uno era antes de que el Camino te hiciera peregrino para siempre?

Tus huellas

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(Fotografía: Javier Perti)





Peregrino,
nuca olvides que tus huellas
formarán parte para siempre
de la historia secreta del Camino.

Porque no existe Camino
sin tus huellas.

Sucumbe el alma peregrina

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(Fotografía.- Noemí García)




Desciende el Camino, abrupta, casi dolorosamente, como un tobogán donde el alma se dejara caer definitivamente, paso a paso, amortiguando sus pisadas para evitar lesiones y torceduras. Se estrecha la senda, como si el Camino quisiera atraparla entre sus paredes de piedra. Y la atrapa, enredándola en sus enredaderas, haciéndola suya... Suya... Y sucumbe el alma peregrina mientras baja, paso a paso, lentamente, haciéndose Camino en el Camino, al encuentro final de un puente sobre un río...

Con calma. Con alma

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(Fotografía.- Roberta Ferrario)



Sin prisas, que sabes dónde vas. Descansa. Respira. Tómate tu tiempo en detener el tiempo. El mundo sigue su frenético rumbo. Tú, sin embargo, has encontrado belleza en la lentitud. Despacio. Abraza tu esencia. El Camino hay que andarlo con calma. El Camino hay que andarlo con Alma.

Asomado al otoño




El Camino otoñea en sus hojas caídas como ofrenda amorosa a los pies del peregrino, alfombrando el sendero, haciendo florecer una segunda primavera. El paisaje sobrevive en el amable verde asomado al otoño.